Y HOY DÍA HEMOS CULMINADO EL 20 ENCUENTRO INTERNACIONAL ITINERANTE CAPULÍ, VALLEJO Y SU TIERRA

¡Hermanos! ¡Voluntarios del alba! ¡Legión Vallejo!

Hemos culminado hoy día, 20 de mayo del año 2019, el 20 Encuentro Internacional Itinerante Capulí, Vallejo y su Tierra, que ha recorrido los pueblos del Callejón de Huaylas y que si nos acercamos a mirar en su trasfondo es mucho más que un encuentro.

Quedan en nuestras retinas y en el alma el fervor de los pueblos por los cuales hemos pasado: las danzas y las proclamas de los niños, los carros alegóricos y las representaciones folclóricas en calles y plazas; la ilusión de la gente de toda condición, sea de a pie en las calles, sea saludándonos desde sus puertas y ventanas.

De haber vivido estas experiencias siento que Capulí, Vallejo y su Tierra no es solo un certamen académico, que lo es, sino también un acto de amor profundo entre el hombre y la vida, entre el hombre y el universo, entre el hombre y la naturaleza, entre el hombre y su destino y su realización en la historia.

Donde nos hemos confrontado con arduos caminos, en una realización cabal, viva y verdadera. Donde hemos cruzado abismos e ingresado a los pueblos encontrándolos despiertos o dormidos. Otra vez lo estamos sintiendo, palpando y acogiendo en nuestras propias manos, como un partero a un ser que nace, como nace y se hace un camino.

Por ahora las que nos inundan son imágenes, sensaciones, percepciones, que poco a poco se volverán visiones, proposiciones y grandes decisiones para nuestras vidas.

Una imagen por ejemplo es el momento en que recogimos en plena puna, y a las tres y media de la madrugada, al destacado vallejista cajamarquino Luzmán Salas y a su esposa, quienes iban al Capulí en Santiago de Chuco, envueltos en sus ponchos, rebozos y cubiertas sus cabezas de chullos, quienes levantaron la mano, el vehículo se detuvo en esa soledad y en ese páramo, sin saber que el ómnibus al cual subían era el nuestro.

Habrá mucho que se escriba en los próximos días y en el transcurso de las semanas y meses siguientes. Por de pronto, decirles que algo que siento legítimo y trascendental en estos momentos, y que cumple uno de los idearios vallejianos, es saber que construimos la hermandad entre todos los hombres de la tierra. Con mi abrazo,

DANILO SÁNCHEZ LIHÓN

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FLOR DEL 20 ENCUENTRO INTERNACIONAL

ITINERANTE CAPULÍ, VALLEJO Y SU TIERRA

Lo que queda encima y primero son las imágenes, imágenes y más imágenes de la peregrinación anual de Capulí, Vallejo y su Tierra, que cada año llega hasta Santiago de Chuco, la cuna del autor de Los heraldos negros, atravesando variadas y eslabonadas ciudades y pueblos, como en ese caso lo han sido: Huaraz, Carhuaz, Yungay, Llanganuco, Caraz, La Pampa, Corongo, Bambas, Llapo, Tauca, Cabana, Huandoval, Ancos, El Santa, Santiago de Chuco, Trujillo y Guadalupe.

Imágenes y más imágenes son las que se impregnan en primer plano en nuestras pupilas, en nuestra mente y en nuestro corazón. Detrás quedan las sensaciones, las percepciones y, más al fondo, las emociones. Un cúmulo de sabores, aromas texturas, colores. Que después se convertirán en ideas, doctrinas, visiones y hasta en nuevas concepciones del mundo y la realidad, y hasta en religiones; en inmensas nociones acerca de la vida y del destino individual y colectivo de los seres humanos y de los pueblos.

Porque debajo de las imágenes de las cuales nos hemos nutrido corre ahora un río caudaloso, ora apacible, cantarino y melodioso; ora turbulento, amenazante y copioso. Ora quieto para que auscultemos en su fondo misterioso el sentido que se nos ofrece. Debajo de esas imágenes corren emociones inabarcables, que se desbordan para luego sedimentar como recuerdos inolvidables y vida imperecedera. ¡Y eso constituye no haber existido en vano!, y en habernos llenado de mundo.

Como por ejemplo cuando hemos ingresado bailando por las calles y avenidas de tierra, o bien empedradas o bien con asfalto delos pueblos y ciudades, del brazo con niños y jóvenes, felices y contentos de encontrarnos en un abrazo entrañable, de hermanos que nos acogen con inmenso cariño, desfilando junto a nosotros las  delegaciones de estudiantes y profesores, gustosos de atajar por breve momento el tráfico con sus altavoces y sus atuendos típicos, a fin de que no nos perdamos la música ni el compás de nuestros pasos, bailando locos de alegría.

¿Se acuerdan? Ocurrió ayer y parece un tiempo inmemorial y lejano. Parece formar parte ya de una leyenda o de un tiempo legendario. Tanto como si no lo hubiéramos vivido. Y, sin embargo, apenas ha ocurrido ayer, cuando hemos ingresado a la Plaza de Armas de Huaraz, cuando hemos bailado haciendo flamear nuestras banderas, con los estandartes izados hasta el tope. Bailando sin saber por qué lo hacemos, o bien sabiendo mucho acerca de las razones de por qué bailamos así, locos y desaforados.

Bailando por las calles junto a las comparsas que nos reciben y saludan, todos felices y contentos. Igual o más felices ellos que nosotros mismos. ¿No es glorioso? Bailando henchidos, altivos y majestuosos, mirando las nieves eternas. Bailando arrobados de lo que somos, bailando huaynos, cashuas, marineras; bailando música sagrada, ritmos que se quedan en el alma, bailando en celebración de todo y de nada. Bailando no importa lo que nos suceda, bailando a los cuatro vientos, bailando abiertos los brazos como alas que se alzan al cielo.

