RECORDEMOS A UN OLVIDADO A. ABRAHAM VALDELOMAR, ESCRITOR CLÁSICO FALLECIDO HACE 100 AÑOS

 POR SAMUEL CAVERO GALIMIDI

“¡Corazón! ¡Ponte

 en pie! Cierra tu herida. Seca tu llanto, alegra tu mansión, olvida tu dolor, tu pena olvida, cubre de flores, tu sutil guarida y hoy que la primavera te convida, ¡Corazón, ponte en pie, cierra tu herida toma el tricornio y canta, Corazón!” ABRAHAM VALDELOMAR

       Valdelomar, quien nació en Ica, Perú, el 15 de abril de 1888, no fue un pensador extravagante ni decadente. ¡No señores! Valdelomar nos decía: Nadie ha de comprender con qué emoción secreta las más puras bellezas mi espíritu interpreta, tú lo comprenderás porque tú eres poeta”.

     Cuando observamos ya sin asombro cómo se le rinde honores a César Vallejo, hasta el cansancio. Cuando vemos, por ejemplo, como si acaso no hubiera otros paradigmas y escritores emblemáticos clásicos en nuestra literatura nacional, comprobamos indiferentes cómo se habla una y otra vez de César Vallejo. Esto de dejar de lado a otros emblemáticos escritores resulta preocupante. Pues al mundo proyectamos que en el Perú no hay más que César Vallejo.  ¡Y esto no es así! ¡Hay, igualmente, otros importantes referentes!

      Vemos, ya sin estupor, cómo se habla sólo de él, de César Vallejo, y los estudiosos interesados más en perennizar su nombre al lado de Vallejo, con sus estudios disciplinarios, con sus libros homenaje, en algunos casos con sus descabelladas interpretaciones hermeneúticas,  no hacen sino rendirle, una y otra vez, hasta el cansancio, pontífices reverencias, como sucede con Los Heraldos Negros, que ha sido motivo de muchos congresos y homenajes, al que he asistido a buena parte. Los catedráticos hispanistas de lejanas y prestigiosas universidades son los que mejor tejen los hilos de sus telarañas que sólo ellos pueden codificar, enhebrar e interpretar. Ya, diré, casi todo se ha dicho de Vallejo.  ¡No hay nada nuevo!  ¡No lo dejan descansar, en paz, a Vallejo!  Vienen, sin embargo, con los homenajes a César Vallejo con lo que ya es sabido por todos, más para refrescarnos la memoria, en realidad con palabras discursivas recurrentes, enjundiosas, pretenciosamente originales.  

     Entonces vemos, con tristeza, que nada o poco se dice del gran Abraham Valdelomar, otro gran escritor peruano, importantísimo, se le quiere sepultar con la total indiferencia y olvido por cierta parte de la intelectualidad académica “erudita”, arropada de vallejismo, cuando en el centenario de su muerte se esperaba se le rinda un justo y muy merecido homenaje.

     Vallejo es esencial, pero también lo es Valdelomar. Son ambos, sin restarle méritos a uno o a otro, dos autores clásicos peruanos indispensables, insustituibles, de extraordinario valor literario, educativo, periodístico, documental y artístico.

       La importancia de la obra valdelomariana modernista, quien nació en Ica pero que vivió su niñez entre Pisco, Chincha y Lima, radica en la representación que hace de la insurgencia provinciana y renovadora, con la exploración de nuevas formas discursivas, periodísticas y literarias.

