LA HISTORIA DE MARIANA

Por: Jesús Aderly Caballero Polino

Nunca has oído hablar de la historia de Mariana de Huaraz? Pues yo te la voy a contar.
Hace unos meses atrás, mientras caminaba por esta calle junto a una buena amiga, vimos esta imagen y preguntó porqué la habían puesto ahí y quién era la protagonista de tan trágica escena. En ese momento teníamos prisa, así que le dije que luego se la contaría, pero que en verdad en ese lugar murió una dama.

La historia de Mariana de Huaraz, me la contó mi abuela (a pesar de ser varón), y a ella su abuela. Era una cadena en la que las narradoras y aprendices eran solo mujeres, porque según mi abuela, las historias donde las mujeres son las heroínas no eran aceptadas por las reglas de una sociedad clasista y machista como la de aquellos años. Los héroes solo eran varones.

Corrían los años de la invasión española, y en Huaraz se había establecido un grupo de soldados que bajo el mando del encomendero capitán, hacían cumplir el cobro de los impuestos y el adoctrinamiento religioso. Tal labor hizo que un gran número de familias españolas estableciera su residencia aquí, y con el paso de los años se convertiría en una gran villa.

Aun cuando habían muchos españoles en esta tierra, estos procuraban no juntarse con las indias y los indios de la zona. Las madres españolas siempre recomendaban a sus hijos no fijarse en las indias del pueblo, y advertían que de hacerlo serían echados de la casa y excluidos de la herencia familiar. Sin embargo la belleza de las lugareñas era inigualable. Los mozos españoles quedaban prendados de la hermosura natural de las jóvenes huaracinas. En algunas ocasiones, estos romances prohibidos se consumaban en secreto y otros nunca veían realizado su ilegal amor.

En la casona más grande del barrio de Belén, vivía doña Adela, viuda de Montes. Ella tenía un joven hijo, bastante apuesto y de gran corazón, heredado de su padre. Doña Adela era una mujer de gran carácter, firme y de trato rudo. Siempre supo imponer su voluntad ante los soldados, los esclavos y su obediente hijo Francisco.

A su servicio estaba la vieja Inés, quien a pesar de ser india, se convirtió en la ama de llaves de su entera confianza. La vieja Inés, al igual que la patrona, era viuda. Su esposo había muerto junto a su patrón en una revuelta de indios al norte, de donde traía mercadería para Huaraz. Inés tenía una joven hija que le ayudaba en las labores, su nombre era Mariana. Ella era muy inteligente y de rápido aprendizaje, su habilidad le hizo ganarse un gran respeto y estima de la ruda patrona.

Por aquellos días solo los españoles tenían derecho a la educación, era inconcebible que las indias aprendieran a leer y escribir. Pero ya que el joven Francisco dejaba tirados sus libros por cualquier parte de la gran casona, Mariana al hacer sus labores de limpieza y recoger el desorden, iba aprendiendo a leer, y con algo de práctica, a escribir.

Con el tiempo la joven Mariana entendió que leer y escribir, era bueno y fácil de hacer. Por eso al salir de la casona e ir por los mandados que le hacía la patrona, en ocasiones demoraba más de la cuenta, porque se quedaba leyendo historias a los niños indios del pueblo. Por supuesto procuraba que los soldados españoles no la vierán hacerlo, ya que sabía que estaba prohibido.

Mariana no solo era una joven muy inteligente, sino también una hermosa mujer. Como era de esperarse el joven Francisco no tardó en enamorarse de ella, y buscar una ocasión para poder conquistarla, aun a sabiendas de lo que su corajuda madre podría pensar. En más de una oportunidad, el joven Francisco esperó que su madre saliera de la casona para ir en busca de Mariana y tratar de platicar. Pero ella siempre lo rechazó, más por sensatez que por falta de gusto. Ella entendía que la regía sociedad no admitía la mezcla de indias y españoles, y que luego de la muerte de su padre, no querría causarle un dolor más a su anciana madre. Y así se lo explicaba a su apuesto pretendiente. Sin embargo Francisco insistía y afirmaba que su padre siempre le decía que no hay nada más importante que la voluntad de su valiente corazón, que siguiera sus instintos y que no abandone lo que dicta su razón.

