DON JULIO CARHUACHÍN, EL MAESTRO DEL VIOLÍN

Por Armando Alvarado Balarezo (Nalo)

 

A las 5 de la tarde del lunes 27 de agosto de 1973, el mirador de Caranca abrió las cortinas del paraíso a los pasajeros de TUBSA, que partimimos del centro de Lima al rayar el alba.

 

Chiquián

 

De pronto las ventanillas del ómnibus se cubrieron de polvareda, que la góndola azul de “Keclin” (Domingo Carbajal Malqui) iba dejando a su paso, rumbo a Huaraz. En el mágico Huayhuash, un bello sol escarlata le regalaba sus últimas caricias al majestuoso Yerupajá que nos daba la bienvenida.

En la Plaza Mayor de Chiquián, el ómnibus de TUBSA detuvo su marcha. Descendí dándole una palmada de agradecimiento al chofer Leonardo Aldave. Al final de la escalinata del vehículo aguardaba sonriente mi tío Apacho (Aparicio Vicuña Calderón). Así nos recibía tío Apacho a todos sus sobrinos peregrinos, siempre optimista, y presto a brindarnos su afecto más cálido. Horas más tarde, ya en casa, cuando el cansancio del viaje cerraba mis ojos, me dijo:

– Bueno Nalito, es hora de que duermas, mañana vengo a las 10 para ir a Macpún.

 

– Tomaré un buen desayuno para soportar la caminata, tío, muchas gracias por el recibimiento.

Una vaca dañera había derribado la pirca de entrada a la chacra de la familia, y el “Flaco Apacho” me pidió que lo acompañe. A las tres de la tarde terminamos de reparar la pirca y nos sentamos a la sombra de un quenual a dar cuenta de lo poco que quedaba del fiambre. A la hora y media de estar descansando a pierna suelta, el viento vespertino empezó a chicotear árboles y arbustos.

– ¿Escuchas hijo?

– Si tío, es el ruido del viento sacudiendo el follaje.

– No hijo, escucha sobre la copa del árbol –se paró y trepó sujetándose de las ramas.

 

Luego me mostró un nido con pichones y lo devolvió a su lugar, con sumo cuidado.


 – Nos vamos hijo, extrañan a su madre. Estamos estorbando

Cuando cerrábamos la puerta de la chacra, una paloma cuculí se posó en el quenual. Había estado esperando nuestra partida para volar al nido con alimentos para sus pichones; y yo, pobre mortal, acostumbrado al ruido ensordecedor de las calles limeñas, no percibí el sollozo en el nido, solamente escuché el rugido del viento.

Después de una hora de camino, casi a oscuras llegamos al paraje de Paucaracra, colindante con el pueblo. De repente apareció en el lugar la comparsa del Inca (Jorge Anzualdo). Junto al general Rumiñahui (Teodoro Ñato), caminaba doña Honoria Ramírez apurando a las pallas. Al lado derecho de la orquesta iba don Julio Carhuachín tocando su violín. En eso mi tío me preguntó:

– ¿Escuchas cantar a los chuluc?, son los violinistas de la naturaleza.

– No tío, solamente escucho la orquesta que se aleja -se acercó a un grupo de piedras sueltas, movió una y levantó un grillo.

– Tío, saquémosle las piernas, su grasita es buena para la “míra“.

– No hijo, eso no se hace con los animalitos de Dios, ¿acaso te gustaría que te arranquen las piernas? -y continuamos nuestro camino.

Así acostumbra el “Flaco Apacho” a brindarnos lecciones de vida a sus sobrinos. Un ser humano que aprendió a escuchar la voz de la Madre Naturaleza en plena tormenta cósmica.

Dos días después, jueves 30 de agosto, vino a casa el “Flaco” para ir a la iglesia del pueblo. Ya durante la procesión, cuando me encontraba tomando fotos parado sobre una banca de la plaza, me dio una moneda antigua diciéndome:

– Tírala entre la gente.


Tiré la moneda. Al escuchar su sonido en el piso, los varones palparon sus bolsillos y las damas sus carteras. Don Julio Carhuachín y tres personas más, entre ellas el Capitán de la fiesta Elías Landauro Domínguez, siguieron caminando con fe inquebrantable. “La mayoría tenemos en mente las monedas, y tan pronto escuchamos su sonido, todo lo demás queda de lado”, pensé.

También me puse a cavilar sobre lo diferente que se veían los paisanos durante la procesión: trajes estilo sastre, peinados bombeé, maquillaje y taco aguja las damas equilibristas. Terno y corbata, bien afeitados, con “macarios” de moda y peinados a la gomina, los hombres. En cambio en la Salva nocturna del 28 de agosto se les veía más bajitos, zapateando duro y parejo con zapatillas o llanques. Un turista difícilmente se daría cuenta que las personas de poncho y sombrero que bailan risueños al son de la banda, son las mismas que dos días después acompañan “bien pilcha” y con mirar compungido la procesión del Día Central.


* * *

 

Don JULIO CARHUACHIN ÑATO, nació en Chiquián el martes 3 de diciembre de 1918. Vecino muy querido y respetado en todo Jircán, maestro de música, carpintero, chacarero y criandero en sus años mozos, pero sobre todo un padre ejemplar. Su patio fue el lugar preferido para los ensayos vespertinos de las pallas y las danzas de los diablitos, gijas, rucus y negritos, a los que asistíamos contentos los niños del barrio.

Muchas veces lo contemplamos tocando diferentes instrumentos musicales en su casa; en otras, acompañando con guitarra a don Lorenzo Padilla (arpista). Infaltable en los responsos y las estampas costumbristas con su sonoro violín. Un buen número de músicos bolognesinos bebieron de su arte en su residencia de Leoncio Prado.

Viene a mi mente las veces que lo veía a través de los listones de madera del portón de su casa, construyendo instrumentos de cuerda o alisando con un trozo de brea la cinta de crines del arco de su violín. Su paciencia infinita y su amor por lo nuestro, es un bello ejemplo que seguimos los que compartimos su amistad y su afecto.—

También te podría gustar...