EL MAESTRO MERCADER

Por: Olimpio Cotillo C.

¡Señor…! ¿Qué pecado ha cometido el maestro en mi patria para ser tan castigado?

El maestro don Fausto se hacía esta pregunta cada vez que sus hijos le pedían pan para su sustento, ropa para cubrir su desnudez o libros para leer. El mísero sueldo de todos los tiempos, nunca fueron suficientes para cubrir sus necesidades más elementales. Cada vez era más ignorante porque no podía pagar el crédito de sus textos. No podía asistir a los cursos porque cada vez los mercachifles de la educación subían sus precios. De los adelantos cibernéticos, mejor ni pensar, una computadora era una leyenda, una página web, peor, y un email, un sueño. Cada vez se vestía como cargador, porque no tenía como antes para comprarse un único terno. Todo en él era devaluación, pauperización.

Sin embargo, su vida cotidiana surcaba el camino de la postergación como lo hacen los payasos, enseñando los dientes con una falsa sonrisa, escondiendo su tristeza bajo la capa del disimulo.

Pero tenía que subsistir, estaba obligado de pervivir, por él mismo y por los suyos. De su constancia dependía la existencia de su familia. Era cierto, era mortal como cualquiera, pero tenía que comportarse como un ser divino hacedor de ilusiones.

Y en sus postreros días, ordenó que su menor hijo le acompañase, lejos, muy lejos, allende las estrellas para que recogiera el agua del cielo cuando tuviera sed o para que mitigara su cansancio cuando sus pies no pudieran andar más.

Ya en su puesto de maestro, un día recibió una carta y sin decir nada a su párvulo, dejó que unas lágrimas de impotencia rodaran por sus mejillas. Eran lágrimas quemantes. Sin decir nada, atinó a coger a su niño en su regazo y lo besó una y mil veces, como queriendo explicar su comportamiento o hablar en mil lenguajes. Su familia, en la ciudad pasaba apremios más de lo acostumbrado y alguien le pedía auxilio.

-Hijo – musitó al fin –  tomando la caja donde se guardaban primorosamente los vestidos del niño – vamos escoger los vestidos que te son muy pequeños y que no los usas.

-¿Qué te pasa papá…por qué al leer ese papel te has puesto a llorar? ¿Algo malo está pasando?.

-No hijo, es una carta de tu tío Felipe. Me dice muchas cosas buenas y también alguna mala, pero pronto lo solucionaremos.

-Papi, esas ropas que estás separando son nuevas y me quedan bien, aún no los he usado ni una vez.

-No hijo, ya son viejas y te quedan estrechas y chicas; además afean tu hermoso cuerpo. Te probaré, mira, las piernas están por encima de tu rodilla. No papi, es que me estás midiendo por encima de mi pecho. Mira tu camisa, la manga está por encima de tu codo. No papi, me estás midiendo por encima de mi cabeza.

Y los dos se miraban y se ponían a reír, más cuando el padre le cosquillaba sobre la dura cama. Además la camisa es a  cuadros, parece de payaso. Y tú papi, serás dueño del circo, ja, ja,ja…Además tiene un color muy feo, tú mereces otras prendas mucho más elegantes…

-¿Verdad que sí Papi?.

-A propósito, mañana que es domingo y no hay clases, nos iremos a otro poblado como quien se pasea, aquí estamos enclaustrados y no sabemos cómo anda el mundo.

-Bravo Papi…¿Y cómo se llama ese lugar a dónde iremos?

-Se llama Jacán, está cerca de aquí.

 

Al día siguiente, antes que el sol se desperece y venus se oculte, enfilaron sus pasos por la quebrada de arriba, por donde de vez en vez, los caminantes penitentes se perdían tras la cima del cerro y que hoy, desde esa cima, al voltear la mirada, veían al pueblito que hace un rato dejaron casi en la penumbra, con techos rojos, calles sinuosas, su capillita de una sola torre, la escuelita fiscal, la casa de José, de Santos, de doña Zenobia y también del Víctor… Allí estaba el corral de Tiburcio, lleno de cabras, unos barbudos, otros lampiños y los más con cachos retorcidos. Las hembras con pestañas largas, los bebés hociqueando las resecas ubres para sacar las últimas gotas de leche. Desde la parte alta del techado de una casa, un gallo cantaba !!aquí`toyyyyyy¡¡¡¡.