Viendo yo a mi hermano Juvenal, de suyo serio y circunspecto bailando con la bandera adelante. Y detrás todos nosotros bailando en procesión de las comparsas que acompañan a cada delegación de los países hermanos asistentes, de hermanos que se quieren. Mirándonos a los ojos gloriosos de sentirnos hermanos del alma, sin recelos ni reproches, por fin unidos y solidarios.

Y bailando hemos ingresando a los pueblos, desde el primero en Huaraz, en plena serranía y al pie de las nieves eternas, hasta el último en la costa, en Guadalupe, a orillas de los campos sembrados de arroz y ya muy cerca del mar que se suma a esta eternidad de sabernos hermanos. ¡Sí! ¡Sabernos hermanos! Esa es la espiga y la flor de este 20 Encuentro Internacional Itinerante, con César Vallejo como estandarte.

DANILO SÁNCHEZ LIHÓN

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 TAÑIDOS DE CAMPANA EN CORONGO, EN EL 20 CAPULÍ

He aquí en Corongo, donde he vuelto a escuchar el tañido viejo y nuevo desprendido de la campana de la torre de la iglesia.

Tañido dulce en el frío que arrecia, un rasgueo de guitarra que se suelta, de canto rodado que tintinea dentro del agua, de carta de amor que se estruja.

Tañido en la hora límpida de la noche que comienza y de la tarde que termina, con el perfil nítido de los cerros que se apagan en el contorno.

Tañido quebrado, como piedra que se erige para estar quieta en el aire, o pena que se exhala y que se queda ululando en el aire.

Tañido apenas mojado por la lluvia repentina; del color de los árboles verdecidos y ya oscuros; de los pétalos que sobresalen de los muros.

Tañidos como dolores que se esconden, miel derretida en el cal y canto de las bóvedas, suspiro que se deshoja, es la campana que convocan.

Tañidos que no escuchaba sino hace muchos años, como caramillos de plata, esquilas y cencerros que suben o bajan por las colinas.

Que me sorprendieron mientras me apuraba bajando las escaleras, en este 20 Encuentro Internacional Itinerante de Capulí, Vallejo y su Tierra.

Y aquí en Corongo. Sí, como un descubrimiento imprevisto, mientras la lluvia moja los aleros y las goteras se acompasan con un sonido recóndito en el empedrado.

Tañido como si alguna niña penara en una de estas casas abandonadas. De campana que se erige entre tanta sombra.

Llueve en Corongo, en este Capulí. Y en la torre de la iglesia como una golondrina aterida, ahora que la miro yace muda y callada la campana.

DANILO SÁNCHEZ LIHÓN

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 ARDUOS E INMENSOS SON LOS CAMINOS

DE CAPULÍ, VALLEJO Y SU TIERRA

Capulí, así como la fruta dulce y tierna del árbol del mismo nombre, y que se parece a las pupilas de los ojos de las niñas del ande; así como el árbol que se alza en el patio de la casa de César Vallejo en Santiago de Chuco; así como es racimo y conjunción de frutos como de hombres fuertemente abrazados y formando manojo, ramillete o conglomerado; así también es ¡caminos que se abren y se cierran!, como se nos cerró el camino de Cabana a Pallasca, pero siempre buscamos atajos y nos abrimos paso para seguir avanzando.

En el 20 Capulí hemos atravesado mil o más caminos, como hemos sorteado mil o más peligros, y eso nos fortalece. Hemos vuelto los ojos a mirar el fondo de todos los abismos y profundidades. Como también nos hemos complacido con todo lo idílico del paisaje y de los pueblos, del cielo azulado y el verde de las campiñas. Donde hemos compulsado la presencia, la evidencia, la inmensa realidad de los caminos y sus hondonadas. Hemos recorrido en toda su largura el Cañón del Pato.

Estos son caminos para quererte y para adorarte, amor mío; para nunca olvidar y ya nunca morir en vano. Son caminos para revivir cualquier día en cualquier hoja o tallo, en cualquier pétalo o espiga que crece a la vera y al borde del abismo; fascinados de contemplar el reto entre el hombre y el cosmos que ha labrado las carreteras en plena roca, estupefactos de la intensidad y altura del panorama.

Caminos con los precipicios hacia un lado y hacia el otro la cuneta como una madre que ampara y protege con su regazo. A un lado el barranco y hacia el otro el seno que nos sostiene, ampara y nos salva. Con las colinas verdecidas y al otro lado los cerros ariscos y pelados, pura piedra, roca y cascajo, sin una sola hoja, brote o flor en su talante adusto y lastimado.

Caminos donde te he mirado tanto. Y dónde te he extrañado de no morir juntos. Donde he soñado contigo. Caminos para no mirarlos. Donde quedan nuestros latidos; también caminos amenos y florecidos, con muchachas que salen a obsequiarnos manzanas, limas y yerbas del campo, contigo siempre a mi lado al mirar el pavor de las caídas; caminos temibles por los cuales vivo o muerto volveré algún día, porque nunca digas no volveré nunca más por estos senderos.

Aquí están los niños con sus banderas. Ya hemos llegado. Y he aquí que sobresale y se recorta en las nieves eternas, niña mía del alma, sobre estos atajos, abrojos y altas cordilleras, tu alegría inocente de encontrarnos. Y ahora, al marchar con las banderas por el empedrado, y al bailar sobre las baldosas de las calles, sentimos a los seres enterrados bajo este suelo que hace décadas, siglos y milenios nos estaban esperando.

DANILO SÁNCHEZ LIHÓN

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