        Valdelomar, qué duda cabe, fue ciertamente iconoclasta, culto, jovial, irreverente en muchas cosas, hasta en la moda, en su comportamiento, en su estilo y vida deslumbrante de escritor elegante y en sus poses influenciadas por lo europeo, en especial por la moda de lo francés y su decantado afrancesamiento e italianismo. Valdelomar estuvo un breve tiempo en Italia y desde allí -Roma- gozoso, triunfal, proviene lo mejor de sus crónicas y parte de sus excelsas creaciones literarias, como El Caballero Carmelo.  En los albóres del siglo XX, esto es al comenzar el siglo pasado, se le considera como el precursor de la poesía del mar en el Perú (con Alcides Spelucín, que debiese ser otro clásico peruano, como el arequipeño Alberto Hidalgo y Martin Adán, otro grande olvidado), y es el reformador de la gran narrativa incásica (con otros grandes exponentes de la literatura indigenista y regionalista liberteña, cusqueña, arequipeña, ayacuchana, andahuaylina y puneña, llámese Gamaliel Churata y el grupo literario Orkopata, Moisés Cavero Cazo y el grupo de intelectuales de la revista Huamanga, Ciro Alegría, Luis Valcárcel,  Jorge Lira, Percy Gibson, César Atahualpa Rodríguez,  Augusto Aguirre Morales, José María Arguedas (es más neo-indigenista), entre otros.

       De Valdelomar es esta cita poética: Pasa sobre la nave graznando una gaviota, epilépticamente la dura hélice gira y en la estela agitada la blanca espuma flota…” Igualmente, debería considerarse como el precursor en Latinoamérica de la narrativa naturalista y fantástica. ¡Nadie lo ha dicho! 

     A Valdelomar, por su discurso motivador social, se le podría reivindicar además como el precursor del aprismo y la socialdemocracia en el Perú, por esa tenaz visión viajera de aprehender en su proceso histórico indoamericano (es decir, de entender, comprender y atender) la realidad y el gran drama nacional en un país como el Perú que hace un siglo todavía vivía anclado en el pasado, entre el latifundio y el anarquismo, entre el caudillismo y la demagogia,  doliéndose de la invasión chilena y perdonando nuestra oligarquía terrateniente, en realidad favoreciéndolas, y siguiendo las modas del siglo pasado y otras nuevas modas e influencias político sociales mundiales.

     Fue el primero que se atrevió a confrontar la problemática de nuestro medio, del país de los grandes desencuentros del que mucho después nos hablarían José Matos Mar y Alberto Flores Galindo, pero también la inoperancia de las instituciones políticas y culturales. Fue nuestro primer escritor propiamente moderno, en un mundo que comenzaba a hacerse moderno de a pocos con muchos inventos que fueron apareciendo y transformando el mundo, como la electricidad, el automóvil, el telégrafo, el aeroplano.

       Hay que reconocer en Valdelomar sus valiosas estrategias discursivas como poeta, cronista, narrador y poeta, así como orador político y literario, e igualmente en su manera de vestir como dandy. Valdelomar decía: “Por entre la multitud va la esteta juventud de pensadores vencidos y de eternos soñadores de los frutos prohibidos”.

      Valdelomar buscó crear un público para la literatura peruana, buso además vivir de la escritura, así recomponer el canon literario peruano (tan manoseado hoy, en Perú), pero además desde su provincianidad buscó romper con ese malentendido círculo de poder de las “castas literarias de poder”, en suma, insuflar nuestra visión y realidad nacional con un nuevo discurso de modernidad.

          Valdelomar avizoró como Mariátegui, como Haya de la Torre y Gonzáles Prada, la lucha de clases emergentes. Enarboló, por vez primera, la participación y movilización en el Perú de las clases medias nacionales y en especial las populares obreras campesinas en el destino político nacional en ese tiempo de tinte y corte oligárquico y feudalista. Desgraciadamente, la política (y la realidad, con sus intelectuales incluso) tiene en muchos casos una función arropadora de ideales, de sueños caudillistas, pero también al escritor lo seduce los sueños por llegar al poder, de vivir a costillas del poder, y al final envilece sus buenos propósitos. Tal, quizá, sea el caso del escritor, editor, periodista y hoy político Harold Alva.

