EL BOMBO INOLVIDABLE (*)

Por: Olimpio Cotillo C.

          Se acercaba las Fiestas Patrias por lo que el maestro de la escuelita fiscal estaba preocupado. Tenía dos cornetas de hojalata, un bullero triángulo, media docena de palillos, pero le faltaba el bombo, aunque tenía solo el armazón sin el cuero. Este instrumento de percusión era principal, porque marcaba el paso en el desfile cívico-escolar esperado por el pueblo.

Julio. Mes de la Patria, mes de rendir homenaje a San Martín “El Santo de la Espada”. La proclama de la Independencia del Perú. Época de la bicolor “Alas de la victoria” de Valdelomar.

Y será el niño más vivaz, el que se destaca en las actuaciones, el que tiene la voz cantante de la escuela, el que tronará en las alturas haciendo jurar a todo el pueblo que se concentra en la plaza el 28 de Julio.

Pero…faltaba el cuero para el bombo que resuene en todos los confines y el único que podría resolver era el alumno Rufino. Para él no había imposibles.

 

**

 

El maestro había requerido a todas las personas a que le vendan aunque sea un pellejo para curtirlo  y terminar el bombo, pero nadie tenía de las dimensiones que se requería. Hasta que por un momento pensó en su alumno Rufino. Morador de un recóndito lugar, casi solitario que para llegar se tenía que caminar medio día, bien fatigado y bien sudado. Rufino era huérfano de padre y madre y no tenía hermanos ni parientes.

Entonces, el profesor muy de madrugada enfiló sus pasos con esa dirección. “A quien madruga Dios le ayuda” se decía así mismo recordando un viejo refrán y agregaba otro de su propia cosecha: “Quien gana en levantarse al sol, tendrá calor todo el día”.

A medio día estaba frente a la choza del huérfano Rufino no sin antes ser anunciado por un hermoso perro “San Bernardo” de colosal tamaño. La choza de Rufino estaba dentro de maizales y árboles frutales por todas partes de cuyas copas se escuchaba cantar a los “chiguillos”, torcazas, pavos y gallos de tornasolados colores.

Salió Rufino de su choza y cuál no sería su sorpresa al ver a su maestro en persona. Un júbilo indescriptible se apoderó de él porque nunca hasta entonces, había tenido la visita de una persona de tanta jerarquía como la de su Maestro a quien no supo si regalarle todo lo que tenía, incluido su corazón.

-No es para tanto, hijo mío, le decía el maestro ante tanta afabilidad.

-Dígame maestro ¿a qué se debe esta amable visita a un recóndito lugar y por el más eminente intelectual de la comarca?.

-Es una simpleza, pero de vital importancia. Se trata de que no hay el cuero para el bombo y tú bien sabes por las enseñanzas que te impartí, que estamos a pocos días para festejar el 28 de Julio, en que debemos ofrecer un desfile cívico-escolar, pero es mi preocupación mayúscula, que no hay cuero para el bombo y sin la “marchante”, no se puede desfilar, le dijo a su alumno con cierta nostalgia.

Aquí flaqueó el entusiasmo de Rufino. Se desmoronó su cariño y se entristeció hasta el “mocontullu” (Médula de los huesos), de impotencia. ¿Qué hacer para sacar a su querido maestro de ese atolladero?

Rufino, el más alto y fornido de los estudiantes. El que todos los años presentaba la antorcha más original para pasear junto a sus compañeros y padres de familia que se aunaban hasta media noche recorriendo los caminos de herradura, vivando a la Patria, vivando a San Martín, vivando al 28 de Julio que ya iba a ofrecer sus primeros rayos de luz. Y Rufino, siempre adelante, alentando la marcha con voz varonil, siempre acompañado de su enorme y fiel perro “Voz de Trueno” que nunca le abandonaba. Si se buscaba a Rufino suficiente era ubicar  a “Voz de Trueno”, porque nunca se separaba. Rufino tenía tanto cariño a su can que la presa más apetitosa de su plato era para su perro. Jugaba y correteaba con “Voz de Trueno”. Ante cualquier intento de ofensa a Rufino, su fiel mascota enseñaba sus afilados colmillos y era suficiente para volver a la paz. Perro y amo nacieron para vivir el uno para el otro.

