NIÑOS HÉROES DEL PERÚ

Temo, en honor a la verdad, ser juzgado por mi consciencia, de haber omitido involuntariamente a alguien o algunos Niños Héroes que ofrendaron sus vidas durante la infausta Guerra del Pacífico.

            Y digo esto, por cuanto y en tanto los alumnos del Colegio de La Libertad de Huaraz, fueron los que desde el primer momento de conocerse la ocupación chilena a la Capital del Perú, se alistaron voluntariamente para defender Lima.

            Y es de suponer que no eran soldados profesionales, sino estudiantes de secundaria quienes ofrecían generosamente su sangre y su patriotismo en aras del honor nacional.

            De este contingente, cuántos soldados anónimos hicieron actos de verdaderos héroes?

            Nadie lo sabe, ni siquiera la historia…

            De allí que al leer de la magistral pluma de Danilo Sánchez Lihón sobre el niño héroe, Julio César Escovar García, recordé haber leído alguna vez, acerca de un niño héroe huaracino que también ofrendó su vida. En efecto, se trata de Bibiano Paredes Macedo a quien los mismos huaracinos, le niegan su proeza y coraje de haber defendido a su patria, a su suelo.

            Igualmente, junto a estos dos paradigmas, se suma la del niño Néstor Batanero, cajamarquino él que siguió la senda de la inmortalidad:

HONOR AL HÉROE

Danilo Sánchez Lihón

En la batalla de la Defensa de Lima,

ocurrida el 13 de enero del año 1881,

defendiendo la capital del Perú de la horda chilena

peleó principalmente la población civil, destacándose

la participación de la juventud de la Universidad Nacional

Mayor de San Marcos y del Colegio Nacional Nuestra

Señora de Guadalupe que de manera espontánea y

casi íntegra estuvieron presentes en las trincheras.

Pero también combatieron ancianos

y hasta personas ciegas. Y pelearon los niños,

como Julio César Escobar García quien se ha inmortalizado

como El Niño del Pino, quien estuvo en el campo de batalla

en donde aquel día quedaron regados, cual semillas

redentoras, varios miles de cuerpos y almas

de peruanos quienes supieron legarnos

una patria digna y hermosa.

 1. Su cuerpo aún tibio

– ¡Dios! –Se oye un rugir de espanto, un bramido gutural de los soldados peruanos apostados al pie del árbol de pino de la iglesia de San José, de la Hacienda San Juan Grande de Surco, en Lima.

El cuerpo de Julio César al principio parecía volar.

Al inicio parecía que iba a abrir las alas y remontarse por el cielo azul con su camisa blanca.

Pero su caída, en el último momento, ha sido vertical. Y ha dado en el suelo con un golpe seco sobre la tierra apisonada.

Los soldados han corrido y se han inclinado hacia él, tratando de protegerlo con sus pechos, sus brazos y su aliento.

Ha abierto sus ojos y balbuceado:

– ¡Viva el Perú! –Y se ha doblegado, exánime.

– ¡Ha muerto!

– ¡Y era apenas un niño!

– ¡Pero qué coraje para defendernos!

2.- Ella la ha traído

– ¡Ha muerto un héroe de esta patria inmensa! –Dice el teniente con voz que más es un gemido.

Su cuerpo aún tibio ha sido recostado suavemente en el tronco del pino junto a su caja de lustrabotas.

No ha habido sollozos en la Defensa de Lima, salvo estos que emiten las gargantas de los duros artilleros.

– Envolvámoslo con la bandera del Perú. –Ordena el teniente–. Lo enterraremos en la trinchera que hemos cavado para defender este suelo.

– Pero, ¡quién será su madre que en ese momento ha debido sentir un hincón en el alma al caer su hijo muerto!

– ¿Acaso, no lo hemos visto todos a ella, quien la ha traído hasta aquí?

– ¿Quién?

– ¿Cuándo?

– ¿Dónde?

– ¿Acaso no la han visto, sentido y palpado? –Dice el teniente–. ¡La patria es su madre! ¡Ella la ha traído hasta aquí, a un ser tan noble y tan bello!

3. Guerrero insigne

Alzan su cuerpo mientras detrás del muro se escucha el traqueteo de la metralla.

