EL SUEÑO DEL REY (*)

Olimpio Cotillo C.

            El pueblo de Succha se vistió de gala. Guirnaldas, arcos de pinos adornados con cadenetas y banderitas bicolores, pancartas de bienvenida, bandas de músicos y caja flautas por todas partes. Los caballeros futres habían descolgado después de mucho tiempo, sus únicos ternos. Las damas enjoyadas con lo mejor que tenían en vitrina de la elegancia. Los alumnos bien uniformados y formados disciplinadamente agitando banderitas de colores, incentivados por las profesoras para que griten hurras y vivas. La gente del pueblo mostrando su emoción de ver a los excursionistas venidos desde la lejana Tingua a pie, sudorosos y con los pies llenos de ampollas.

            Todos confundidos en un abrazo fraterno entregándose el calor de sus pechos y las palmadas bailarinas en las espaldas.

            Cada ciudadano escogía al excursionista de su preferencia indistintamente o por algún rasgo de simpatía.

-Usted va conmigo a mi casa.

-Gracias.

-Amigo, será un placer tenerlo en mi hogar.

-Para mí será un honor…

            Y de mí se prendió un anciano muy humilde. Me tuvo agarrado de la mano  hasta las últimas instrucciones del Presidente de la Delegación, el profesor “chanchito volador”.

-Luego de instalarse, vuelven todos al Concejo para ofrecer nuestra actuación, nos instruyó.

-Don Tiburcio, ¿usted va a llevar al joven?

            Preguntaron dos damitas muy simpáticas al ver que no me soltaba para nada mi circunstancial anfitrión, a lo que respondió, muy ufano don Tiburcio:

-¡Shi!, y pala mí shelá un glan honol…

            Ante palabras tan categóricas, las chicas se retiraron, no sin antes hacerme un gesto de cierta duda, como quien dice ¡te fregaste!.

            Todos los estudiantes tomamos diferentes rumbos acompañados por nuestros anfitriones.

-Jovenshito, palauté he plepalao un cualtito ben chévele, segulo le gustalá, pashe, pashe, me dijo el anciano a cuyo hogar me llevaba muy entusiasmado.

            Era la primera vez que tenía un huésped de tal categoría. Un excursionista de la Escuela Normal de Tingua, la más prestigiosa del país.

            Cuando llegamos a la casa del anciano, fue una sorpresa. Mi aposento no era más que un cuarto vacío y en el frontis solo había un armazón metálico de catre con alambres cruzados en forma de triángulos.

            Por unos instantes pensé que más tarde llegarían las frazadas, las sábanas, la almohada y el colchón ¡qué rico dormiría después de tanta caminata agotadora!

-Venga…venga, shin duda estalá shudoloso, me dijo seguido de ese andar menudo, pero sin dejar para nada su bastón. Láveshe, aquí’ta jabón, diciendo esto me alcanzó un cuerpo grasoso al mismo tiempo que se reía de orgullo “yo mishmo hago mi jabón.

-Usted, muy bien podría ser industrial, porque su invento es valioso, le dije.

-Ja ja ja, se rió de buena gana, yo inventol, apenash she algunash cositas. En la vida nunca she aplende del todo. Algo she desconoshe. Mile, he fablicado un ployectol de shine, diciendo esto, se dirigió  con mucha dificultad a la parte alta del cuarto y descolgó un bulto de donde extrajo un conjunto de latas vacías de leche en forma de proyector. Tenía dos potentes lentes que aumentaban los objetos descomunalmente. En la parte delantera de su casa había blanqueado una porción de la pared a donde proyectaba las imágenes de unos rollos de antiguas películas valiéndose de un espejo para llevar la luz del sol hacia el primer lente; ese era su problema, su invento solo servía durante el día, porque en aquel lugar aún no se conocía la energía eléctrica.

-Muchas coshas he inventalo –me dijo- pelo la gente no valola. Cómo quisiela tenel ayula pala hacel conocel al mundo lo que he soñalo. Los sueños de los pobles no valen. Empieshan en el almohadón y terminan en la funda, dijo quebrando la voz.

            En esos momentos noté en el rostro del anciano una nostalgia infinita. Las arrugas de su cara se llenaron de humedad por las lágrimas de sus ojos.

-Pelo al hecho, pecho, como deshía mi papá Timucho. Sentenció.

            El venerable anciano, nuevamente se cargó de optimismo y dejando a un lado su invento cinematográfico, me invitó cariñosamente a cenar.

            Tomó entre sus manos nervudas un mate y luego de servir en él una sopa de papas, me dijo: ¡No hay como la shopa caliente”!…Velá que lecupelalá sus fuelshas.

            Le agradecí por su cariñoso agasajo, pero entre mí me decía: este es el plato favorito de los pobres. Solo papas hervidas y un poco de sal!.

            Al final de la frugal merienda, el anciano, muy contento y hasta casi orgulloso, me preguntó:

-¿Verdá que ha estado lica la shena?

-¡Estupenda!, le respondí con algo de piadosa mentira.

            El viejito se frotó las manos de contento. Sin duda pocas veces había recibido una lisonja de un extraño.

-Le invito a la velada –le dije- y él me aceptó muy gustoso.

            Cuando pasamos por las sinuosas calles, al notar nuestra presencia, la gente se detenía para mirarnos detenidamente.

-Don Tibucho ¿Usted con visita? Le preguntaban incrédulos de lo que veían sus ojos, a lo que don Tiburcio respondía muy seguro de sí.

-A mucha honla…!qué calay!