 

***

 

Y llegó el día esperado, los cuarenta niños divididos en dos “batallones”, con sus respectivos brigadieres, escolta y banda de guerra adelante. Las notas musicales de una marcha escolar, arrancó una súbita alegría de todo el pueblo reunido en su plaza principal; el eco del bombo, el más sonoro instrumento, nuevecito, chilandito, resonó a kilómetros de distancia.

Los padres de familia se habían sumado a los músicos con “clarinetes” confeccionados a base de tallos de sauco, otros diestramente habían confeccionado más cornetas de hojalata y no faltaron los tamboriles fabricados con juncos y maguey. Todo era entusiasmo, todos mostraban de algún modo su reencuentro con el Generalísimo San Martín que desde el balcón del municipio pronunciaría tan inmortales frases de libertad para los peruanos y toda América del Sur.

El maestro de la escuelita fiscal, era otro orador en el programa central. Él, como todos los años, pronunciaría el discurso de “orden” inflamado de patriotismo.

Pues así fue. Antes del esperado desfile, hubo la proclama  de la independencia y cuando tocó el turno al “proficho”, tan querido y estimado en la comarca, este dijo con voz solemne:

“Compatriotas, un día como hoy, hace más de un siglo, un hombre argentino, llamado Dn. José Francisco de San Martín Matorras, proclamó en la Plaza Mayor de Lima, la Independencia del Perú, que hasta entonces era vasallo de la corona española. Con el gesto heroico de San Martín que vino de su tierra, después de haber luchado como un león en las batallas de Chacabuco y Maipú, cruzó impertérrito los Andes con su ejército patriota.

La hermandad americana hizo posible nuestra libertad. Por el Norte Simón Bolívar y por el Sur, San Martín, dos preclaros patriotas que no conocieron fronteras, porque para ellos, la América mestiza era una sola, indisoluble, unida. El problema de uno era el problema de todos. Por eso San Martín, cruzó los Andes con su ejército patriota hasta llegar a Lima y proclamar nuestra  Independencia.

Por San Martín, por el ejército patriota, por todos los que lucharon por nuestra independencia, desfilemos con paso marcial, vivamos sus nombres con euforia. “VIVA EL PERÚ”.

Todo era entusiasmo, todo frenesí. Solo Rufino, como en ningún otro año, a cada golpe del bombo que resonaba en todos los cerros, sollozaba copiosamente. Marcaba el paso con ímpetu y golpeaba el bombo con el mazo con fuerza descomunal, pero no reía como los otros niños, como las autoridades, como su proficho por su VOZ DE  TRUENO, al que había sacrificado por la Patria y por el desfile de su escuelita fiscal.

Cuando terminó la fiesta, ya solo en el camino y muy cerca de su choza, Rufino gritó como nunca: “VIVA VOZ DE TRUENO” y los cerros grises, el follaje y el verde maizal le respondieron:…”v i v aaaaaa…” perdiéndose a la lejanía el eco misterioso.

Cuando a media noche llegó a su modesta vivienda, no hubo nadie que le recibiera…nadie que le saludara moviendo la cola…

Pero cuando se echó a su humilde cobertor a llorar de “puro macho”, una sombra ingresó a la habitación, levantando el hocico, moviendo la cola de izquierda a derecha y viceversa y hasta le lamió la cara tan tibia y fresca. Y sintió el hocico frío de su querido perro. Y al saber que “Voz de Trueno” vivió en sus sueños, encontró paz en su consciencia y se quedó dormido con una sonrisa amplia en los labios.

“Voz de Trueno”, estaba vivito y coleando.

(*) Cuento de Olimpio Cotillo C., publicado en el libro “El cofre de cuentos andinos”, ediciones KAFE, Pag. 114 al 118. Impreso por Katequilla-Huaraz-Perú 2011.—

También te podría gustar...