LEER LIBRES Y JUNTOS

Danilo Sánchez Lihón

1. Plenos de fascinación

No podemos pasarnos el tiempo alabando la lectura y recomendando que ella es buena, y que entonces se lea; y creer que así hacemos mucho por su expansión mediante consejos, recetas e indicaciones.
La lectura no prospera como lección ni enseñanza, ni como tarea escolar. Se empuja desde más al fondo, o atrás, o desde más abajo, en el tiempo libre y cuando estamos juntos, por lo menos dos; madre e hijo, por ejemplo. Pero en verdad no se empuja, sino que más bien se atrae o se jala desde adelante, desde allá o desde lejos, o de más arriba. Y desde el cielo arrebolado que también constituye parte de nuestra esencia.
Y la lectura es seguida en la medida en que hay alguien cerca que da testimonio vivo, real y convincente de su bondad, de su hermosura y de su plenitud. Pero, ¡más de su secreto, de su intimidad y de su estremecida confidencia! La lectura es un camino, y como tal necesita que alguien que esté a nuestro lado lo haya recorrido antes para que nos cuente del viaje.
Y que cuando vayamos con él, al principio de esta aventura, nos diga: ¡mira aquello! ¿Qué maravilla no? Aquí hay algo más, ¡detente y toca, escucha y huele estos abrojos, o pétalos! Y, ¡mira allá! Para finalmente decirle: ¡Sólo a ti se te ofrecen, a nadie más! Y poco a poco se vuelva esta incursión, que empezó como un paseo, en una expedición de vida y muerte hacia lugares cada vez más vibrantes, intensos y plenos de fascinación y prodigio.

2. Lectores gozosos

Y en eso, primero, abrir el libro juntos. Y estar muy cerca todos en el hogar. ¡O convirtiendo todo, cuando la lectura se aviva, en hogar! ¡Ojalá muy cerca unos de otros! Unidos hasta en la pulsación y el aliento sutil y esperanzado de nuestros corazones, conjugando los acentos en las voces que modulamos y en los pasos que vamos dando inseparables.
Fusionados y sinceros cuando nos arriesgamos por los atajos y meandros de la fantasía que vamos recorriendo, porque mirar juntos el libro significa que quienes lo hacemos nos sentimos sostenidos mutuamente como hermanos, familia o seres que se quieren.
Porque significa saber internarse por el mundo de los sueños más acrisolados de los grandes hombres, sabiendo que alguien va al lado nuestro. Y que, en esa relación, hasta las creaciones compartidas en ese momento adquieren a futuro incluso el carácter sagrado de ser pactos sociales de no fallarse unos con otros, jamás. ¿Y esto no es lo que queremos que sea el mundo para nuestros hijos, y para todos?
Por eso, para hacer a un niño lector hay que partir reconociendo que padres, maestros o adultos que deseen guiar este proceso tienen que convertirse junto a ellos primero en lectores gozosos, emotivos y entusiastas. Y hasta volver a ser niños, ¡hecho que nunca debimos haber dejado de ser!, si es que queremos ser hombres de a verdad; porque, sólo se puede motivar y animar hacia algo en la medida en que nuestra relación, convicción y compromiso con aquello sea veraz, auténtica y apasionada.

3. Consumado lector

Porque la lectura es un acto uterino, que no se ubica en la visión ni en la mente, ni en los ojos ni en los labios que reconocen y pronuncian las palabras de los textos; ni en la mano que palpa las páginas donde están las letras; ni en los impulsos nerviosos que van del interior nuestro hasta el exterior del universo. No, señor. Tampoco se ubica en el cerebro, ni en el hígado ni en el corazón ni en el aliento o en la respiración. La lectura tiene mucho más fondo, raíz y más abismo, como también horizonte y trascendencia. ¿Dónde entonces se ubica, se encuentra, se centra y radica?
Leer es una actividad de la entraña humana, del manantial de donde procedemos y venimos. De aquel lugar en donde la vida se gesta, y en donde todo nace. Se vincula, entonces, al regazo matriz; se urde a la sazón en las faldas maternas; se entreteje con los dolores y retorcijones del parto; se asocia al acto de ser concebidos y de nacer de nuevo. Por eso al leer nacemos de nuevo, porque la lectura es el significado que otorgamos a nuestra vida.
Se vincula a la casa nativa y a la morada del ser que es el hogar. Se une con todo aquello ligado al dormir y al despertar, al permanecer o cambiar, al pasar de un reino a otro reino, al pernoctar y al trascender. A ir a un lugar de quedada, no de paso. De allí que la lectura es la mejor manera de viajar, de explorar mundos, de estar en uno y otro lugar, porque uno va a quedarse.
Y como todo aquello que nace entonces la lectura está asociada al capricho, al arbitrio y a la libertad, pero no externa sino íntima y raigal. A aquello que, es decir: de esta no salgo vivo. De allí que un preso al leer puede ser más libre que cualquier persona que ande por la calle, incluso que cualquier persona que lo custodia y que tiene las llaves de su celda, siempre y cuando sea un consumado lector.

