EL MUNDO DE LA LECTURA

FOLIOS DE LA UTOPÍA

¿QUÉ LECTURA ENSEÑA JESÚS?

 

  Danilo Sánchez Lihón

 

  1. No ejercicios de comprensión

 

Son múltiples los certámenes en el Perú que se realizan en estos días dedicados al tema de la lectura y a la puesta en marcha del Plan Lector estipulado por el Ministerio de Educación; y son numerosas las consultas que se hacen acerca de un concepto cabal de lectura, así como del conocimiento que se quisiera tener de técnicas de comprensión lectora.

Cabe afirmar que la lectura no se reduce a ejercicios que se pudiera abarcar en el concepto de comprensión lectora, tampoco se limita a ser una actividad cognitiva, nada en apoyarse en fórmulas, ni peor aún en dejarse atrapar por algunas técnicas y ni siquiera ciencias, que la lectura es mucho más que las dos juntas. Ni mucho menos imbuirse de artilugios, como existe la ansiedad de querer encontrar.

No hay nada valioso en la lectura que pudiera realizarse a través de prácticas mecánicas ya sea desestructurando el texto, proyectándolo en un pizarrón o diseccionándolo en la pantalla electrónica, o haciendo fichas ni mapas conceptuales, ni fórmulas, ni esquemas para extraer de allí ideas, proposiciones o tesis, salvo que se quiera sorprender a algún auditorio incauto.

De allí que a continuación exponemos algunas reflexiones para el debate y sobre el tema de la lectura, actividad honda, decisiva y trascendental en el desarrollo educativo, cultural y social de la persona humana y de la colectividad, discusión para la cual recurrimos a un pasaje del evangelio y a un magisterio ineludible como es el de Jesús.

 

  1. Lector consumado

 

Siempre ha sido una interrogante si Jesús de Nazaret escribió. Y si lo hizo la pregunta es: ¿Qué? ¡Y, cómo! ¿Utilizó la escritura para la difusión de su sublime evangelio? ¿Escribió Jesús alguna prédica, algún proverbio o un apotegma? ¿Dejó escrito algún mensaje? ¿Pergeñó una carta? ¿Un mandamiento o una anatema? ¿O quizá alguna proclama la trazó con su puño y letra?

No. Ninguno. Nada. No se guarda memoria ni vestigio de algún texto que Jesús haya escrito. Ni queda grabado en algún sitio siquiera un trazo. Eso sí, se sabe que fue un lector impenitente y consumado, y esto por distintos pasajes que están consignados en los Evangelios.

Porque remite a cada paso y momento, sobre todo a sus enemigos y detractores, a los textos sagrados e interpreta con profunda verdad cada pasaje de la historia espiritual de su pueblo.

En el Sermón de la Montaña muestra tanta fidelidad con la palabra escrita por los profetas del Antiguo Testamento que dice, más o menos, lo siguiente: ‘pasarán el cielo y la tierra, pero no se alterará ni una sola letra de la Ley’.

Leía entonces, y mucho. Pero, ¿escribió? Y si así lo hizo ¿qué concepto, qué idea y qué mensaje? ¿Dejó alguna enseñanza acerca de la lectura y la escritura? Sí. Una enseñanza decisiva. Y que es la que más conviene ahora recordar.

 

  1. ¿Escribió Jesús?

 

Inquietado por esta pregunta y leyendo los Evangelios encontré un pasaje en donde Jesús escribe. Y ese pasaje es uno de los más intensos, significativos y profundos que existen entre todos los acontecimientos de la historia humana, vinculados a lo que es la escritura, y que quisiera postular como la dimensión suprema y trascendente de la lectura, denominando a esta manifestación como la lectura de la conciencia humana, y la lectura del alma del hombre.

El pasaje a que me refiero ocurre y se narra en el Evangelio de San Juan, es decir viene de mano directa ya que Juan acompañó a Cristo de cerca y estuvo al lado suyo en los momentos más decisivos de su vida. Lo cuenta en el capítulo 8 de su Evangelio, cuando la gente, entre la cual había escribas y fariseos, arrastran ante él a una mujer sorprendida en adulterio a quien, arrojándola cerca de donde él estaba –en medio, dice el texto– le inquieren:

– Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en el acto mismo de adulterio. Y en la Ley nos mandó Moisés apedrear a tales mujeres. Tú, pues, qué dices…

Más esto decían tentándole para poder acusarle… Pero Jesús, dice el Apóstol:

“…inclinado hacia el suelo, escribía en tierra con el dedo”.

 

  1. Desenlace de un tumulto

 

Tomemos nota exacta y precisa que Juan dice “escribía”. No dice dibujaba o hacía trazos… Escribir es configurar signos lingüísticos. Y, de otro lado, apunta que lo hacía con el dedo, rasgo muy importante para lo que trataré de extraer luego como significado de este pasaje, todo ello en relación con la escritura y la lectura.

