CUENTOS DE MI TIERRA SED

En esas tertulias nocturnas, escuché una vez la narración que me hizo mi sobrino Willy

Me decía, que la historia provenía de su abuela que a su vez escuchó a la mamá de su abuela y al final se perdía en lo insondable del tiempo con sus retaceos y añadiduras, cada cual con aditamentos de mejores aderezos.

Era una vez, decía, que un mercachifle se internó en las punas a vender sus baratijas sin prever que le resultaría toda una aventura novelesca, empezando, por no tener qué comer. El viajero se anocheció entre ichus silbadores y quenuales fantasmales. La noche estaba tan oscura, que caminaba a tientas, muchas veces cayéndose y levantandose y en otras agarrándose de espinosos cactus; en eso vio a lo lejos una lucecita que abrió si optimismo de encontrar a alguien con vida. Quizás habría pasado una hora, o talvez una eternidad; lo cierto es que fatigado y hambriento llegó a la humilde choza de donde, minutos antes, vio la luz de sus esperanzas. Llamó a viva voz, y al cabo de buen rato escuchó la respuesta a sus imploraciones.

-Por amor de Virgen Santísima ¿quién llama a estas horas?, preguntó intrigada la dueña de la choza,

-Martín Cajahuaringa, señora.

-Hombre de Dios ¿te has perdido? ¿Qué queriendo ya pues llegas a estas solitarias tierras? ¿Qué buscas donde no hay nada?

-Algo que comer, porque me muero de hambre y sed, respondió el extraño.

-Virgen Santísima. ¡Cómo quisiera mitigar tu hambre, pero yo y mi hijo también nos estamos acostando sin probar bocado alguno.

-Algo no le debe faltar, señora, hágalo por caridad.

-Papa también recién está floreando, vaca también recién está preñada ¿Qué te doy, hombre de Dios?

Detrás de la precaria puerta, los ojos vivaces de un niño, observaban todo lo que hacía el forastero y escuchaba atentamente la conversación que sostenía con su madre. Después de mucho cavilar, la buena mujer se dirigió al corral, volviendo a los minutos con una sonrisa desplegada en todo el rostro.

-Forastero…tienes suerte…en el nidito de la gallinita, he encontrado dos huevos, los voy a sancochar.

A los pocos minutos, la buena mujer convidó los huevos sancochados que el forastero los devoró en un santiamén.

 

***

 

Pasaron los años para que el trotamundos volviera por aquellos parajes, encontrando, ya no una solitaria choza, sino un pueblito pujante y laborioso. Él también ya no era el caminante con su bulto a cuestas, sino un comerciante que desplazaba su mercadería en un camión Ford con carrocería de tablas amarradas por todas partes.

Temprano distribuyó entre los comerciantes del lugar los abarrotes y casi al final le entró una curiosidad:

-Mi querido amugo –preguntó a su último cliente- hace muchos años vivía aquí una señora con su niño ¿Están todavía en este lugar?

-Claro que sí don Martín, la última casita de enfrente es de la señora Clorinda Aciego, a la que busca “usté”.

 

El comerciante se puso a meditar unos instantes y se dijo en sus adentros: “tengo una deuda de conciencia con ella, voy a visitarla”.

No demoró mucho. Preguntó por doña Clorinda que estaba a su frente. Una mujer alta, de gruesas trenzas, rostro un poco maltratado por el tiempo. Se saludaron afectuosamente y recordaron aquel episodio de la noche triste y hambrienta. Siempre bajo la furtiva mirada del hijo de Clorinda que ya no era el niño de vivaces ojos del ayer, sino todo un hombre.

-Mi buena señora, dijo Martín, casi enternecido, yo vivo muy agradecido por lo que hizo conmigo y créame que lo que le voy a obsequiar, no es nada comparada a las atenciones que me hizo aquella noche, en que yo me moría de hambre y sed.

Al mismo tiempo que hablaba iba amontonando un saco de arroz, otro de azúcar, bolsas de fideos, y en fin todo lo que tenía en la carrocería de “Quita que te Tumbo”.

Doña Clorinda, sorprendida por la generosidad de Martín, no supo cómo agradecer al cielo y clamaba bendiciones para el buen hombre.

Martín, una vez que se despidió de doña Clorinda, sintió una complacencia interna, su alma parecía flotar y su corazón halló la paz que en muchos años no encontraba. “Amor con amor se paga”, recordaba un viejo adagio que para él, recién tenía sentido.

 

Mientras tanto, doña Clorinda prendió una vela ante la imagen de la virgen de su devoción y rezó muchas oraciones en agradecimiento a aquel hombre generoso. Pero igual sentimiento no tenía el hijo, que levantando la voz y con gestos amenazadores, increpó a su madre:

-¿Por qué ese hombre te regala estas cosas? ¿No será que tiene escondidos sentimientos?

-¿Cómo? ¿Qué dices insensato?, increpó la madre, amarra tu lengua, cava un hoyo bien profundo y sepulta en él esos malos pensamientos. ¡Eres un mal pensado!, todo esto que estás viendo, es en agradecimiento a los dos huevos sancochados que le di aquella noche tenebrosa, en que don Martín se moría de hambre y sed.