De alguna forma Mariana admiraba a Francisco por su sinceridad y nobleza, pero entendía que tal relación, jamás sería aceptada por la patrona.

Decidido a todo un día Francisco llamó a su madre a la sala principal de la casa, he hizo llamar a su vez a la vieja Inés y su joven hija.

Una vez reunidos los cuatro, inició su explicación.

– Querida madre, lo que aquí voy a decir lo hago con la fuerza que me da la bendición de Dios y la memoria de mi padre. Con tu venía y la de doña Inés aquí presente, quiero deciros que me he enamorado de Mariana. – Las mujeres quedaron heladas y posaron incrédulas sus miradas sobre la joven. – Pero no debéis juzgarla ni señalarla de modo alguno, ella nunca a hecho nada indebido. Soy yo el único responsable de lo que aquí confieso.

Todas ustedes conocieron a mi padre, noble señor que nunca hizo distinción entre españoles e indios, y a pesar de los incidentes de su muerte, no hay reproche en mi corazón por lo sucedido. Es de más sabido que lo único que le valió su destino es haber nacido español, pero que nunca cometió abuso alguno.- y volteando a ver a su madre dijo – Madre, sé que quizá te parezca extraño, pero mi padre siempre dijo que luche por aquello que en verdad amo, y hoy amo a esta mujer. Si tú pudieras entender lo que en mi corazón habita podrías ver que mis palabras son sinceras, y que no se ofende a casta alguna si se dice la verdad. Nadie pidió ser indio o español, y menos aún poder contradecir los designios del corazón. Con amar no se daña, y las reglas de una sociedad pueden cambiar cuando la voluntad de los hombres así lo han de buscar. Pongo a Dios como testigo sobre lo que aquí defiendo y con el amor que te tengo, permitas esta relación.

Acabada la exposición del joven enamorado, el salón quedó en un tétrico silencio. La expresión de la patrona de la casa era de temer. Hasta que por fin ella misma rompió el silencio.

– ¿Y tú Mariana? ¿qué dices a todo esto?

Mariana la miró asustada sin poder articular palabra alguna. Doña Inés dándole fuerzas la animó.

– Vamos hija, habla, contesta a lo que te pregunta la patrona.

Mariana miró a todos y poniéndose en pie y alzando la mirada hacia doña Adela, dijo:

– Estimada señora, desde hace algún tiempo mis sentimientos sobre Francisco son de natural correspondencia, mi espíritu, al igual que el suyo, me impulsa a quererlo y amarlo por su forma de ser y no por su casta. Sin embargo he sido prudente y no he convenido en nada secreto junto a él, por el mismo respeto que tiene a la memoria de su padre, como yo al mío. Sé que mi padre fue leal al suyo, y que sabiendo el peligro que acechaba nunca lo dejó solo. Es por eso que siempre, al igual que mí madre, la he servido con lealtad y respeto. Estoy muy agradecida con todos ustedes, y mucho más con Francisco por decir hoy, lo que ha dicho. Espero de usted, señora mía, que no se ofenda. Que nada se ha hecho sin su consentimiento, y que nada se hará sin el.

Al terminar su discurso, tomó su lugar junto a su madre. Nadie dijo nada, todos esperaban el veredicto de doña Adela, quién permanecía con mirada seria y postura firme.

Al poco rato, repasando con la mirada el gran salón, sentenció.

– Cuando conocí a Rafael, mi esposo, tenía más o menos la misma edad que ustedes tienen. Nada podía impresionarme más que su nobleza y su decidido carácter. Muchas veces lo vi enfrentarse a su propio padre por cosas que para él eran diferentes, nunca fue un español cualquiera. Me alegra saber que mi hijo se a convertido en su viva imagen y que tú, Mariana, hayas actuado en forma correcta. Las gentes dirán que está mal, que es una deshonra, pero en mí casa mando yo ¡Carajo! y si mi hijo quiere a esta mujer, y ella lo quiere a él. Pues que así sea. Tienen mi absoluta bendición, y es claro que si mi esposo estuviera aquí, haría exactamente lo mismo.

El ambiente se convirtió en paz y alegría total.

