CASA SANTA O CASA DE POBRES

Entrar a la vetusta “Casa de Pobres” o “Casa Santa”, apelativo con que se le conocía al antiguo hogar de oración donde moraban viejitas solemnes, era conocer a las ancianitas muy proclives a la oración y a la penitencia. Visitar ese lugar era penetrar a un mundo tejido de ropaje misterioso y casi sacrosanto.

Siendo niño, no pisé más de una vez sus individuales habitaciones ni sus solares fruteros pero bastó esa sola ocasión para empatar conceptos con otras, que mis hermanas mayores me contaban en noches de plenilunio.

Y debió ser todo cierto, porque inclusive, tía Melchorita, a quien calificaban de “Beatita”, cuando a las seis de la mañana o a las seis de la tarde de todos los días, tañían las campanas del templo del Señor de la Soledad, muy cerca a su casa, ella dejaba de aderezar su frugal cena, o botaba el rico sueño de la madrugada para hincarse presurosa a la primera campanada y repetir con unción la forma de la reencarnación:

El Ángel del Señor

anunció a María,

y concibió por obra

del Espíritu Santo.

Me preguntaba en esos momentos solemnes ¿no le harán doler a sus marchitas rodillas esos pedruscos del tosco adobe que le servía de reclinatorio penitente?

Y seguía el segundo repique de campana que invadía nuestros oídos:

Eh aquí la esclava del Señor,

que se haga en mí

según tu palabra…Dios te salve María…

Y por primera vez me atreví a contemplar el rostro enjuto de Tía, sus manos trémulas como si apretaran cariñosamente el rostro de Jesús el Divino:

Y una tercera campanada hacía repetir:

El verbo se hizo carne,

y habitó entre nosotros…Dios te salve María…

En medio de esa plegaria matutina, la campana chica y la grande jugueteaban echadas al vuelo.

Esa misma actitud se repetía en muchos hogares huaracinos. Familias enteras rezaban el Ángelus que era la oración del desperezamiento, de la iniciación a las faenas cotidianas y el darle el “buenos días” al alba.

Yo les narro este pasaje, porque recuerdo nítidamente a Huaraz, esa ciudad de antes del terrible terremoto del 70, en que las campanas de los templos nos recordaban nuestras tareas, nuestras costumbres, nuestra vida social o religiosa, según eran alegres o dolidas.

Hoy que esta joven ciudad del post sismo se ha convertido en cosmopolita y variopinto, nadie entiende a nadie, todo es diferente en casa. Lo que une construye, el otro lo destruye. Todo ha tomado nuevos rumbos. Hasta las campanas se han silenciado y las pocas que aún repican, cantan nuevas tonadas.

Actualmente y de vez en vez, radio Uno de Guayaquil-Ecuador, trasmite en las mañanas el Ángelus y hoy que he escuchado, me he puesto a recordar ¡Qué tiempos aquellos, llenos de misterio y beatitud!. Hoy hasta las oraciones cambian o simplemente mueren.

Recen…recen, porque sino “Achichí” les va a comer.

Hasta el martes.

 

(*) Del libro “Tiro al Bull”, de OCC, pag. 18 al 20, ediciones KAFE. Esta crónica se difundió por una emisora local de Huaraz el 16:11:90

También te podría gustar...