“SI QUIERE RECOGER MIEL, NO DES PUNTAPIÉS A LA COLMENA”

Por: Dale Carnegie
Cortesía: Giovana Cotillo H.
“… Una vez tras otra, durante la Guerra Civil, Lincoln puso un nuevo general al frente del Ejercito del Potocac, y cada uno a su turno…”. La batalla de Gettysburg se libró en los primeros tres días de julio de 1863. En la noche del 4 de julio, Lee comenzó su retirada hacia el Sur, en tanto que una gran tormenta inundaba de lluvia la tierra. Cuando Lee llego al Potomac con su ejército en derrota encontró un rio hinchado, embravecido, imposible de pasar, ante sus tropas, y un ejército unionista victorioso tras ellas. Lee estaba como en una trampa. No podía escapar. Lincoln lo advirtió. Ahí se presentaba la oportunidad como enviada por el cielo: la oportunidad de copar el ejercito de Lee y poner término inmediato a la guerra. Así, pues, con un hálito de gran esperanza, Lincoln ordeno a Meade que no convocara un consejo de guerra, que atacara inmediatamente a Lee. Lincoln telegrafió estas órdenes y envió un mensajero especial a Meade para instarlo a la acción instantánea.
¿Qué hizo el general Meade? Exactamente lo contrario de lo que se le decía. Convoco un consejo de guerra, en directa violación de las órdenes de Lincoln. Vacilo. Espero. Telegrafió todas sus excusas. Se negó rotundamente a atacar a Lee. Por fin bajaron las aguas y Lee escapo a través del Potomac con sus fuerzas.
Lincoln estaba furioso. ¿Qué es esto? –gritó a su hijo Robert-. ¡Gran Dios! ¿Qué es esto? Los teníamos al alcance de las manos, solo teníamos que estirarlas para que cayeran en nuestro poder; y sin embargo, nada de lo que dije o hice logro que el ejército avanzara. En esas circunstancias, cualquier general podría haber vencido a Lee. Si yo hubiera ido, yo mismo lo podría haber derrotado.”
Con acerbo desencanto, Lincoln se sentó a escribir esta carta a Meade. Y recuérdense que en este periodo de su vida era sumamente conservador y remiso en su fraseología. De modo que esta carta, escrita por Lincoln en 1863, equivalía al reproche más severo.
“Mi querido general:
“No creo que comprenda usted la magnitud de la desgracia que representa la retirada de Lee. Estaba a nuestro alcance, y su captura hubiera significado, en unión con nuestros otros triunfos reciente, el fin de la guerra. Ahora la guerra se prolongará indefinidamente. Si usted no consiguió atacar con fortuna a Lee el lunes último, ¿cómo lograra hacerlo ahora al sur del rio, cuando sólo se puede llevar consigo unos pocos hombres, no más de los dos tercios de la fuerza de que disponía entonces? Seria irrazonable esperar, y yo no lo espero, que ahora pueda usted lograr mucho. Su mejor oportunidad ha desaparecido, y estoy indeciblemente angustiado a causa de ello.”
¿Qué habría hecho Meade al leer esta carta?
Meade no vio jamás esta carta. Lincoln no la despachó. Fue hallada entre los papeles de Lincoln después de su muerte.
Creo –y esto es sólo una opinión- que después de escribirla Lincoln miro por la ventana y se dijo: “Un momento. Tal vez no debiera ser tan precipitado. Me es muy fácil, aquí sentado en la quietud de la Casa Blanca, ordenar a Meade que ataque; pero si hubiese estado en Gettysburg y hubiese visto tanta sangre como ha visto Meade en la última semana, y si mis oídos hubiesen sido horadados por los clamores, los grito de los heridos y moribundos, quizá no habría tenido tantas ansias de atacar. Si yo tuviese el tímido temperamento de Meade, quizá habría hecho lo mismo que él. De todos modos, es agua que ya ha pasado bajo el puente. Si envío esta carta, calmaré mis sentimientos, pero haré que Meade trate de justificar sus actos. Haré que él me censure a su vez. Despertaré resquemores, disminuiré su utilidad futura como comandante, y lo llevaré a caso a renunciar al ejército”.
Y Lincoln dejó a un lado la carta, porque por amarga experiencia había aprendido que las críticas y reproches acerbos son casi siempre inútiles. …”
Mark Twain solía perder la paciencia, y escribía cartas que quemaban el papel. Por ejemplo, una vez le escribió a un hombre que había despertado su ira: “Lo que usted necesita es un permiso de entierro. No tiene más que decirlo, y le conseguiré uno”.
En otra ocasión le escribió a un editor sobre los intentos de un corrector de pruebas de “mejorar mi ortografía y puntuación”. Ordenó lo siguiente: “Imprima de acuerdo con la copia que le envío, y que el corrector hunda sus sugerencias en las gachas de su cerebro podrido”.
Mark Twain se sentía mejor después de escribir estas cartas hirientes. Le permitía descargar presión; y las cartas no hacían daño a nadie porque la esposa del escritor las desviaba secretamente. Nunca eran despachadas.
¿Conoce usted a alguien a quien desearía modificar, y regular, y mejorar? ¡Bien! Esplendido. Yo estoy a su favor. Pero, ¿Por qué no empezar por usted mismo? Desde un punto de vista puramente egoísta, eso es mucho más provechoso que tratar de mejorar a los demás. Sí, y mucho menos peligroso.
“No te quejes de la nieve en el techo del vecino –sentenció Confucio- cuando también cubre el umbral de tu casa.”—

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