El hecho es que lo hacía en un momento crucial y en el suelo, es decir en tierra, inclinado hacia ella o sobre el mundo, mientras a su alrededor se aprestan a asesinar a una persona y en tumulto. ¡Había una gran tensión y violencia reinante! ¡Iba a desencadenarse una tragedia! ¡Se iba a producir una ejecución y perpetrar un crimen! ¡Y Jesús ahí, en ese momento único, escribe! ¿No es tremendo? Se iba a dar paso a la muerte de un ser humano; y con el castigo más horrendo y cruel, cuál es la lapidación o la muerte a pedradas.

Esta ejecución se hace hasta que la mujer expire, mirándola y ella viendo la cara de la gente que la mata, que no es un verdugo ajeno e inmisericorde, tampoco es un asesino a sueldo, reincidente y cuyo oficio es matar, sino que quienes le dan muerte es su propia gente, sus vecinos, sus amigos, su familia; porque no había escapatoria. Y lo decía la escritura, o la Ley: habiendo sido “sorprendida en el acto de adulterio”.

He allí todos los elementos que se dan en la lectura total: la realidad en un estado exacerbado, las imágenes, el texto, la historia, el destino cotidiano y, en el centro, en este caso, un ser de una sabiduría infinita al cual algunos le seguían para armarle una trampa a fin de darle muerte, personaje que era nada menos que el hijo de Dios.

 

  1. Leyendo la conciencia humana

 

Continúa relatando Juan y dice: “como insistieran en preguntarle, (dado que él seguía inclinado escribiendo) se enderezó y les dijo: ‘El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella’”.

Y luego –prosigue el evangelista que narra este incidente asombroso por el desenlace en que culmina, haciendo esta anotación sorprendente– “E inclinándose de nuevo hacia el suelo, siguió escribiendo en tierra”.

No era un subterfugio ni una apariencia la que hacía. No se trataba de una evasión o escapatoria. Él iba al centro y al corazón de los asuntos siempre, por eso este trance es paradigmático en relación con lo que es o debe ser la lectura.

Él estaba concentrado en los hechos que se venían sucediendo, pero guiándolo todo desde la escritura y la lectura, penetrando en el alma de la gente, leyendo su conciencia, y por eso escribía, pero hacia una dirección íntima, y en confrontación con la verdad que en este caso quería esconderse bajo el subterfugio de camuflarse en el rol de jueces.

Él estaba concentrado escribiendo aparentemente lejos de los hechos que allí se presentaban y ocurrían, pero, en verdad, sumergiéndose en el vórtice de cada alma y cada conciencia allí presente, mirándolos desde lo alto, desde lo cerca o desde lo lejos.

 

  1. En el suelo y con el dedo

 

Este pasaje es maravilloso dentro de la angustia y la tensión que produce un acontecimiento como es la inminente lapidación de una mujer acusada de cometer un acto censurable.

Hay aquí varios elementos de contexto y otros esenciales al acto de escribir y al de leer que intentaremos extraer de este pasaje, empezando por la situación límite en la cual se instala, que es el verdadero estado de la lectura total, que ocurre en un momento tenso y culminante, de vida y muerte, para el que lee como para la situación leída.

De manera central quisiéramos poner el enfoque en la pregunta que lanza Jesús y que reta a quienes se erigen como jueces y brazo de la justicia que pretenden aplicar, pregunta cuál es: ¿Son dignos de ser jueces y condenar?  ¿Están libres de pecado y de culpa?

La pregunta es una lectura directa y certera que apunta al centro de la conciencia de cada persona y que simbólicamente es representada en el acto de escribir en el suelo y con el dedo donde cada quien se ve retado a leerse a sí mismo. Y leer en su vida íntima y privada.

No es un alegato, no es un concepto o idea la que él lanza sino un cuestionamiento vital y una apelación a su alma y a su conciencia, trazando signos de escritura en el suelo, pero dirigidos como dardos de clarísima luz o fuego a la mente y al corazón de la gente.

 

  1. En un estado de paz

 

Es mucho más que una pregunta la que detiene las piedras que ya se blanden en las manos supuestamente imbuidas de justa indignación de las personas que se erigen como jueces, mientras él está inclinado y sumergido en las letras y en su contenido que traza en la tierra.

Está escribiendo –muy concentrado dice el relato, tanto que este aspecto se reitera en el texto bíblico– insistiendo para que él atienda el asunto que le estaban planteando.

¿Qué significa este pasaje? Que a pesar de la vorágine en que ocurren los hechos la lectura se sumerge en un estado de paz, en un punto inmóvil.

Que es un ojo avizor sobre la turbación de las peripecias y el confuso mundo que ella contempla, recrea y finalmente ayuda a ordenar su desenvolvimiento.

Mientras los demás conmocionan alrededor de él, Cristo escribe y los sucesos vuelven al final a su normalidad cotidiana, esta cotidianeidad que a veces nos parece superflua, insustancial y hasta rutinaria, pero que en el fondo es también esperanza y es una dimensión de lo sagrado.

 

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