            Las mujeres, daban media vuelta para murmurar entre ellas sobre esta extraña visión.

            Nos dirigimos rumbo a la plaza mayor del poblado en donde mis condiscípulos ya habían instalado el telón de fondo con unas cuantas mantas en el corredor del municipio que nos serviría de teatrín. Yo era uno de los actores, tanto en el drama “La noche del crimen” como en la comedia “Los estudiantes tenorios”.

            Ubiqué bien a mi gran amigo y me fui al grupo a cumplir con mis tareas, pero allí escuche la narración de mis compañeros acerca de sus impresiones en sus alojamientos tanto de la cena como de sus aposentos. Unos decían: “el dueño de casa me ha invitado un churrasco a lo pobre, a mí un lomo saltado, no ha faltado en mi mesa una tremenda tasa de leche fresca y mi cama es mullida con doble colchón y frazadas nuevas. Y así por el estilo; y como yo no decía nada, me preguntaron ¿Y tú cómo estás en tu alojamiento?, a lo que respondí: “A mí me trata como a un rey”. Al escuchar, todos se quedaron callados y más bien seguíamos con nuestros preparativos para la gran actuación teatral.

            Ya todo estaba listo, incluido el telón de boca. El numeroso público mostraba sus ansias locas de ver actuar a los visitantes.

            La bienvenida a los “ilustres visitantes” estuvo a cargo del Alcalde que nos puso a las alturas de los santos moradores de los arcanos celestes. Luego inició la actuación y por el realismo puesto en escena, la gente llegó a verter lágrimas en los pasajes del drama por el cual atravesaba el personaje principal; en cambio en la comedia, el público expectante se destornilló de risa.

            Al final del espectáculo, la gente quedó satisfecha. No por gusto era un centro superior de estudios el que había llegado a tan lejano lugar.

            Ya casi era media noche, pero mi fiel anfitrión seguía esperándome para llevarme a su casa. En el trayecto no se cansaba de colmarme de elogios por mi actuación en la velada.

-Shueñe con los angelitosh, dijo al desearme las buenas noches.

            Mi aposento era el mismo de la tarde. Seguía igual de desnulo el “somier” de alambres en forma de triángulos. No había colchón, ni frazadas mi almohada.

            Me senté para meditar unos instantes. Ganas no me faltaban de salir y pedir alojamiento en otra casa, pero esta actitud innoble acobardaría al anciano que con tanta deferencia me había hospedado. Además ¿Acaso no era mi primera prueba como futuro maestro? ¿Acaso cuando ya fuera maestro iría a un palacio a vivir? De repente  en mi vida profesional atravesaría peores rigores. Pues entonces ¡A dormir sobre los alambres!.

            Me doblé en cuatro y quise soñar maravillas.

            Yo mismo presencié mi graduación como docente en un anfiteatro colosal. Estaba frente al jurado, las autoridades, mi familia y amigos y correspondió al Director dar a conocer como una primicia que mi nuevo puesto era el mismísimo palacio del rey, donde mis primeros alumnos eran los hijos del monarca. Este anuncio en plena ceremonia de clausura, despertó inusitada alegría del público que no se cansaba de aplaudir. Yo estaba feliz y mi pellejo no cabía a mis huesos. Después de este fugaz sueño, pasé la noche en vela. No di ni una pestañada. Volteaba mi cuerpo buscando abrigo, pero toda posición era inútil. Hubo un momento en que casi me congelé, esto me obligó a pararme y caminar a tientas en la oscuridad de la habitación haciendo rodar el invento del viejito.

-¡Qué pasha, quién quiele robal mi invento…!

            Era la voz del dueño de casa que enfurecido abrió la puerta de mi “alcoba”.

-¡Qué calay también…! ¡Uté se aplovecha de la noche pala robal mi ployectol!…qué calay también…

-No señor, usted piensa mal de mí…lo que pasa es que no tengo sueño y me he puesto a pasear por la habitación y he chocado con su valioso invento. Yo no distinguía nada en la oscuridad, pero el anciano muy bien se orientaba y percibí que guardaba cariñosamente su cinematógrafo.

-¿Uté dice no tenel shueño a pesal de dolmil en un catle? Uté debelía probal dolmil en el shuelo como yo…entonshes shi, no tendlía shueño…Los pobles complamos el shueño a mucho plecio. Shi no fuela pol el calol de mi Fido, sin duda me congelalía.

            Entonces comprendí que el anciano no se congelaba por el calor que le daba el perro y viceversa.

            Al día siguiente muy temprano nos despedimos del pueblo. Las chicas que quisieron llevarme a su casa el día anterior, me miraban extrañadas de mi supervivencia.

-Usted es un héroe…¿Verdad?, me preguntaron al despedirme.

-¿Por qué?, les pregunté.

-Ha dormido en el suelo…¿Verdad?.

-No -les dije- en un catre.

-Pero sin colchón ni frazadas…¿Verdad?.

            De buena gana me reí y les pregunté ¿Cómo lo saben?

-Un pajarito nos ha contado –me dijeron-y se rieron a carcajadas.

-Así viven los reyes, les respondí.

-Claro, los reyes caídos en desgracia, me retrucaron.

            Cuando a la lejanía volví a mirar a los amigos, distinguí a mi gran amigo anciano que agitaba sus brazos dándome el adiós enternecedor. En mí mismo reflexioné: “Los pobres son los más cariñosos…”

(*) Del libro: Cuentos fantásticos con alma humana, de OCC Pag. 295 al 306. Ediciones KAFE.

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