Mariana y Francisco corrieron a darse un abrazo inmenso, mientras la vieja Inés agradecía a su patrona. Francisco volteó a agradecer a su madre, y Mariana corrió a sus pies dando gracias por su aceptación. Doña Adela la levantó del suelo, le pidió que cuide de su hijo y que sea lo que fuere, nunca deje de hacer lo correcto.

Al poco tiempo ambos jóvenes se unieron en matrimonio y Mariana pasó a ser parte de la nueva nobleza huaracina, a pesar de las habladurías de la gente. Nadie cuestionó abiertamente la relación, ya que todos sabían que Doña Adela había consentido la unión.

Años después la nueva familia Montes vio nacer a su primera hija, quién fue bautizada como Guadalupe, una hermosa y robusta pequeñita, de grandes ojos oscuros y tez clara, muy parecida a su abuela paterna.

Por aquellos días los tiempos se pusieron violentos, los constantes abusos españoles habían desencadenado algunos levantamientos de los indios de Marian y Coyllur. En el pueblo, la capilla de indios servía de escondite para algunos conspiradores en contra del encomendero de Huaraz. Al cabo de dos años, un gran grupo de indios bien armados y organizados logró tomar la plaza y capturar a la autoridad principal. Los indios iracundos, dieron muerte al encomendero en medio de la plaza mayor, y luego se replegaron al sur para seguir su lucha.

Desde Lima, se envió un contingente de tropas para replegar el levantamiento. Al mando de las fuerzas españolas estaba un cruel capitán que según cuenta la tradición, luego se le conocería como el “Herodes huaracino”, ya que al llegar a la villa, lo primero que hizo fue mandar asesinar a todos los niños indios y mestizos, en venganza por la muerte del encomendero.

Enterados de la infausta medida, Francisco y su madre, pensaron que como españoles, serían escuchados y protestaron ante la alcaldía, pero fueron apresados por rebeldes a la autoridad.

Por su lado Mariana había refugiado a muchos niños y niñas del pueblo, indios y mestizos, y con la ayuda de su madre, se escondieron en el sótano de la casona donde vivían. Para evitar sospechas, Mariana no bajó con ellos y tomó cuidado de que los soldados no encuentren la entrada al refugio, ya que entre los niños, niñas y su madre, se encontraba su hija.

Los crueles soldados españoles iban de casa en casa revisando todo, y derramando sangre a su paso. Al llegar a la casona de los Montes, Mariana salió a su encuentro y con voz fuerte los echó de ella, pero los españoles burlándose y a empujones, entraron a la propiedad y empezaron a revisar todo. Los españoles habían escuchado el rumor de que Mariana no solo daba refugio a los niños indios, sino que además les enseñaba a leer. Por eso el teniente de la tropa ordenó detenerla y llevarla al salón principal para hacerla confesar.

– ¡Qué extraño es ver a una india con vestidos tan elegantes! – dijo el infame español.

– Pues más elegante es mi alma – rebatió la cautiva india.

– Tú esposo fue apresado y si no me dices dónde escondes a esos niños bastardos, nada podrá salvarte.

– No hay nadie, así que puedes irte de aquí.

El cruel teniente llamó a sus soldados y ordenó instalar una cuerda en la viga del techo. Mariana estaba con las manos atadas, pero con el espíritu inquebrantable.
Los españoles colocaron la cuerda alrededor de su cuello, y empezaron a tirar de el mientras el teniente la persuadía para obtener su confesión. Pero ella nunca dijo nada. Al fin ordenó jalar fuertemente de la cuerda hasta que muera y así la dejó, colgada en medio del gran salón.

Los soldados nunca encontraron el acceso al sótano, Mariana se había encargado de ocultar muy bien la entrada. Unos días después, fueron establecidas las nuevas autoridades del pueblo y el cruel capitán español volvió a Lima.
Francisco y su madre lograron su libertad, y volvieron a casa. Grande fue su sufrimiento cuando se enteraron de todo lo ocurrido. La anciana Inés había cuidado de su hija y de todos los niños y niñas que Mariana salvó.

La pequeña Guadalupe creció bella e inteligente junto a su padre. Con el tiempo, sabría lo que su madre hizo por salvarla y juró así misma luchar en contra de todas las injusticias del mundo.

Huaraz, 17 de Noviembre de 1988.
En memoria de Mariana Montes, contada por Doña María Montes, mi abuela.

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