OSADÍA DE MARÍA

OSADÍA DE MARÍA

Era que María, se hizo querer tanto por los cuatro hermanos mayores y con dulzura por los cinco menores. Méritos no le faltaban

Era osada, valiente como los del sexo masculino, veloz en sus quehaceres, puntual en sus compromisos. Hasta hoy no nos explicamos cómo hacía para que su modesta propina le durara ante cualquier emergencia en casa, ocasión en que lo disfrutaba con generosidad y desprendimiento.

María en la vida diaria, se desempeñaba como la más cándida dama, pero puesta a prueba su coraje, salía a relucir su fortaleza.

Marcelo era su “palto”. Recuerdo como si fuera ayer cuando le salió un chupo a la altura del cóccix, María lo echó de cúbito ventral y de una sola exprimida hizo saltar el pus. Entonces fue que el moribundo dijo: !Me desmayo…me desmayo…me desmayé! y se quedó profundamente dormido.

En otra oportunidad, Marcelo estaba que volaba con la fiebre y como de costumbre, María fue a la botica, compró un antipirético intravenoso, la jeringa con una tremenda aguja hipodérmica. Al llegar a casa y ante el asombro de todos le ordenó a que se bajara el pantalón.

-!Maricón será…! dijo alguien.

Así lo hizo. Fue entonces que uno de los hermanos mayores prendió el tocadiscos con la música del “Gato Montés” como para emular la clavada de las banderillas al noble toro en las corridas. María arremetía la inyección una, dos y hasta tres veces sin lograr su propósito de inyectar el remedio: !Qué bruto…! tienes una piel de elefante, le decía al enfermo. Se secó el sudor con la manga derecha y miró la aguja detenidamente. En eso distinguió algo que le obligó a hacer una oporación silenciosa. Sin que se diera cuenta Marcelito, que seguía gritando !Ayyyyy!…!Ayyyyy!

María no se daba por vencida y con pertinaz coraje intentó una vez más introducir la aguja de cuya punta y por primera vez salía una gotita de remedio. Zasssss, lo introdujo hasta el fondo. !Ayyyy! gritó Marcelo y se quedó profundamente dormido.

Al día siguiente y cuando ya había pasado el susto de todos los espectadores, le preguntamos muy inquietos a María ¿por qué tuvo que pinchar la aguja en cuatro oportunidades?, ella nos dijo casi en secreto: “Es que dentro de la aguja había estado el alambre desatorador”.

-Entonces ¿no somos familia de paquidermos? reflexionó inocentemente.

En otra ocasión, Marcelo tenía la cara tan hinchada producto de las caries y siempre gritaba llenando la casa de ayes y otras maldiciones y como de costumbre María era la salvación de las penosas circunstancias. !Abre la boca!, más, más como cuando metes un golllll; le pedía la buena hermana. Entonces, Marcelo abría la boca como un cocodrilo.

María sin decir nada se iba al caño a lavarse las manos en tanto que todos nosotros le preguntábamos ¿Y la muela? El muy bárbaro se lo ha tragado, nos respondía.

María se casó con Vituco, un ángel de Dios, tuvieron cuatro hermosos hijos a quienes les curaba el alma y el cuerpo como el mejor médico del mundo.

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