Cuando despuntó la mañana y la pareja, padre e hijo, coronaban la línea divisoria entre la ceja de costa y la sierra, en la parte más alta del cerro estaba una cruz de madera adornada de un lienzo. Al ver el símbolo cristiano, el niño gritó: ¡Allí está la cruz!, pero el padre le corrió, se dice Santa Cruz, porque sobre ella, un hombre llamado Jesús se inmoló para redimir a los hombres de sus pecados. Luego, dirigieron sus pasos para orar brevemente…Padre nuestro, que estás en el cielo…

         Al final, el padre dejó escapar unas palabras que su niño no alcanzó a entender, pero el viejo maestro lo dijo con claridad para sus adentros: “Ojalá el negocio me vaya bien”.

Ya con el sol dibujando los cerros áridos y pedregosos, de juncos y pencales, la pareja pudo distinguir que de las partes bajas salían manadas de cabras. Los más tiernos saltaban haciendo piruetas en el aire o se coceaban, afilando sus nacientes cachos. Y los hechores barbudos, como jekes chinos, se corneaban haciendo sonar a grandes distancias sus maduros cuernos. Es entonces que el maestro dejaba sus fatigas en el olvido y comenzaba a cantar huaynitos dicharacheros: “el amor se pinta/ sobre una tablilla/ luego se despinta/ cuando hay mal pago… Y desde las hondonadas las escondidas pastoras gritaban de contento: !!Huajillaaaa¡¡…A lo que el trovador empataba la canción con otra: “Jalando mi oreja/ cullumpin cullumpin/ sé bueno…honrado…trabajador…” Y nuevamente las cholas de abajo el río soltaban ese…”!!!Huajillaaaa¡¡¡, dejando regado en los cerros, ese sabor a fiesta y contento, mientras que el niño palmoteaba llevando el compás de la música.

-¡Zorzal cantarín¡, ¿de qué jaula te has escapado?…Vienes a alegrar nuestra soledad…acaso algún señor todo poderoso se ha compadecido de nosotras para que tu fino pico suelte tan lindos trinos?.

-No mi linda ñusta, cinturita de avispa, elegancia de vicuña, no soy zorzal, pero quisiera serlo. Vengo de tierras lejanas a conocerte y me voy contento de haberte consolado siquiera unos instantes en estas punas olvidadas.

-No hay árbol siquiera en estos arenales para que te guarezcas…tal vez estás cansado, aunque sea al pie del junco escóndete para que se enfríe tu cabeza.

-Si fuera joven, si fuera soltero, junto a tu seno haría mi nidito y viviría para ti toda mi vida…bella ñusta, cinturita de avispa, elegancia de vicuña.

-Si no fueras caminante, te mancornaría para que me acompañes.

-Tu nidito quisiera me regales.

-Nidito no…eso es sagrado.

-Nidito quiero…nidito añoro.

-Ultimadamente…nidito te daría…

-!!Huajillaaaa¡¡, gritaba el niño con toda su inocencia.

Y las voces se iban perdiendo en lontananza…

 

***

 

Faldeando los cerros, llegaron a Jacán después de una larga caminata. Allí estaban las casas grises, forradas por todas partes por teleraña. Más arriba, chozas modestas de las familias más pobres. Todo olía a agua en contraste con las tierras que acababan de abandonar. Pequeños huertos de chirimoyas, lucmas y manzanos había por doquier…Y qué decir de los sembríos de maizales por aquí y por allá, igual los frejoles y los tomates. Solo en el camino principal, estaban las casas de techos rojos de los que de alguna manera tenían más ganado en los rebaños o más chacras cultivadas. Las fragancias a hierbabuena, arrayán de castilla o el anís desparramaban generosamente sus fragancias mientras que por una sequia se deslizaba agua cristalina hacia las cementeras de habas, papa o la multicolor quinua. Qué diferente con Llacllín, donde era maestro don Fausto, allí, todo era árido y desértico.

