EL AMOR DE LAS CANTUTAS

Por: Olimpio Cotillo C.

Todo el pueblo participaba de las festividades de Mama Tillunca, Una extraña imagen aparecida hace muchos años y en circunstancias de leyenda.
Después de la pomposa víspera en que se quemaron no se cuántos castillos de fuegos artificiales y donde se bebió no se cuantos cántaros de chicha con alcohol y incontables cajas de cerveza al son de bandas de músicos, estaba lista la imagen para salir en procesión. El anda, de pesado madero, lucía flores nativas arrancadas de las faldas de los nevados después de arduas jornadas. Todo por la fe.

Era el día central. Mama Tillunca dominaba las alturas desde el anda. Orgullosa, envidiablemente bella. Con las manos piadosas extendidas hacia el pueblo, como quien domina a su rebaño. Vestida con nuevos ajuares y corona de plata. Los más ancianos musitaban entre sí: “parece la patrona de la hacienda”.

Entre el gentío había un grupo de mozas pulcramente ataviadas que – iban delante de la imagen- entregadas de alma y cuerpo a mantener prendido el carbón del sahumerio y dispersar su vaporoso aroma.

Otro grupo compacto lo formaban las principales autoridades del lugar, entre ellas el cura, el teniente gobernador, el agente municipal, la directora de la escuela unidocente y otras autoridades de menor jerarquía y el pueblo creyente. Todos en actitud contrita.

Por afanes de la vida, la directora pidió cortésmente permiso para retirarse por unos minutos. El mayordomo le advirtió de que la esperaba al almuerzo y que se sentiría ofendido si no lo hiciera.

Fuera de la plaza principal, las llamadas “calles” no eran más que sinuosos caminos desérticos porque todos estaban concentrados en la plaza, escenario de la fiesta. El pueblito parecía un cementerio, justamente por allí tenía la docente una posada.
La maestra llegó al ángulo de dos caminos y distinguió a cincuenta metros que trastabillante se acercaba Macario.
-Jesús –de dijo asustada- y se trepó sobre una roca cubierta por la sombra de un frondoso arbusto. Tenía un miedo atroz a los borrachos, y Macario era una esponja de alcohol.

Disimuladamente la educadora sacó de su cartera una mantilla con la que se cubrió la cabeza, luego cruzó las manos como si estuviera orando a medida que Macario se acercaba. Se puso rígida como una estatua. De pronto, como si alguien hubiera dado la señal, Macario levantó la mirada y distinguió una imagen sobre la roca, ¡Santo Dios! ¡Santo inmortal…! – gritó de emoción- Virgencita divina…¿Qué he hecho para merecer esta aparición?.
Poniéndose de hinojos siguió diciendo: “Santa Tillunca…abogada de los pobres y afligidos…¿qué haces aquí tan distante de tu pueblo que te festeja? ¿No será que tus devotos se han portado mal y te has venido a este rincón a descansar de tanta bulla, de tanta borrachera y de tanta ofensa a tu paciencia?.

Se puso de pie y acercándose lo más que pudo, pasó sus manos trémulas sobre el rostro rígido de la aparecida y luego de contemplarla dijo: ¡ciertamente eres como ñla maestra…y estás tibiecita y hasta sudas como cualquier humano. Tomó coraje y casi imperceptimente musitó: Tú que conoces el corazón de los mortales, quiero confesarte un secreto…Vigencita adorada…un secreto que solo debe quedar entre tú y yo…¿Sabes mamita linda?…estoy locamente enamorado de la Directora de Escuela –casi llorando agregó- pero ella es tan orgullosa, tan despreciativa que no me hace caso. Créeme mamita linda, se parece mucho a ti –mirándola detenidamente agregó- qué casualidad, es igualita a ti madre celestial, solo que tú vives en el cielo y ella en la tierra.
(La maestra entre sí se decía: “Jesús…en qué lio me he metido)
Te ruego virgencita del cielo le pidió suplicante el borracho-que ablandes su corazón para que se fije en este mortal que mucho le ama, mucho la venera…Miró a la derecha y a la izquierda y al no distinguir a nadie, meditó por unos instantes y dijo resueltamente…!Mama Tillunca¡ voy a participar a todo el pueblo que he hablado contigo y que todos vengan a adorarte…
Diciendo esto, bajó de la roca y emprendió veloz carrera rumbo a la plaza…
Entre tanto la directora, bajó de la roca y emprendió veloz huída por la otra calle en sentido contario guardando cuidado que nadie la viera.

Cuando Macario volvió, seguido de medio pueblo, porque la otra mitad no le creyó lo que decía entre lloroso, fatigado y emocionaba, juraba y rejuraba que había estado con la Virgen Tillunca, allí sobre la roca, debajo de ese frondoso arbusto.
Al no encontrar ninguna huella…muchos dijeron que estaba viendo visiones. Que era fruto de su borrachera y se iban alejando de aquel lugar, uno a uno. Al final Macario se quedó solo.

Después de una semana, en un lugar casi secreto detrás de la roca, encontró la mantilla que había cubierto la cabeza de la virgen celestial. El hallazgo, casi lo volvió loco. Anduvo de casa en casa mostrando que era la prenda que cubrió la cabeza de la santa, pero nadie le creyó.
Sin embargo, Macario, lleno de fe, llevaba todos los días un ramo de aromáticas flores y lo ponía en el lugar donde vio a mama Tillunca, igualita a la maestra y lo santificó en nombre de su amor secreto.
Consumido por la nostalgia, envejeció rápidamente y adivinando la llegada de su muerte, pidió a sus familiares ser enterrado junto a la roca, donde un día se le apareció la virgen, igualita a la maestra. Así lo hicieron.

Pasados unos días, un cortejo fúnebre llegó de la ciudad, cargando los restos de la maestra, quien también había requerido, como última voluntad ser enterrada al pie del arbusto donde un día, Macario le confesó su amor eterno. Nunca faltaron en aquel lugar, dos cruces y dos arbustos de cantuta, rojo y blanco, que no dejaron de florecer.
Nadie se explicaba el por qué coincidieron en ser sepultados en medio de la soledad.—

(*) Del libro “Cuentos fantásticos con alma humana” de O.C.C., Pag. 103 al 109. Ediciones KAFE.

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