UN SOL DE ORO

Olimpio Cotillo C.
Desde días atrás, Pedro me advertía que “Chino Clop”, estaba grave de salud y que en cualquier momento expiraba.
Esta noticia tan trágica me llenó de honda congoja porque el “Chino Chop” fue condiscípulo mío en la Escuela Normal, donde habíamos vivido durante varios años como verdaderos hermanos compartiendo las mismas aspiraciones, los mismos sueños.
Y cada vez que nos encontrábamos con Pedro, medio hermano de “Chino Chop”, me aseguraba que estaba cada vez más grave y que en cualquier momento abandonaba este valle de lágrimas.
Con una tristeza infinita le supliqué a Pedro que en cuando sucedía lo inevitable, me avisara para acompañarlo hasta su última morada.
Una mañana muy temprano, timbró el teléfono y era Pedro el que me llamaba: Profe –me dijo- acaba de morir el chino.
Mi pecho se endureció y no pude contener el llanto. Hice un supremo esfuerzo y logré preguntarle: ¿Y dónde se va a enterrar? En Caraz, me respondió y agregó: hoy a medio día lo traen de Lima. ¿No sabes cuándo serán las exequias?. Aún no profe, pero en cuanto acuerden mis hermanos le comunico.
Esa noche no pude conciliar el sueño recordando los pasajes en que habíamos vivido de estudiantes compartiendo los mismos estudios, participando en los mismos deportes, animándonos en las excursiones, luchando por las mismas reivindicaciones y ¿por qué no?, riéndonos de los chistes y ocurrencias más jacarandosos.
Del internado de la Normal salíamos los sábados a medio día, cada quien rumbo a su terruño, yo a Huaraz y el chino a Caraz, dos puntos opuestos en nuestro destino.
Uno de esos sábados, tenía urgencia de ir a Huaraz. Fue entonces que busqué en mi bolsillo “virgen” algo de dinero para pagar el pasaje y no encontré un puto centavo.
Entonces me jugué el albur y dije: ¡Chino!…por si acaso no te sobra un sol para mi pasaje?. No titubeó un instante y sobre la marcha sacó de su bolsillo el sol de oro reluciente. Aquí tengo, me entregó la moneda. Le agradecí y volé a la garita donde se esperaba un vehículo rumbo a Huaraz.
Era de reglamento, que el retorno era los domingos a las 6.00 de la tarde ni un minuto más, ni un segundo menos. La disciplina era rigurosa y a esa hora se asistía a la misa los docentes, personal de servicio y estudiantado en pleno.
Luego de la cena, le devolví el sol que me había prestado agradeciéndole de todo corazón. No es para tanto, hermano, me dijo.
Y luego fueron sus paisanos los caracinos los que le preguntaban a boca de cañón: ¿Y por qué no has ido a Caraz?. Que sus amigos le habían echado de menos. Que su mamá estaba preocupada y creía que quizás estaba enfermo, y muchas inquietudes más. Y él, sin decir una palabra, solo se sonreía. Este sábado que viene, no faltaré, les ofreció.
Entonces fue que comprendí lo generoso de su corazón que prefirió darme el sol de oro de su pasaje y quedarse en la Normal. Y ese gesto tan noble y desprendido del “Chino Chop” nunca lo olvido y por eso quise enterrarle con honores de amigo.
Cuando amaneció, tomé el primer vehículo que iba a Caraz y en más de una hora y media, estaba entrando a la Casa del Maestro, en cuyo escenario se velaba una caja mortuoria.
Con el alma compungido, ingresé con toda reverencia a la Casa del Maestro de Caraz, aparentando coraje y por el rabillo del ojo derecho, vi al “Chino Chop” sentado en una silla rodeado de varias personas. ¡Qué!…¿estoy viendo visiones?, me dije Y cuando asenté bien la mirada, pude reconocer nítidamente a mi condiscípulo bien amado, al Chino Chop y él también se paró sorprendido y mi tristeza primigenia se transformó en alegría. ¡Chino, hermano, te veo y no me convenzo que estés vivo!…
Y le conté de las palabras de Pedro y sonrió de la ocurrencia y me aclaró:.
-La verdad, hermano –me dijo- la que ha muerto es mi señora.
Huaraz, Febrero 2018

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