CUENTOS DE MI PUEBLO EL PUEBLITO DE UN SOLO DÍA

Por Addhemar H.M. Sierralta (Perú).

Un poblado al que nunca quisiéramos llegar y el que es mostrado, por Addhemar H.M. Sierralta, en un relato cuasi espeluznante.

La historia de Warmipata, una pequeña y olvidada población enclavada en las alturas de los andes, sigue siendo hasta hoy un gran misterio.

Por aquellos días, de mi primer viaje desde la costa hasta la selva amazónica, quedan recuerdos lejanos como las nebulosas cubriendo en las mañanas el cielo del camino, los gorjeos de las aves al amanecer,  y el vaivén del camión saltando las irregularidades de la vía más escondida de la sierra.

Mi madre dormida sobre costales de harina y yo acurrucado contra la baranda de madera y abrazado a mi fiel cachorro “Tuerto” tratábamos de pegar los ojos pero era imposible conciliar sueño alguno y  menos descansar. Pero allí avanzábamos lento pero seguro. Al segundo día de viaje nos sorprendió una tormenta que nos adelantó la noche. No se veía nada a dos palmos de narices y el chófer decidió detenerse para, pegado al cerro y algo lejos de los acantilados, asegurar el vehículo hasta que pasará el mal tiempo.

Ahora mi madre, el perro y yo éramos uno solo de abrazos. Como el camión se detuvo, en un lugar aparentemente seguro, tratamos de dormir y vaya si lo hicimos. No se cuántas horas dormimos pero cuando despertamos era un día resplandesciente. Claro que todo no saldría tan bien como comprobamos en pocos minutos. El chófer nos dijo que el camión no arrancaba y que teníamos que caminar hasta una zona cerca al río, al fondo de un valle singularmente hermoso por su verdor y aroma a frutas y flores, donde se divisaban algunas casas.

– En ese pueblo, señora, conseguiremos algo de comer y quizás alguien que me ayude para proseguir el viaje, le dijo el chófer a mi madre.

– Esta bien- contestó ella.

Y como nuestros cuerpos y ánimo amanecieron recuperados emprendimos la marcha muy dispuestos y algo curiosos.

Lo que parecía una distancia pequeña no lo fue tanto. Si bien nos entretuvimos recogiendo algunas tunas para comer demoramos cerca de unas dos horas hasta llegar a aquella villa.

Ya siendo como el mediodía nos extrañó no ver a nadie por las calles. No había automóviles, ni gente, ni animales. Era un pueblo solitario aparentemente. Casi a unas siete cuadras de la entrada al pueblo arribamos a una placita, que debía ser la más importante, porque allí estaba ubicada una iglesia, una comisaría, y un colegio, además del edificio del municipio.

Nos acercamos para leer lo que decía un destartalado anuncio y pudimos descubrir que el poblado se llamaba Warmipata. Pero tampoco encontramos a nadie. En una de las esquinas otro letrero indicaba que allí funcionaba una bodega. Como el estómago nos tenía llamando a alimento nos  dirigimos allí con la esperanza de encontrar algo de comer. La puerta del local abierta nos emocionó pero adentro tampoco encontramos a nadie. Gritamos hicimos el mayor ruido posible y hasta “Tuerto” nos hizo coro con múltiples ladridos. Pero ninguna respuesta.

Era el silencio de las tumbas. Divisamos algunas bebidas gaseosas en los anaqueles, unos chocolates y una lata de galletas. Decidimos tomarlas y colocamos un billete de 20 soles sobre el mostrador como pago por ello.

Sentados en una banca de piedra de la plaza ingerimos gaseosas, chocolates y galletas, que nos supieron a manjar de dioses por el hambre que saciamos. Luego nos dirigimos hacia la iglesia que tenía su puerta abierta como invitándonos a visitarla. Al interior tampoco había nadie. Ni siquiera ubicamos al cura por más que lo llamábamos a grito pelado. Rezamos algunas oraciones y salimos en busca de alguien que nos dijera dónde encontrar ayuda para arrancar el camión. Nuevamente no hallamos alma alguna.

