VIA AÉREA UN VIAJE MARAVILLOSO

Grace Gálvez

Ahora, César Vallejo, entiendo por qué escribías así, luego de ver los verdes de tus cerros, lo limpio de tus caminos y lo vivo de tu recuerdo, porque esa tierra de sombrero es tuya, tu nombre retumba en cada esquina, tu paso por cada calle enaltece todo zapato. Escuché de ir a tu tierra, el saber que estaría tan cerca de tus raíces hacía increíbles los días que contaba para que llegue el día de la partida. Hasta que llegó y cuando menos me di cuenta ya estaba en el ómnibus, entregándome ahora al mundo fantástico que te vio nacer.

Al fin llegamos, vi tus caminos, sonreí. Lo próximo sería visitar tu casa, ¡déjenme ir!… y allí estuve, como por encanto, observándolo todo, todo lo que tú alguna vez tocaste y tu poesía se alzó en voz y tu mano se hizo presencia. Era maravilloso cómo yo podía entenderte, mi nombre estaba en tus escritos, todo tu verso era común, del pueblo, era el grito de todos los allí presentes y hasta de los ausentes que intentan ignorar tu protesta, y no saben que tu lamento también fue por ellos.

Y allí estabas, húmedo, penetrante, profundo. Y escuché tu palabra a través de mil voces y tu voz a través de muchas palabras y te vi renacer y anduviste, galopaste de nuevo para llegar a nosotros, vi el poyo, tu piso, Capulí, sí, Capulí. Luego de eso no quedaba nada, era como haber escrito la obra cumbre, y me pregunté ¿luego de eso qué? ¿Qué podría superar ese momento impresionante, perturbador, que conmueve, que exacerba, que paraliza y hace que el tiempo se detenga para contemplar tu gracia, para venerar tu estirpe, tu casta?

Era la hora de irse, yo me sentía triste, satisfecha… y de pronto estaba con Paco Yunque, en su mismísima escuela, bailando, zapateando sobre el patio de sus juegos, con fogata, música, estrellas y tú inundándonos las entrañas y el alma. Qué embriaguez de ti… y cantábamos, éramos felices. El tiempo no parecía andar, éramos millonarios, ricos, hombres bendecidos, únicos, favorecidos, qué tal placer… y tuve pena de los demás, de aquellos que pudiendo ir, rechazaron estar en el paraíso.

Luego la visita al cementerio, a la piedra negra sobre la piedra blanca. Allí debajo descansan orgullosos tus padres. Nuevamente entre poesía, canto y un regreso con conversaciones del pasado, de un balcón y una añoranza. Y noche de fiesta. La luna se hizo eco en el cielo, una luz hizo ronda a su alrededor, era un regalo de los incas para nosotros y bebimos y bailamos, hasta que complacidos tuvimos que volver.

Ya era hora de volver. Los Ronderos de Santiago de Chuco nos dieron un mensaje imperecedero, los niños de Santiago de Chuco nos ofrecieron un desfile inolvidable y hasta el paisaje mismo nos dio la mejor de sus despedidas con sus cerros de contrastados verdes, con sus burros, y su gente. Me despedía Santiago de Chuco, me despedía de la tierra de Vallejo y volvía a Lima para reencontrarme con él y su poesía, para releerlo y comprenderlo dos veces, para contar lo que viví y así reivindicar tu tierra, el Perú y tu nombre. 

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