EL PLATO MÁS SABROSO (*)

Por O.C.C.

         Empezaremos esta nota como “Miki” Cervantes: En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero recordarme…”

En un lugar de Ancash, de cuyo nombre no quisiera recordarme se dijo por años y se seguirá repitiendo por siglos: “Más vale pájaro en mano, que cientos volando”

Resulta que un padre se hizo acompañar por su pilluelo de seis años para que fuera su lazarillo o por lo menos le alcanzara agua cuando tuviera sed.

El párvulo fue genio y figura con el trompo, el bolero y las canicas. Andaba por todo el pueblito con los bolsillos llenos de choloques como trofeo. No había otro niño que le ganara una partida.

Él mismo aprendió a hacer sus trompos, él mismo se buscó la horqueta para su hondilla. El mismo hizo su bolero y con sus mismos juguetes desafiaba a medio mundo sin conocer derrota.

A veces se apartaba del pueblito, donde su padre era maestro y luego de introducirse entre los enmarañados cactus y pencales, volvía con una sarta de vistosos picaflores, gorriones y hasta perdices. Era un cazador consumado.

Las mujeres del pueblo se quitaban los picaflores para pasarse las manos con los largos picos -según ellas- para ser ágiles hilanderas o expertas cocineras.

Los varones, en cambio, admiraban al chico y con risa en los labios sentenciaban, este sí, prefiere tener “pájaro en mano, que cientos volando”.

Hoy me viene a la memoria el refranero tan sabido y tan actual a pesar de los años: “Agua que no has de beber, déjalo correr” o quien sabe otro más apropiado “no escupas al cielo que puede volver a tu cara”. En efecto, un buen día el viejo se pegó una mona de padre y señor mío a tal punto que comenzó a delirar pidiendo…carne…

El lazarillo, al escuchar los lamentos del padre, buscó en la cocina un trozo de carne y no encontró. Buscó entre el vecindario en calidad de compra, y nadie tenía. En aquellas soledades nadie vendía lo necesario y hasta el azúcar, el pan y otros productos se tenía que llevar desde Huaraz ¿Y cómo encontrar carne?.

El pilluelo tomó su hondilla, se hizo una cruz y entre sí se decía lleno de fe y optimismo: “diosito, hazme cazar una tórtola…”

Buscó de tejado en tejado, caminó por todo el pueblito hasta que avistó una tórtola. Volvió a implorar y por primera vez dudó de su puntería. Soltó la piedra varias veces con su hondilla, y nada, Y a la tercera vez apuntó bien y zassss, el pájaro cayó al suelo dando sus últimos estertores. Lo cogió, lo desplumó, sacó sus calientes vísceras, le echó sal, un poco de manteca de cerdo y a la braza…!Chassss!.

A los pocos minutos ya estaba el sabroso plato que le alcanzaba a su padre que aún gritaba…carneeee, quiero carneeee…

Al percibir el oloroso plato, preguntó intrigado:

-¿Qué es esto…?

-Cullcu, papá…

El viejo se lo devoró y al final le dijo ¡esto es para ti! Al momento que le entregaba el plato lleno de huesitos. Y volvió a dormirse.

Cuando todo parecía haber pasado al olvido, ya en Huaraz el padre llamó al niño a su lado y pidió a su santa esposa un plato especial de chicharrones que se freían en un tremendo perol. Mamá, pensando que era para el jefe de familia, puso las tronchas más grandes y apetitosas, pero papá se lo pasó al chiquillo diciéndole: Come hijo, esto no es cullcu pero te invito como si lo fuera…

|           Padre e hijo se miraron largamente y sin saber cómo ni por qué, soltaron una amplia carcajada que retumbó en toda la casa en tanto que los demás hermanos pensaban que la pareja estaba loca de remate.

No se explicaban por qué se reían con tanta dulzura…

 

(*) Del libro, Tiro al Bull, Pag. 103 al 104. Este artículo fue leído por una emisora local de Huaraz el 02:Jun. 93. Pertenece a la pluma de OCC, ediciones KAFE

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