Un grupo de niños jugaban en una pequeña explanada y como si un imán lo atrajera, el maestro se dirigió al grupo. Les hizo caricias, les habló con dulzura y comenzó a familiarizarse con ellos: ¿Cómo te llamas chinito lindo?. Javier. ¿Dónde están tus padres?. Adentro. ¿Te gustaría tener una camisa nueva?. Sí. ¿Te gustaría este color?. Oh que lindo, exclamaban los niños en coro al ver la prenda. ¿Verdad que es linda la camisa?. Siiii. Gritaron al unísono. Pues pruébatelo. Le sacó la camisa vieja que usaba y le cambió por el nuevo que le ofrecía. A otro le puso otra camisa, al más grande un saco, al otro una casaca y al más pequeñín una gorra muy coquetona. Ahora, vayan donde sus padres les dijo amistosamente.

Los niños muy contentos enfilaron sus pasos hacia sus casas, inflando aún más de orgullo sus pechos vestidos con ropa nueva.

-Papi, ¿Les has regalado mis vestidos?

-No hijo, ahora verás mis estrategias y será para nuestro bien.

Coincidentemente una afligida madre salía de su rústica vivienda de la parte alta del poblado pidiendo auxilio.

-Mi niño se muere…Mi niño se muere…gritaba la pobre madre.

Don Fausto y su hijo aligeraron sus pasos dirigiéndose hacia la quejosa mujer.

-¿En qué te puedo ayudar, buena mujer?

-Mi hijo se muere, señorcito

-No puede ser, veámoslo.

En efecto, un niño de aproximadamente seis años de edad, tenía el estómago tan gigante como un bombo.

-¿Qué ha pasado?, preguntó don Fausto.

-Resulta señorcito, que sus hermanos, estos malcriados, le han dado leche recién ordeñada y en lugar de quitarle, le han obligado a tomar cada vez más y más, toma, tú eres “pachalazán”, diciendo.

Entonces el maestro pidió a los demás chiquillos a que orinen en el colosal estómago que estaba a punto de reventar. Las pilas de orines, al contacto con la piel, sonaban como tarolas, tarraaaaannn tan tan tan taránn, tarán, ran ran. La cabeza del niño enfermo, casi desaparecía tras su barriga y su llanto enmudeció por la fatiga. Luego, el maestro, tomó unas mantas, las dobló como si fueran almohadas y echó al enfermo sobre ellas de cúbito ventral. Entonces fue que se escuchó en todo el pueblito una sinfonía extraña de clarinetes, trombones, flautas y hasta quenas en cada expulsión de los gases.

-Atatauuuu sheeee…lichi supi…lichi supiii…

Los espectadores, tomándose las narices en señal de asco se iban alejando del enfermo.

Mientras que otras personas noveleras salían a la puerta de sus casas para conocer al generoso personaje que les había cambiado las prendas a sus niños. Y también a conocer cómo curaba a un doliente. Al fin, una mujer preguntó:

-Mi querido señor, ¡Y cómo cree que le vamos a pagar, si no tenemos plata?

-Un momento señora, nadie ha hablado de plata. Pero primero me presentaré para que nos conozcamos, soy el maestro Fausto Montesdeolluco y este es mi engreído hijo Ricardo, venimos de aquí muy cerca, en busca de nuevos amigos.

-No muy nuevos, mi querido maestro, Dn. Fausto. Interrumpió una voz ronca desde el dintel de una puerta ¿Se acuerda de mí?, se atrevió a preguntar.

El maestro trató de hacer memoria y no encontraba al personaje en la multitud de amigos y discípulos que durante su vida había tenido. Al final le dijo: Para serte sincero, no recuerdo dónde te conocí.