El oficial ha mandado hacer filas a ambos costados. Tiene el rostro crispado como un puño.

– ¡Artilleros! –Ruge desenvainando su espada–. ¡Presenten…! ¡Armas!

Se hace sonar firmemente el golpeteo de las palmas de las manos en las culatas de los fusiles.

Y se los sujetan al hombro con un áspero sonido del correaje alzando las frentes hacia el firmamento.

Lágrimas hirvientes surcan los rostros quebrados, donde se concentra el polvo de todos los caminos del mundo.

Siguen cayendo disparos de cañón. Uno de ellos ha volado la cúpula de una de las dos torres de la iglesia, y otro ha agujereado la bóveda de la nave central.

Caen más disparos de cañón en la nave central. Pareciera que el objetivo de los chilenos es enterrar bajo los escombros del techo a la gente que supone refugiada adentro.

Los soldados, como si no existiera para ellos riesgo, ni alarma, ni urgencias; ni siquiera peligrara sus vidas, participan de un rito sagrado, cuál es: la de dar sepultura a un guerrero insigne.

4. Como un puño

 – ¡Honor al héroe!

– ¡Honor y gloria!

– ¡Pundonor y coraje! –Son las consignas que repiten.

– Es la vida que enfrenta y vence a la muerte! –Gritan al unísono.

– Que por él nunca se maldiga, que jamás se pierda la fe, que por él nunca se pierda la esperanza.

– Que cualquiera sea el resultado, ¡hoy día hemos ganado para siempre esta batalla, esta guerra y este holocausto!

–Que un ser tan noble, tan animoso y tan bello, como el que hemos conocido, haya muerto defendiendo lo que somos, jamás podremos olvidarlo ni abandonar este sitio, ¡creyendo más en el Perú, ocurra lo que ocurra! –Ruge otro.

– ¡Este niño, hace un momento vivo, ahora yace sin aliento! ¡Que su sangre tierna y pura, defendiendo este suelo bendito, sea la esperanza imperecedera en la patria adorada! –Expresa casi llorando el teniente.

– Soldados, ¡viva el Perú!

– ¡Viva!, –explosionan con voces broncas, trémulas y con el rostro contraído como un puño.

 5. Suelo ungido

Traquetean más ametralladoras enemigas. Las bombas de los cañones caen y sepultan finalmente la iglesia de San José, pero los artilleros permanecen incólumes, sosteniendo el cuerpo del héroe.

Puesto en la trinchera, envuelto en la bandera roja y blanca del Perú, depositan al lado su caja de lustrabotas.

Y suavemente lo van cubriendo con la tierra de este suelo ungido de gloria por los Defensores de Lima.

El pino de la iglesia de San José de la hacienda San Juan Grande del distrito de Surco, donde ocurrieron estos sucesos, recién sucumbió en enero del año 2001, con más de 300 años de existencia.

El Municipio del distrito de Surco ha restaurado la Iglesia de San José, declarada como Monumento Histórico de la Nación, por Resolución del Instituto Nacional de Cultura del año 1972, en honor al Niño Héroe Julio César Escobar García.

6.- Prepararse siempre

Varias conclusiones se extraen de estos acontecimientos.

Una de ellas, y la más importante, es que en circunstancias tan adversas como estas quedó probado el amor sublime y entrañable de los hijos nacidos en este suelo por su patria amada, el Perú.

Y una segunda es que tenemos que ocuparnos en hacer honor a quienes cayeron ofrendando sus días, su futuro, sus vidas.

Se ha perdido mucho tiempo ocupándonos de lo canallas, inicuos y siniestros que fueron los enemigos y sus perfidias, sino que a ellos hay que dejarlos hundirse en su propio lodo e ignominia.

Que lo que importa es saber y agradecer el inmenso sacrificio de aquellos a quienes correspondió luchar en esa oportunidad por darnos honor, dignidad y ejemplos de vida.

Reflexionando, además, que el Perú es un país pacífico, pero que vive amenazado. Y que debemos prepararnos siempre. 

7. Debemos estar alertas

Que con el ejemplo de todos quienes se inmolaron en aquella oportunidad debemos decirnos todo peruano:

Sé bueno. Sé correcto. No desperdicies recursos. Valora el tiempo. Sé eficaz.

