LOS JALADORES DE MUELAS (*)

Olimpio Cotillo C.

            A los odontólogos de hoy, antes se les llamaba dentistas y los mismos profesionales se ufanaban de llamarse así.

            Las denominaciones van cambiando de acuerdo a la modernidad y a los adelantos técnicos (De solo extraer dientes, pasaron a extraer muelas).

            Hasta a las obstetrices se les piensa cambiar de nombre. Se dice con insistencia que se les llamará “agüeitólogas” o tal vez “laptólogas” (porque miran y otras solo tocan).

            Han pasado en el breviario de las anécdotas, los famosos nombres de “cuca doctor” y a los que utilizaron por primera vez la anestesia, se les llamaba “punuschec”, es decir el que hace dormir.

            Cuentas que “cuca doctor” laboraba en un pueblito alejado y como allí era difícil llevar los implementos para el ejercicio pleno de su afición por sacar las muelas, el dentista obligaba a sus pacientes a mascar la coca con cal y cuando los músculos de la boca estaban adormecidos, procedía a sacar el molar perturbador. Se han preguntado o imaginado ¿cómo eran las extracciones hace medio siglo atrás?. Los aficionados recurrían a mil  artimañas. La tenaza, el alicate, el cáñamo entorzalado, eran las herramientas indispensables.

            El jalador se subía a la falda del paciente con la ayuda de un ayudante que hacía abrir la boca como a cocodrilo. Allí estaba el jalador, escarba que te escarba las piezas dentales y en muchos casos “desgranaba” varios hasta encontrar al cariado.

            Cuentan que a una dama le dio dolor de muelas y gritó durante días enteros maldiciendo en mil idiomas su triste suerte. Su hermosa cara se hinchó y no era ella. Por culpa de la pieza dental se la veía fea, desorbitada y malgeniada.

            Probaron en su curación toda clase de hierbas, ungüentos y pócimas y seguía el dolor insoportable.

            Sus gritos retumbaban en todas las habitaciones. No gritaba, bramaba; no lloraba, maldecía.

            Así que el pobre marido, culpable, según la doliente, de todos sus sufrimientos, envió emisarios por toda la comarca, hasta que alguien encontró al más famoso jalador de muelas.

            En efecto, llegó con sus implementos rudimentarios que al verlos, la paciente casi se aloca. De todos modos le hicieron entender a fuerza de ruegos y aceptó el tratamiento. Media mañana intentó extraer la muela, pero todo fue en vano. Lo único que le sobraba eran copiosos sudores fríos.

            Hasta que un iluminado dio la fórmula: amarremos el pabilo más fuerte a la muela picada y al otro extremo del hilo a la silla del caballo más brioso.

            Así lo hicieron. Cuando todo estaba preparado, el “dentista” dio la voz de “tira”, al momento que alguien “asentaba” en las ancas del caballo un feroz chicotazo.

            En esos instantes el caballo volaba y en el extremo del hilo, no iba el molar, sino el maxilar inferior de la pobre dama…fue así, aunque usted no lo crea.

            La dama, aun así vivió muchos años, pero sus alimentos eran de los más suaves y líquidos.

            Las estadísticas señalan que en toda la sierra de la Región Chavín, solo hay 42 odontólogos concentrados en las principales ciudades y el resto está en el olvido, tal vez aún recurren al alicate y la tenaza en las postrimerías del siglo XX. De allí nuestra preocupación para que la Universidad Nacional “Santiago Antúnez de Mayolo” (UNASAM), vea la factibilidad de crear la Facultad de Odontología.

            Más de 500 mil habitantes, no pueden estar con solo 42 odontólogos. Es necesario ver esta realidad cruda, desnuda, desgarrada.

            Porque en la cola del caballo, aún ríe la mandíbula de la dama.

(*)  Del libro TIRO AL BULL de OCC. Pag. 89-90. Nota leída por una emisora local el 06 de Dic. De 1992. Ediciones KAFE.

MAÑANA DE SETAS CON EL ABUELO  

(MICRORRELATO)

Por Andrés Fornells (España).

El niño se lo había pedido otras veces inútilmente, cuando por fin su abuelo consintió en que le acompañase al monte a buscar setas.

—Tenemos suerte, de momento, que nuestro ayuntamiento todavía no les cobra a los seteros —comentó el anciano cuando llegaron a su destino.

—Trae, yo llevo la cesta, abuelo —muy excitado y servicial el pequeño.

Agradó al anciano la buena disposición y consideración que demostraba su nieto. Y como era habitual, el chiquillo comenzó a hacerle preguntas.

—Abuelo, ¿todas las setas se comen?

El anciano estaba de buen humor y respondió:

—Todas, pero algunas solamente una vez.

—¿Por qué una sola vez, abuelo? —intrigado el niño.

—Porque son venenosas y el que se las come se muere.

Muy asustado el pequeño quiso saber:

Abuelo, ¿conoces tú las setas que son venenosas, de las que no lo son?

—Perfectamente. No te preocupes —con absoluta seguridad.

El niño dirigió al anciano, que caminaba a su lado, una mirada de genuina admiración y pensó: “Seré yo algún día tan sabio como es mi abuelo?”

El tiempo le demostró que se llega a la sabiduría por el camino de la humildad, virtud que él poseía.

(Copyright Andrés Fornells).

FUENTE: Blog de Nalo Alvarado Balarezo: Chiquián y sus Amigos

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