LA CALAVERA

Olimpio cotillo

          Aquicito, sin ir muy lejos, en el pueblo donde nací, a nuestra tutuma…mejor dicho a nuestra calavera, la gente, a escondidas o delante de todos, le tiene mucha veneración, miedo y hasta le pide milagros.

Decían nuestras abuelas y aún repiten nuestros mayores, y en especial los brujos y chamanes que tener una calavera en la casa, es haber contratado a un guardián celoso o un siete llaves infranqueable.

Una de estas matronas solitarias, siempre se jacta de que tiene una osamenta craneal en una modesta urna de su huerto:

-Voy a salir a la calle…!Cuida bien la casa¡, es la orden que da a la osamenta. Y desde ese momento, puede volver a su hogar o simplemente darse una jarana de padre y señor mío toda la noche o hasta cuando crea necesario, siempre y cuando la dueña de fiesta no le muestre resquemores, sin preocuparse en absoluto de nada…de nada. Porque para eso está el guardián en casa.

El ladrón que osa hollar, siquiera los muros de un hogar donde el guardián es una calavera, desde el muro donde ha trepado y peor si ha querido falsear un candado o una chapa, es acosado por vómitos y diarreas, mareos de cabeza y tembladera de piernas y si no hay propósito de enmienda, sufre estertores y hasta puede quedarse tieso de miedo.

Meterse con la calavera es atroz e impredecible.

Es peor que haber ofendido a la suegra.

Una vecina joven, guapa y económicamente “bien fondeada”, quedó a vivir en este valle de torrenciales lágrimas con su única hija a quien mimaba y hasta la adoraba. A esta feliz niña, nunca le faltó nada y hasta tenía en demasía.

Juguetes hasta por gusto, ropa para una sola puesta, joyas al escoger, zapatos, lleno el ropero, de todo modelo y color.

Ay, Dios mío ¿Y de bebidas y comidas?, hasta para empacharse a cada rato y como para llenar varios toneles al día.

Pero la pobre era tan flaquita, de rostro enjuto y cada día perdía peso. La Popotita, la llamaban en el barrio, pero eso sí, nunca dio muestras de tacañería con sus amigas y sus pocos amigos que le rehuían por su apariencia descarnada.

La mamá preocupada por la salud de la única hija, paraba en las clínicas, hospitales. Especialistas, nutricionistas y salas de engorde. Pero nada de nada. La niña seguía igual de flaca, pero eso sí, comiendo y vitaminisándose y tonificándose a cada rato.

Hasta que alguien le pasó la voz de que había llegado al pueblo un famoso “chamán”. De inmediato y antes que le pique la pulga, llevó a su hija ante aquel Chamán a quien “desembuchó toda la historia de su niña”, aparte de la forma como la mimaba.

El brujo, no tardó mucho en preguntarle:

-¿Por casualidad, usted tiene una calavera en casa?.

-Sí doctorcito, le tituló de buena gana.

-Pue, tendrá que llevarlo al lugar de origen y enterrarlo, ese “jovencito”, se lo está comiendo a su hija, porque recordará usted ese canto:

Nicolacito…

muchacho calavera,

hoy en la escuela

no aprendió la lección

dicen está enamorado

de una dulce niña

que está flaca

para que nadie se la lleve

Nicolacito,

muchacho calavera

él solo quiere ser el dueño

de ese corazón…

 

-¡Jesús…Santo Dios…!, exclamó la madre como si hubiera descubierto la fuente de la eterna juventud.

Pagó una buena propina al brujo, enterró la cabeza y ¡Santo remedio!, la jovencita recuperó su peso y problema resuelto…le llovieron los novios… y al final uno de ellos se lo robó por falta de una calavera en su casa.

 

Hz. 06 de Febrero del 2018

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