Sé mejor estudiante. Sé mejor profesional. Sé mejor padre y mejor hijo. Sé mejor ciudadano.

Decirnos: que la mejor manera de mantener la paz es prepararse para la guerra.

Que para los campos de batalla no hay que buscar necesariamente aliados sino construir nuestras propias fortalezas.

Que debemos estar alertas. Y cada día de nuestras vidas ser mejores en todo.

Que el Perú por su cultura es un país glorioso y sabio. Y que por nuestros esfuerzos y sacrificios el porvenir nos debe mil victorias.

Que hay mucha sangre heroica derramada defendiendo nuestro suelo. Que a partir de entonces no podemos fallar, ni sentirnos inermes, ni claudicar, sabiendo que el Perú es glorioso y eterno. 

*****

EL NIÑO HÉROE ANCASHINO

Cuando los chilenos amenazaban con invadir Lima, a fines de 1880, de Áncash fueron a defender la capital cientos de paisanos. Uno de ellos fue un humilde zapatero a quien siguió tercamente su pequeño hijo de apenas 11 años. Este niño, de nombre Viviano Paredes Macedo escribiría una de las páginas más sublimes de heroísmo infantil.

-Adiós hijo mío, cuida bien a tu madre y a tus hermanos.

-No señor padre, voy con usted.

-¿Qué cosa? Si ni siquiera tienes doce años, hijito.

-¿Y eso qué tiene, señor? Ya convencí a mi madre y ella me ha dado su bendición.

-Pero, hijo… ¿sabes lo que es una guerra?

-Lo que sé, señor padre, es que mi patria corre peligro y quiero ir a defenderla. En la misa dominical, el padre Ferreol ha dicho que Dios acoge en su seno a quien da la vida por la patria.

Cómo habría insistido el pequeño Viviano, que logró convencer a su padre y ambos fueron vía Punta Callán a tomar el vapor en Casma. Después de diez días de su partida, arribaron a Lima, a ponerse a disposición del Dictador Supremo de la Guerra, el presidente Nicolás de Piérola.

Viviano Paredes ayudaba a los soldados alcanzándoles pólvora y municiones. Cuando las tropas chilenas asaltaron la trinchera donde se encontraba el niño, mataron al portaestandarte del batallón y tomaron la bandera para declarar ejecutada la victoria; es entonces cuando surge entre el humo de los disparos el pequeño Viviano Paredes y en un acto de sublime heroísmo arrebata el glorioso bicolor nacional a los chilenos retornándolo a las filas peruanas.

Los soldados chilenos al darse cuenta que han sido burlados, con ira dirigen sus disparos contra el cuerpo del pequeño. Gravemente herido, el niño héroe, en un supremo esfuerzo logra llegar con la bandera peruana a la trinchera de los defensores donde cae muerto.

¿Se le ha reconocido como se merece? Luego del sismo, al nominar las nuevas calles de Huaraz la comisión de nomenclatura presidida por don Salvador Cáceres Ángeles, puso el nombre de Viviano Paredes a una pequeña calle de dos cuadras en el barrio de La Soledad. Pese a que por la incuria en su tierra prácticamente se le ha olvidado, hay que reconocer que el ejército peruano no lo ha hecho.

Hace poco, en lima, a la altura del puente Atocongo, en San Juan de Miraflores, el ejército había hecho pintar entre laureles los nombres de cincuenta jefes y oficiales que ofrendaron su vida en la batalla de San Juan. Es orgullo constatar que entre tanto nombre de coroneles, capitanes y tenientes, había un solo nombre sin grado militar, era el de Viviano Paredes, el niño ancashino que nos legó tan grande demostración de amor patrio.

Viviano Paredes, niño héroe ancashino de la guerra con Chile. Su ejemplo imperecedero merece la mejor de las alabanzas y homenajes. Ahora que vivimos una época de crisis de valores, debemos buscar iconos que nos permitan elevar en la niñez y juventud, el nivel de conciencia cívica y moral.

La Institución Educativa de Uquia, al este de Huaraz, lleva el nombre de Viviano Paredes Macedo, y este es un gran ejemplo de identidad regional. Pueblo que no reconoce el valor de sus héroes, no merece estar a la altura de ellos.