4. Buscar la matriz

De allí que leer tenga también su natural ubicación en la familia, en la habitación al pie de una ventana, al lado del sillón del abuelo o abuela; en el dormitorio primero de los padres y después nuestro. O en cualquier rincón de la casa, sea en el altillo, el desván o debajo de la escalera. O en el sótano, en donde estamos aparentemente recluidos.
Pero que en verdad no lo estamos, sino que al contrario allí permanecemos, pero más libres que nunca, suspendidos o montados en un vertiginoso viaje astral, tocándonos maravillados para saber si es cierto que estamos vivos, con los ojos llorosos por el milagro de sabernos presentes, bendiciendo el hecho de sobrevolar por todos los tejados del mundo.
De allí que un hogar sin libros y sin lectura es una casa vacía, sin sentido y sin alma. ¡Escuchen bien esto, fantoches que tienen plata como cancha! Sin lectura sus casas serán como un cuerpo inerte, sin corazón, sin mente ni espíritu. Y hasta sus cuerpos estarán vacíos. En suma, yertos, aunque se muevan. Serán un cuerpo sin aliento, aunque respiren. Un hogar sin lectura será un lugar hueco y precario, un nicho previo a la muerte, un túmulo de tierra que ni siquiera tiene una cruz encima. Porque con la lectura no se muere nunca.
Un hogar sin lectura será un páramo así haya lujo y ostentación exterior en sus aposentos, porque carecerá del arrobamiento del enigma que es el centro de la vida y que nos recrea y nos desafía a desentrañar el milagro y el prodigio del universo. Una casa donde no se lee es desolada; porque en ella no aletean las luminosidades bienhechoras de los seres alados. Porque en ella no se posa el hada. Porque no es matriz y en ella nada ha nacido de a verdad ni para siempre.

5. Los ángeles en los aleros

Una casa donde no se habla de libros, donde no hay varios rincones de lectura, donde no se recrean pasajes hermosos de la literatura ni se rememora y extasía con la evocación del arte y la historia de todos los tiempos, ¿de qué sirve? ¿Cuál es su sentido primigenio? Será trivial y consecuentemente descartable y prescindible. No tendrá esa casa presencias defensoras de la vida verdadera. Y, siendo así, no estará ungida.
Por eso, en una casa hay que leer siempre, al principio y permanentemente juntos, toda la familia reunida. Leer así es oír nuestras voces asociadas al afecto, a la confidencia y al arcano de cada uno de nuestros seres. Que es bueno que se acerquen y aproximen para no arrepentirnos al momento del morir, de no saber quiénes somos, quiénes son los demás, de dónde venimos y hacia dónde nos enrumbamos. Es decir: de no haber sabido vivir, que es eso de lo que trata la verdadera lectura: de saber vivir.
Y ni siquiera sabremos dónde y cómo aparecen y se posan los ángeles en los aleros, coronando nuestras sienes; porque cada evocación que surge de un libro es un ángel, un hada y un mago. Porque leer es convocar a los manes, a los espíritus protectores y a los tótems y apus.
Leer juntos es la clave en el amor a los libros. Porque en este, como en otros campos no hay amor solitario. Lo que sí puede haber, y lo hay indudablemente, es amor en soledad. Y en muchos casos es hermoso que así sea, porque es pleno y convencido, pero que se funda sobre la base de lo compartido o lo ilusionado intensa y solidariamente, por lo menos por dos o entre dos, o entre más.

6. Amigos de a verdad

No hay amor solitario dado que no hay amor que no tenga como referente otro ser o persona concreta, tangible y real. Y nada mejor que el amor surgido entre los seres que comparten una circunstancia determinada y un compromiso por transformar la realidad haciéndola un mundo bueno, donde no habrá nada mejor que a él, o a ella se le escuche y sepa escuchar. La lectura en resumen es saber escuchar. Que se quiera escuchar lo que los seres queridos nos cuentan, mucho más si es en la dimensión significativa y trascendente que toda lectura conlleva.
¡Y cómo no ha de surgir esta verdad di ella si es parte integrante del amor! ¡Y más en el niño que clama, padece, llora y suplica porque sus seres queridos le dediquen atención y cariño! ¡Y alcanzar a comprender el significado de cada aspecto de la realidad, donde compartir juntos es la clave!
Si al niño se le preguntase y se le diesen tiempo para responder, buscando una expresión sincera, contestaría sin duda que con quien quisiera ser más esencialmente amigo es con sus padres, padre y madre, o con ambos juntos que es lo más natural. ¡Y qué mejor que serlo en la dimensión de los textos orales y escritos!
Pero quisieran ser amigos de a verdad, “amigo-amigo”, no “amigo-autoridad”, ni “sabihondo” ni “amigo-sabelotodo”, ni siquiera “amigo protector”, sino amigo en quien confiar sus miedos y cariños más profundos, que es distinto, y dimensión que solo se da a través de la lectura que siempre es sincera, humilde y piadosa.

7. Leer es amar y para siempre

Leer todos juntos es una actitud que nos consagra cara a la eternidad, como si lleváramos hasta las desoladas orillas de la finitud un escudo cifrado.
Emblema que es una muestra de comunión suprema; porque es acoplar las mentes en un crisol de esperanza, convencimiento y arraigada fe.
Leer juntos en casa es hacernos confidentes; lo cual es, quizá, la mejor entrega que podríamos hacernos unos a otros como moradores eventuales en esta vida y en este mundo.
Porque leer es hacer explícita nuestra intimidad; y compartir algo del misterio que nos habita y entreteje a unos con otros seres.
Leer juntos ha de ser una consigna, porque se ha vinculado mucho leer a apartamiento, a individualismo y a soledad con la prédica de la lectura silenciosa, de extrañamiento, evasión y misantropía.
Por eso, frente a la lectura solitaria, particular e inconfesada, reivindicar la lectura colectiva y de comunión con los demás, entre los seres que se quieren.
Es decir, asumir, aferrarse y apostar por el leer comprometidos y juntos, quienes nos amamos y también los que aparentemente no nos identificamos todavía unos con otros. Y a fin de que esa luz alumbre, se avive y fulgure; porque leer es amar y para siempre.—

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