-Mala suerte mi querido maestro. Soy Epimeceno Quiroz, el preso número 444, celda b, del pabellón “no sentenciados” de la cárcel pública de Huaraz, donde usted fue mi maestro. ¿Recuerda que nos hacía cantar los lunes a todos los encarcelados “Somos libres/ seámoslo siempre, y antes niegue/ sus luces el sol…?

Fue entonces que el maestro se acordó de aquel Epimeceno y no dudó en abrazarlo fuertemente. Su vida estaba ligada de alguna manera a su pasado. En sus espaldas tararearon las palmadas y la gente que cada vez aumentaba, se quedaba atónita de pensar siquiera que Epimeceno Quiroz, tenía un amigo tan importante venido de otros mundos…

 

***

 

El negocio de las ropas, salió redondo, no tanto por el costo de las prendas, sino porque los pobladores de Jacán al enterarse que don Fausto era maestro de un pueblito cercano al suyo, unos le dieron habas, otros maíz, no faltó papa, trigo, diversidad de frutas y hasta queso fresco.

-Vente maestro a enseñar a nuestros hijos, aquí tenemos como quince niños, todos ignorantitos, con usted las cosas cambiarían.

-Ganas no me falta de quedarme, pero no puedo. Tampoco puedo permitir que la ignorancia siga reinando en Jacán –dijo el maestro al grupo de pobladores- Mis obligaciones en Llacllín, son sagradas. Aquí les dejo a Epimeceno Quiroz como el nuevo maestro.

Sorprendido Epimeceno, dijo:

-Pero no hay Escuela, ni pizarra, ni tizas, ni carpetas, nada de nada…

-No te achiques, hijo, hoy mismo tendrás todo lo que necesitas. Dicho esto, don Fausto juntó diestramente unas tablas para la pizarra, fabricó tizas haciendo tubos de papel y rompió la rama más derecha de un árbol cercano para que sirviera de puntero.

-Empieza tu tarea, Epimeceno…primero enseña las vocales y enseña como lo hice contigo y agregó: El salón no es sinónimo de educación, has como Pestalozzi, la sombra de un árbol, es buena para enseñar…

 

***

 

Ya de regreso a Llacllín, escuchó de boca de su niño ¡Qué lindo padre eres¡

Pero se quedó callado.

Al empezar el viaje de retorno, los arrieros de cinco burros cargados de pesados

productos, dieron la voz de ¡Marchen¡

-Vamos burros y los animales no parecían cansados, más bien estaban ágiles.

-Nunca pensé encontrarme  con Epimeceno en este lugar tan remoto –le dijo a su niño- pero su presencia me ha recordado que un día en la carretera Chaucayán-Huaraz, esperaba el camión para que lleve la carga de papas para tus hermanos, me anochecí y tuve que dormir en la vera de camino cuidando lo que con tanto sacrificio había logrado reunir para mi familia. Era media noche, en eso sentí que se aproximaban dos negros parecidos a gorilas gigantes. Comencé a temblar de miedo porque intuí que venían a robar la carga. En eso saqué fuerzas, hice ronca mi voz y casi grité: ¡No se acerquen más¡…Les advierto, he sido maestro de cárcel y no me falta una pistola con cinco balas, dos para cada uno y uno de remate!!. Al escuchar mi amenaza los negros desaparecieron como por encanto. Pero yo seguí temblando de miedo hasta el amanecer.

Cuando los caminantes estaban por trasmontar el cerro más elevado, a lo lejos, muy lejos, escucharon a los niños de Jacán, entonar el Himno Nacional del Perú: Somos libres/ seámoslo siempre/ y antes niegue/ sus luces el sol…

Era Epimeceno el que estaba enseñando…

-Será buen maestro, se dijo en lo más profundo de su ser, el viejo maestro don Fausto y agregó: ¡Qué lindo es escuchar a la Libertad en este mundo donde todo huele a independencia!, musitó…

Pero los burros, seguían llevando a cuestas sus pesadas cargas, y parecían ser felices…—

(*) Del libro: Cuentos fantásticos con alma humana, de OCC. Pag. 171 al 185. Ediciones KAFE.

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