INICIO DEL AÑO ESCOLAR 2019

En mis buenos tiempos, faltando una semana para el primer día útil de marzo en que los portones oxidados de las escuelas abrían sus hojas para dejar entrar a las “bandadas de palomas” que acudían presurosos a recibir las primeras clases, a reencontrarse con sus amigos y aveces a conocer al nuevo maestro.

Eran tiempos primorosos de alegría y más si se encontraba todo el pampón lleno de verde pasto y en sus rincones coloridas flores. Y en el tercer patio los tableros de básket o los arcos de fulbito, testigos mudos de bullangueras barras de sus parciales cuando se lograba una canasta o un gol de coloratura.

Eran tiempos en que muchos niños venían a estudiar a la ciudad desde lejanas comarcas trayendo como fiambre una talegüita de cancha o habas sancochadas. Más podía el deseo de superarse al hambre o la sed o los kilómetros de caminata en el sol o la lluvia.

En el largo trajinar, muchos niños traían dos “tinteros” de vidrio uno rojo y otro azul y si no tenía “canuto”, amarraba en el dedo índice la pluma y así escribía como el escritor más famoso del mundo.

Y era común que cada niño tenía un certero apodo que resaltaba su genio y figura: El chuschu, el Ishti, el Churla, el Tumpush, el Pupuchi,

Y de este alfabeto local, no se escapaban ni los profesores (as) “Mishi Vega”, Camotito, Sinforosa, Carita’cielo. Pata’fierro, Pucatoro, Buck, etc.

Unos lo festejaban y otros desafiaban a los golpes al escuchar sus nombres floridos.

A la semana de iniciada las clases, ya los más brillantes alumnos estaban recitando bellos poemas que lo demostraban en las actividades permanentes de todas las mañanas antes de iniciar las clases al “contrapunteo”, porque ningún profesor permitía que su sección sea el última de la escuela en demostrar lo aprendido.

Había una sana competencia y un cultivo alturado del saber. Hoy los niños (as) solo demuestran lo que han aprendido en la TV y no en la escuela.

¡Qué tiempos aquellos!

Y como el piso del “recreo” estaba húmedo por las lluvias que se iban, los alumnos “más grandes” nos obligaban a “pavimentar” el campo de básket, limpiando de piedrecillas, yerbas y cuando objeto lo afeaba sacándole el “coru coru” para dejarlo como una mesa de billar. Y para los pequeños esta actividad no era abuso, sino una manera grata de tener una escuela de prestancia con su hermosa presentación.

¡Viva el 330 (tres treinta)!

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