HAY QUE SABER DISIMULAR LAS ADVERSIDADES

Durante la ceremonia de condecoración a las personalidades de Ancash, había un señor, cuyo nombre no es necesario recordar, que muy ufano decía:

-Yo en mi tierra tengo cualquier cantidad de medallas que los doy a mi nieta para que juegue. Aveces los rompe y hasta les pone como collar a mis perros.

Entonces el que le escuchaba detenidamente le dijo con todo respeto:

-Oiga, usted no sabe enseñar el valor de las cosas a su nieta. Usted debería decirle que tal o cual medalla los ganó gracias a su esfuerzo, a su trabajo, a su inteligencia y a su entrega por un mejor porvenir para sus vecinos y quizás de su pueblo y que esa medalla que está en el suelo, no merece tal tratamiento, sino respeto y valoración.

Parece que entendió la reprimenda, porque desde ese momento ya no habló disparatadamente.

Y siguió la ceremonia con marcado señorío.

Y al circunstancial caballero se le notaba preocupado e inquieto y hasta llamó a la secretaria de la Congresista y le reclamó insistentemente por qué se habían salteado su nombre para entregarle la medalla.

Allí fue que conoció el valor de ese premio…el valor de la medalla…que podría ser de hojalata, calamina, pero estaba inmerso su sacrificio y su callado trabajo en bien de los demás…

O quien sabe estamos equivocados y más lo merecía su can.—

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