CRÓNICAS DE MI PUEBLO !!!ALALAUUUU¡¡¡ (*)

Las viejas añoranzas de la Escuela Normal de Tingua (Yungay), nunca pasarán. Desde los hechos más grandes y trascendentes, a los acontecimientos más triviales y no por ello faltos de dulce ternura estudiantil.

Tratábamos de entonar canciones en las actividades permanentes y no faltaba un acucioso estudiante en hacer entonar en la formación la canción “Zarramplín” como castigo al condiscípulo más desaliñado: “Zarramplín era un niño/ muy haragán/ sus manos, su cara/ mugrientos están/ su traje raído/ mugriento de hollín/ ay zarramplín, ay zarramplín…

Sin duda por eso, hace muchos años, cuando Huaraz y otras ciudades de la sierra tenían como desagüe solamente sequias como servicios higiénicos y puquiales para beber y no se conocían los caños de agua potable ni las alcantarillas. En aquellos tiempos había un padre muy enérgico que daba a sus hijos una formación espartana.

Con el tercer canto del gallo madrugador, más o menos a las cinco de la madrugada, ya estaba desnudando a sus hijos e hijas para bañarlos en “Belén Sequia”, un riachuelo que discurría sus aguas desde la toma en el río Auqui de Este a Oeste y cambiaba su curso de Norte a Sur, es decir desde Batán hasta Tacllán.

Y no había zarramplín que valga.

Los chicos con el intenso y penetrante frío al recibir los primeros baldazos de  helada agua, comenzaban a llorar y el jabón a deslizarse por todos sus cuerpecitos mientras que el padre les alentaba: ¡Los machos no lloran…Las niñas tampoco!. Y seguía enjabonando, no obstante escuchar que sus dientecitos crujían como castañuelas echadas a crepitar en el baile de la gitana más matrera.

Al escuchar el llanto de los niños, el más compadecido vecino le decía a papá. Oiga ¿Por qué hace usted semejante cosa con sus niños? ¿Por, qué no espera el medio día para bañarlos con el calor del sol?.

Es que yo –respondía- quiero darles una formación espartana y que sus nervios y sus personalidades se forjen como hierro para que sean indomables ante la adversidad.

Los vecinos se resignaban ante esta explicación.

Un buen día en pleno baño a las cinco de la madrugada, el padre también se animó a bañarse porque tenía por norma de que la enseñanza era más fructífera con el ejemplo.

-Hijo –le dijo a Foncho- el hijo mayor luego de desnudarse y quedar solo en calzoncillos – échame agua y enjabóname la espalda.

El hijo mayor al recibir la orden, mentalmente se frotó las manos, guiñó a sus hermanitos menores y en sus adentros saltó de gozo. “esta es mi oportunidad”, se dijo.

El primer baldazo de agua sobre la espalda de papá se deslizó suavemente: !!Alalauuuu¡¡ Gritó el viejo, pero se hizo valiente. ¡Jabón!…Jabón!, gritaron los hermanitos. ¡Agua…agua!, respondieron las hermanitas. ¡Alalauuu! Volvió a quejarse el padre ya con voz temblorosa por el frío.

!!Aléjense¡¡¡… ordenó Foncho con el balde lleno de agua y comenzó a echar el líquido a raudales, incontenible como si fueran carnavales, sin tregua y sin piedad. !!Bastaaa¡¡…!!!Bastaaa so cholo¡¡¡ Trataba de ordenas el padre con voz quebrada por el frío.

Los niños, desde la orilla de la sequia reían hasta no más poder viendo la desesperación de papá, en tanto que Foncho seguía echando agua…más agua…

Al final de esta madrugada, cuando el sol salía sonriente por Rataquenua, el coro de dientes crujientes era imparable llevando el padre el tono en “fa” mayor como si fuera un afietado tenor.

Desde entonces, los niños nunca más fueron bañados a la madrugada, sino a medio día, con agua entibiada al sol.

Tiro al bull para los espartanos.

 

(*) Esta crónica está escrito en el libro Tito al Bull de OCC, pág. 60 al 61 y fue difundido por una emisora local el 23 de Oct. del 91. Ediciones KAFE.

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