UNA HUMILDE CONFESIÓN (*)

Olimpio Cotillo C.
En este anchuroso, pero pequeño mundo se ve de todo. Cosas lógicas y casos inverosímiles.
Desde comprar el Estadio Nacional, hasta pagar millones por un supuesto…Tumi, de oro. Los cuentistas no duermen. Están en continua inventiva para timar a los incautos.
En la vida periodística hemos topado con todo: Desde falsos profetas, hasta anticristos.
En Ragash, Provincia de Sihuas por ejemplo, encontré un caso singular. A la persona muerta, la bañan con cal viva y por todos sus orificios le echan esta tierra cáustica.
Cuando le conté de esto al sacerdote Soriano, creyó que aquí estaba el principio de la momificación. Podría ser cierto, porque la naturaleza humana permanece intacta por mucho tiempo. La materia no se corrompe. Es parecido a lo que actualmente usa la ciencia con el formol.
Esto es para las cosas mundanas.
En cambio en Carhuaz, aquicito nomás a 33 Km. al Norte de Huaraz, entramos un grupo de visitantes al templo de Nuestra Señora de las Mercedes, una imponente y bella imagen. Muchos fieles devotos musitaban sus oraciones. Otros arrancaban sus lágrimas. Otros no se cansaban de pasar por sus dedos las cuentas del rosario. Otros invocaban un milagro. Otros un perdón y quien sabe qué otras cosas que solo la Madre de Jesús, con su mirada dulce y piadosa los entendía para poder interceder ante su Hijo bien amado.
Pero lo que más llamó la atención de los extraños al lugar, fue la actitud de una humilde campesina quien lloraba a mares y con voz en cuello decía:
-“Madre celestial, madre de todos los mortales, Tú que estás en el cielo, Tú que conoces a los hombres y sus pecados, más aún, Tú que me conoces en alma y cuerpo, con mis raquíticas bondades y mis muchas flaquezas ¿por qué permites que mi vecina, julana de tal, me calumnie y me haga llevar hasta las autoridades a rastras, asegurando que yo le he robado sus animales?
Tú Madre mía, sabes que es mentira. Estoy segura que si la justicia de los hombres me condena, Tú me salvaras cuando toque tu puerta el dúa de mi muerte; pero no permitas que mis hijos queden sin la protección de esta su madre”.
Tan conmovedora confesión en público nos arrancó el espíritu y cuánto hubiéramos querido ser sus testigos para que no siga en su tormento. Después de todo, solo “Mama Meche” sabía si era inocente. Lo que es los hombres aún dudamos de la honradez humana.

(*) Del libro “Tiro al Bull” de OCC, difundido por una emisora local el 15;02;1991. Pag. 34 al 35. Ediciones KAFE.

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