LA ENEIDA

Cortesía. Tana Tazzo

Existe una leyenda griega, la de Eneas, que desempeñó un papel extremadamente importante en un momento crucial de la historia romana. Esa leyenda existía en el mundo etrusco, igual que las demás del ciclo troyano, pero, por razones diversas, Roma la adoptó y consideró que los orígenes lejanos de su fundador, Rómulo, eran troyanos. Esta leyenda, entre los romanos, satisfacía el sentimiento de uno de los valores morales más profundos, el de la piedad, puesto que se contaba que Eneas, en el momento en que fue tomada Troya, huyó de la ciudad en llamas con su anciano padre sobre sus hombros y con su pequeño hijo Ascanio de su mano, no queriendo su propia salvación si no quedaba a salvo aquél a quien más quería en el mundo. Durante siglos esta leyenda había inspirado a los poetas, pero su verdadero poder sólo se reveló el día en que el poeta Virgilio, en su obra La Eneida, construyó en torno de él una epopeya nacional. Si bien La Eneida encajaba muy bien con el régimen imperial fundado por Augusto, el mismo Virgilio estaba profundamente identificado con su mensaje: El destino glorioso de Roma. En los seis primeros de sus doce libros, La Eneida describe el viaje lleno de aventuras de Eneas y el grupo de sus seguidores, desde Troya a Italia; en los seis últimos describe la conquista troyana del Lacio y la fundación de la nación romana.

Uno de los episodios más bellos y conmovedores de La Eneida es el idilio de Dido y Eneas. Los troyanos, huyendo de su patria arrasada por los aqueos, llegan a la ciudad de Cartago (actual Túnez, en la costa del norte de África) desviados de su rumbo hacia Italia a causa de la tempestad provocada por la diosa Juno (Hera), quien aún mantenía cierta animadversión hacia los troyanos y hacia Eneas en particular. Allí los recibe su reina, Dido, a quien el caudillo Eneas solicita hospitalidad.
Venus (Afrodita), madre de Eneas, envía a Cupido (Eros) con la misión de que utilice sus flechas para que Dido se enamore perdidamente del héroe, lo acoja favorablemente en su reino y favorezca las actividades necesarias para el avituallamiento de la flota troyana.
Juno, quien pretendía evitar a toda costa que Eneas abandonara Cartago y llegara hasta Italia, donde fundaría la gloriosa estirpe romana, manipula los acontecimientos para que Dido organice una cacería, durante la cual desata una tormenta que obliga a ésta y a Eneas a cobijarse en una cueva. Esa noche yacen juntos, momento a partir del cual se solazan largamente en los placeres del amor. Ante el retraso que ello ocasiona, Júpiter envía a Mercurio para que le recuerde a Eneas que no son esos los designios del hado, sino que debe partir hacia Italia.
Eneas, pese al dolor que le ocasiona, obedece la voluntad divina y deja Cartago. Dido, desconsolada, le ve partir y decide suicidarse, maldiciendo el abandono de Eneas. Dido ordena levantar una gigantesca pira y al amanecer sube a la misma y se hunde en el pecho la espada que le había regalado Eneas. Tras su muerte, su hermana Ana ordena prender la pira funeraria y desde ese momento comienza el histórico odio de Cartago hacia Roma.
En efecto, durante los siglos I y II a.C. se produjeron diversas guerras entre los descendientes romanos de Eneas y los cartagineses de Dido.

FUENTE: “Mitologías” , Vol. II, Editorial Planeta, Barcelona, 1982 y Wikipedia.

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