CALZANDO CUERO AJENO

Muchos creen que editando un libro del volumen de un ladrillo representa lo más consumado en literatura. No hay peor error en esta concepción.

            En esta oportunidad he leído casi un mini libro intitulado “Calzando cuero ajeno” de la pluma de Franklin Angeles Zambrano quien ofrece mucha materia gris, filosofía escondida en los pliegues de la vida, poder de síntesis y elevados conceptos sobre el amor. Y lo que es más, en sus seis artículos cortísimos, se mira con frecuencia en el espejo, sin escandalizarse y más bien volcando en aguas profundas la tristeza y la melancolía. Diremos sin temor a equivocarnos,  la influencia de Vallejo está en él como chorro de manantial; el sufrimiento de sus huesos y el llorar de su espíritu también, al igual que la soledad castigada por los rigores de la incomprensión.

            El estilo de Ángeles Zambrano, es casi una réplica, en prosa, de la escuela  vallejiana.

            Ángeles Zambrano, intelectual de reconocido prestigio, en “Confusión”,  primer artículo de seis que contiene el libro, nos dice con clara voz que emana de su interior: “enmudezco con el perfecto discurso de una lágrima que escapa de sus manantiales para entregarse a la batalla con un arsenal de besos y conquistar al menos fantasmas de paz”.

            Los ocultos designios, sólo él sabe guardarlos, sólo él conoce sus orígenes cuando nos dice en “Existencial”: Es difícil, lo confieso nuevamente, decir que tengo miedo desde la forma hasta el fondo y no entender simplemente…”

            El autor siente el amor quemante de la amada ausente en “Festín de delirios”: (Tengo el amor abandonado en la cima de una vieja estatua de libertad y una parte mía cautiva en las alas de una encantadora cuculí).

            Confeso y oculto, Yakov, el personaje que sale en escena, se reprocha a sí mismo de sus fracasos en el amor: “el silencio nunca obliga, la no invita a dar siquiera un paso, es solo eso,  no alcanza más”, nos dice en “Culpas a la “nada” de tu primera cicatriz”.

            Y llega el momento esperado para no matar a la esperanza, que es único que todo mortal enarbola optimistamente, y eso hace Franklin cuando en “Si yo tuviera alas”: “Conocería mejor el fulgor de todos los silencios; comprendería el corazón de tus ojos tristes; trinaría para todos los pajarillos y enmudecería en todas las piedras cuando rezas. Forjaría nuevas esperanzas, inmunes a todo final, e intuiría cuándo es necesario darte un beso para que sonrías”.

            Finalmente, una llagada alegría, un desconocido llanto de fiesta, invade el corazón de ÉL, para entregárselo a su amada María Canela en “…porque sí”:…una hilaridad tiene la codiciada libertad de pintar el cielo en tus labios y entonces pienso que el “escribidor” que construiste es solo un desteñido trozo de poema que se deja llevar por el tiempo sobre el vaivén de su  impredecible ritmo”.

            Si en tan poco espacio, si en contadas páginas, ha retratado a su universo de cuerpo entero, quiere decir que Franklin Ángeles Zambrano, ha asegurado un gran porvenir y sin duda sus lectores le exigirán a que siga produciendo literatura porque él es diamante en bruto y perla en ostra.

También te podría gustar...