          Recordemos al APRA, en la etapa inicial, recoge la influencia del pensamiento de Manuel González Prada y su activa participación en los movimientos sociales que van entre 1918 y 1923, que se extiende a la experiencia del destierro y el impacto que significan la primera guerra mundial, así las dos grandes revoluciones, la mexicana y la rusa, que conoce personalmente. Todo esto cuando ya poco antes había hecho vida política muy activa Abraham Valdelomar, recorriendo gran parte del país en momentos de difíciles vías de comunicación, cuando el otro Perú, el del campo, se hallaba aislado, muriendo trágica y tempranamente en Ayacucho. El accidente, cayendo y rodando de las escaleras de piedra del segundo piso de una importante casona se produjo el día 02 de noviembre de 1919. Al día siguiente falleció después de una terrible agonía.

      Pero también, en el caso de Valdelomar, se le debe considerar como el gran esteta y reformador de la narrativa peruana.  

       En el fondo Valdelomar se caracterizó por desarrollar sus obras en los géneros periodístico, novelesco, lírico teatral, el ensayo, el cuento y la crónica. Se le ha reconocido como el iniciador del cuento criollo con toda razón y el de la biografía reveladora, introduciendo temas locales en la narración con un preciosismo e iconografía nunca antes visto.  La mayoría de sus obras se caracteriza por el tono nostálgico, tierno e íntimo, rasgando algunas incluso con el humor, la mitología, los temas incaicos, orientales y lo real fantástico.

      Es además uno de los más importantes testimonios literarios de su época: el del ingreso del Perú a la realidad contemporánea. Valdelomar reúne en su obra todas las cualidades y los defectos de ese tiempo (y por qué no decirlo, de nuestro tiempo): aporta al país una nueva sensibilidad, una nueva praxis donde está presente lo maravilloso y nos da muchos motivos para leerlo y analizarlo.

      ¡Quién puede olvidar sus obras! Si todos lo hemos leído o no los han leído con deleite desde cuando éramos escolares. ¡Yo he quedado ciertamente deslumbrado, maravillado, embrujado, en especial con sus cuentos! Recordemos, por ejemplo “El caballero Carmelo”, “El vuelo de los cóndores”, “El Hipocampo de Oro”, “Los ojos de Judas” y “Hebaristo, el sauce que murió de amor”, también sus novelas La Ciudad de los Tísicos, La Ciudad Muerta y Yerba SantaPero en Valdelomar encontramos todo un prisma de grandes revelaciones, su literatura y su propia vida es poliédrica, es decir de muchas convergencias y aristas, de grandes aportes literarios, así de extraordinaria preocupación para muchos campos de la cultura, la educación, la sociedad y política nacional.

      ¡Un siglo después! Ustedes y yo somos, distinguidas amigas y amigos de este Perú y Latinoamérica que no supo crecer ordenadamente y en paz como debió, somos la nueva Generación Colónida, la que, con nuestra literatura y viajes, así con nuestra insatisfacción y preocupación por los problemas políticos y sociales; nos reencarnamos en Abraham Valdelomar al centenario de su fallecimiento, para afirmar los firmas caminos de una nueva literatura, para preocuparnos y denunciar los males y pústulas de nuestra sociedad, para soñar como educadores, escritores, poetas y artistas encausarla a un mundo mejor, como lo quería Abraham Valdelomar, de plena belleza y deslumbramiento, y por eso, pese a todo, ¡ustedes y yo estamos aquí! 

(*) Samuel Cavero Galimidi: Presidente de la Asociación Mundial de Escritores y Artistas del Orbe, AEADO; Gerente Mundial de Recursos Humanos de la Unión Hispano Mundial de Escritores, UHE; presidente de la Filial Ayacucho de APLIJ, Embajador de César Vallejo por el Movimiento Capulí Vallejo y su Tierra.

Publicado por Armando Alvarado Balarezo (Nalo) en 8:16 p. m. 

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