TODOS SABEMOS DONDE ESTÁ DIOS

Todos sabemos dónde está Dios, pero a veces nuestra fe languidece y es cuando dudamos de su existencia.

         Las aguas del mar podrían estar quietas sin olas ni vaivenes.

Los cielos podrían permanecer con un eterno sol y de repente poblado de nubarrones que oscurezcan la tierra.

La tierra podría estar quieta en su eje sin cambiar días a noches, sin estaciones ni cambios climáticos.

Y todo esto cansaría la vida del hombre acostumbrado a las aventuras, a los cambios. A dormir de noche y trabajar de día.

Pero hay alguien en el universo que da energía para la trasmutación, el cambio, la agitación, el movimiento, la traslación.

Y siempre y a cada instante hace rodar los “dados eternos”, a veces en una mesa, en el piso o una franela.

De lo contrario, todo se extinguiría, habría un cataclismo total.

A ese ser desconocido, omnipotente y omnipresente se le ha buscado siempre y en todo lugar. Se le conoce por las consecuencias de su poder y gloria. Sin menoscabar su poder podríamos decir que ese ser es un gran titiritero, volatinero o marionetista para mover los elementos existentes en el universo sin pausa ni cansancio más bien con frenético gozo.

A este Ser, que no tiene principio ni fin, que no se le ve, pero está en todas partes. A este Ser ante quien todas las voces, todas las opiniones, todos los estudios, por más sabios que fueran, empalidecen por las muestras que se van descubriendo en el universo y por las cosas que se conocen y se palpan, huelen y gustan, que son solo el principio, porque los demás descubrimientos, están en pañales.

Por todo lo ancho, largo, profundo y alto que se alcanza a ver, cada vez despierta temor, reverencia y sobrecogimiento del espíritu que al no poder explicar lo que ve y siente, lo llama Dios.

Dios, una palabra tan sencilla de cuatro letras y no como acostumbraban los nobles de la aristocracia: “El Conde de nostra Damus, el Rey Felipe V de España, el Marqués de Torre Tagle, La Marquesa de la Chinchona, etc. etc.

Y más aún, hay algunos que por saber escribir su nombre o haber mal leído un libro se sienten soberbios y desafían el poder y la gloria de Dios.

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