            El escritor, compilador y docente caracino, Rómulo Pajuelo Prieto, menciona en su libro “Un Día como Hoy” el heroísmo del niño héroe huaracino, Bibiano Paredes Macedo que se inmoló durante la Guerra del Pacífico.

La imagen puede contener: una persona, niño(a), texto que dice "RUNA CHAY PERÚ"

         Néstor Batanero

(Subteniente de 13 años de edad en San Juan y Miraflores)

Nació en 1868 en una hacienda de Cajamarca, y murió en acción de armas, con el grado de Subteniente del Ejército, el 13 de julio de 1882, a los catorce años de edad.

Un año antes asistió a la defensa de Lima, en San Juan y Miraflores, salvándose fortuitamente. 

Pero entregó su generosa sangre juvenil en la Batalla de SAN PABLO, precisamente en la fecha ya señalada.

Era un muchacho soberbio de carácter en el buen sentido del vocablo, difícil de contentar, porque esperó siempre más de sí mismo.

La guerra que estalló cuando apenas frisaba los once años apresuró su madurez, pero cabría agregar que si la naturaleza es pródiga, toma también el camino más corto para recoger sus mejores presas.

Escribe el doctor Alberto Tauro en el prólogo de “NIÑO HÉROE de la Guerra de 1879” del escritor José Antonio Gamarra Puertas: “nació en una comunidad andina; vio morir a su madre, ahogada en el río próximo a su choza cuando creyó que el pequeño hijo peligraba entre las aguas; vio languidecer a su padre, bajo la dureza de la explotación patronal”.

Llevó una vida de tragedia, huérfano, acosado por el hambre, mutilado de futuro teniendo en teoría un mundo por delante no le quedó sino vivir el presente. Y un hoy vale por dos mañanas

En 1880, a los 12 años, este guerrero nato, se presentó de voluntario en su ciudad natal de Cajamarca, en el batallón del Coronel Lorenzo Iglesias, hermano del líder de las fuerzas del Norte, Coronel Miguel Iglesias. 

Pocos meses después –oh asombro¡- ingresó con el grado de Subteniente en el Batallón de CAJAMARCA Nº 3, combatiendo como artillero, ya en las pampas de San Juan, Miraflores y Chorrillos.

El 13 de enero de 1881, en el MORRO SOLAR, con la pasmosa serenidad de sus años, al notar que la resistencia era imposible, se envolvió en nuestra bandera y echóse a rodar hacia la playa, para no ser divisado. Luego caminó hasta Lima, cargando el pabellón que había salvado. Ávido de acción, retornó a Cajamarca y sentó plaza en el cuerpo denominado “LIBRES DE TRUJILLO”. 

Tenía catorce años cuando concurrió a la batalla de SAN PABLO donde le cupo inusitadas maniobras de veterano tempranero. “Allí rindió la vida este niño de catorce años de edad” y “murió cuando menos se esperaba frente a la tierra prometida. Así traspuso los umbrales de la eternidad con una sonrisa de goce. Sonrisa que quedó impresa en el semblante, como solemne acto y por todos los conceptos memorables de este mundo inflexible”.

Antes de perecer, en circunstancia que una parte de nuestras tropas cedía, contuvo a un pelotón chileno comandado sólo siete hombres. Con su temple de conductor, resistió hasta que llegara el Coronel Miguel Iglesias y se pudiera trocar en victoria lo que parecía una derrota. A su muerte, en pleno campo de batalla, los adustos oficiales le guardaron un minuto de silencio. 

Don Miguel Iglesias trazó una semblanza casi como homilía, delante de sus tropas y de la colectividad cuyos integrantes con sus instrumentos de labranza contribuyeron igualmente a tan DRAMÁTICO ÉXITO. Néstor Batanero: el ejemplo de tu acción es algo que todos podemos leer fácil, sencillamente, por la profundidad de su contenido.

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La biografía fue escrita por Héctor Valenzuela Ricardo

Hay que agregar que en la batalla de San Pablo, los peruanos derrotaron a las tropas chilenas comandadas por Luis Saldés, terminada la batalla a este niño-héroe se le halló muerto, estaba de pie apoyado sobre su rifle, con el que defendió nuestra querida patria. Su cuerpo fue enterrado en San Pablo, pero en 1908 fue llevado a la Cripta de los Héroes, ubicada en Lima.—

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