-¿Por dos huevos, solo te ha dado esto, en más de veinte años? No puede ser, dijo el hijo tomando en sus manos lápiz y papel e hizo cálculos matemáticos sacando, según él, sabias conclusiones: de dos huevos hasta hoy –cavilaba- tendríamos tantas ponedoras, igual cantidad de gallos y polluelos que harían cientos de granjas. En consecuencia ¡Es un robo! ¡Es una estafa! Hay que demandarlo ante el juez, para que nos haga pagar lo justo con gastos y costas.

En efecto, Clorinda, convencida al final de que estaba perdiendo plata, fue ante el juez del lugar y demandó a Martín.

El alguacil notificó la orden de inamovilidad para Martín e impetraba el documento, para que se enfrente a la justicia y se siente en el banquillo de los acusados.

Martín, al recibir la notificación, no salió de su asombro y quebranto ¿Hizo mal en ser reconocido y amable? Se encaminó en busca de un amigo que le aconsejara qué hacer en esas circunstancias.

-Mira Gilberto –le dijo a su amigo experimentado en estas lides- doña Clorinda me denuncia por robo y estafa, cuando en realidad solo quise ser agradecido.

-Así es esta gente, todo lo entienden al revés.

-Según la denuncia, ni el precio de mi carro alcanza para pagar a doña Clorinda por dos huevos sancochados que me dio y lo peor –dijo con desazón- aquí no hay ni abogado, ni quien asuma mi defensa.

Un campesino, que desde el inicio de la conversación había estado escuchando todo, en un rincón de la tienda, interrumpió la conversación sin dejar de mascar coca, fumar profundamente un inca y beber de cuando en cuando un trago de ron:

-Mire patroncito, yo puedo defenderle como abogado tinterillo, es facilito, pan comido no más es.

Martín al ver al personaje pensó que se estaba burlando y ganas no le faltó de arremeter con una cachetada.

-Serio le digo patroncito, pero eso sí, iré a última hora, cuando ya vencido las dos primeras citaciones.

El dueño de la tienda, dejó de sonreír y dio su aprobación moviendo la cabeza.

-Este es el tinterillo del pueblo. A varios ya les salva de la “chirola”, dijo el dueño de la tienda.

Martín terminó por asegurar la defensa con unas cuantas monedas.

Llegada la hora del juicio, al día siguiente, el secretario del juez, salió de su oficina e hizo el llamado a los litigantes con una primera y segunda citación con ciertos minutos de intervalo. A la tercera cita, Martín se sentó en el banquillo de los acusados. El juez estuvo rodeado por su seguridad y secretario.

-Tercera y última citación, dijo el secretario con voz ronca y aguardientosa, saliendo a la vereda del juzgado. A Martín Cajahuaringa y Clorinda Aciego por robo y estafa del primero.

Después de unos minutos de espera, el juez levantó la mirada por sobre sus lentes que parecían caerse de la punta de su nariz y dijo: No habiendo abogado defensor voy a dictar sentencia.

Martín creyó que el cielo se le venía encima. Su suerte estaba echada. Su abogado no se hacía presente.

En eso, una sombra ennegreció la sala al entrar por la puerta angosta de la oficina del juez; alguien, con andar pausado y poniendo el poncho en bandolera, entró. Era el supuesto “abogado” campesino con pasos cadenciosos y altiva mirada. Iba asumir la defensa.

-¿Tú eres el defensor? –preguntó el juez con cierto desdén.

-Síii papito juez…respondió el campesino sin bajar la mirada (Se pasó la mano derecha por la boca, como si limpiara su verbo). Mire su ilustrísima, yo voy decir pocas palabras.

-Habla…te escucho, dijo el juez con cierto aire de fastidio.

-¿Acaso, papito juez, argumentó el abogado. La Constitushión peruana de aquí, castiga generosidad?. –preguntó el “abogado” – Acaso, papito juez, Taita Dios no premia con cielo al “allí cholo”?. Aquí en Despacho de usía, va prevalecer la verdadera “justicia” y se va “asentar” que usté usía, va…va… (buscó en los cielos la palabra precisa) ¿Cómo se dice en runa shimi?… se preguntó a sí mismo (Merodea en sus ojos alguna mosca, se da golpecitos con el índice en la boca como si un bisturí rasgara la piel para la operación…hasta que al fin encuentra el vocablo perfecto enmarañado entre las zarzas)…!!! Con imparcial¡¡¡ -grita por su triunfo y luego agrega ante el estupor de la audiencia, parsimoniosamente: ¡Ahora termino papito juez!, yo pregunto papito juez (Se mece en sus ideas y al fin suelta la interrogación solemnemente) ¿Dónde se ha visto, papito juez, por amor de Dios y la Virgen Santísima, que nacen pollitos, gallos y gallinitas de dos huevos sancochados…???

Todo el pueblo allí reunido, lanzó un ¡oooohhhhh1 de admiración. Era una deducción lógica, irrebatible. El “abogado” levantó el otro orillo de su poncho, hinchó el pecho y con honda satisfacción remató su intervención ante un juez estupefacto: “!He dicho!”.

El juez no salió de su asombro, tampoco los litigantes; y, el público espectador sonrió de buena gana. El abogado salió hacia la calle, orondo, ensimismado, pero al mismo tiempo satisfecho de haber colaborado con la “josticia”.

 

FUENTE: Del libro: El Cofre de cuentos andinos de OCC. Ediciones KAFE. Pag. del 07 al 13.

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