Si mi memoria me ayuda recuerdo que recorrimos todo el pueblo sin encontrar vestigios de sus pobladores. Y el sol se escapaba tras los picachos andinos. Antes que diera la noche regresamos a la bodega. Allí estaban los veinte soles sobre el mostrador. Volvimos a comer algo más, felizmente ubicamos unas conservas en frascos de vidrio, eran aceitunas y mermelada. Con las gaseosas y galletas tuvimos algo para comer y después cerramos la puerta de la bodega y nos acurrucamos detrás de los mostradores. Intentamos dormir pero presentíamos que algo ocurría afuera. Unos murmullos y de cuando en cuando risas se dejaban escuchar por la ventana de la bodega.

El chófer miró su reloj pulsera y nos dijo :

– Es ocho de la noche.

– Pero se nota luz como si fuera temprano- replicó mi madre, mientras todos salíamos de detrás de los mostradores para ver con asombro el resplandor como si fuera el mismo mediodía.

De pronto se abrió la puerta de la bodega y apareció un hombre barbiblanco seguido de una multitud. Lo curioso era que, a excepción del barbudo, los seguidores vestían de blanco. Blancas sus ropas, blancos los zapatos o sandalias, también blancos sus cabellos. Sería como unos doscientos que se detuvieron detrás de aquel extraño hombre que al frente nuestro  exclamó :

– ¡ Quién les autorizó para estar aquí ! – dijo a viva voz y con adusto gesto y levantando las manos sobre sus hombros.

El chófer explicó lo que había sucedido y mi madre corroboró aquello. Yo y “Tuerto” permanecíamos escondidos detrás de mi madre. El perro ni siquiera emitió ladrido y ni un gruñido, también estaba sorprendido como todos. Chófer y can desaparecieron en un instante. Nos llenamos de asombro.

Después de este encuentro el barbiblanco, aparentemente comprendiendo la situación, nos invitó a sentarnos en unas sillas que trajo del bar que estaba en una habitación situada a la derecha de la entrada, separada por las tradicionales puertas batientes de los bares antiguos.

– Bueno, pueden quedarse aquí hasta que termine el día, indicó el barbiblanco que parecía el líder o la autoridad en ese pueblo.

– Pero -replicó mi madre con curiosidad- si llegamos por el mediodía y ya nos aprestábamos a pasar la noche cuando ustedes irrumpieron. El chófer me dijo que era las ocho de la noche y todo estaba muy oscuro y, de pronto, desapareció con “Tuerto”. Y apenas en minutos aparecen ustedes y traen nuevamente la luz del día. No entiendo nada.

– Ahora me toca explicar lo que ocurre. Este pueblo, es un lugar de tránsito y ustedes al comer de los víveres de la bodega recién pueden ver lo que ocurre aquí. El efecto se da a las ocho horas de haber ingerido dichos alimentos. Por ello es que temprano no pudieron ver absolutamente nada. Pero lo más importante es que los días son distintos a los que ustedes tienen por costumbre medir …- nos decía el barbiblanco.

Y mis memorias solo me dejaron recordar de aquello que aconteció hasta esta última intervención del viejo. Luego sabría que mi madre y yo despertamos en la Clínica Lozada, que  “Tuerto” había desaparecido y el chófer tenía una semana de enterrado. Murió cuando el camión se desbarrancó y  se precipitó hasta el pueblo de Warmipata. De allí nos recogerían para llevarnos de emergencia y salvarnos la vida. Habíamos permanecido sin sentido varios días. Conversando luego de lo ocurrido con mi madre, no había duda, estuvimos en carne y hueso en Warmipata.

Indagando sobre lo ocurrido durante nuestra permanencia en la clínica supimos que fuimos trasladados a Lima agonizantes. “Tuerto” había desaparecido en aquel poblado. El chófer falleció instantáneamente. Mi madre y yo estuvimos en estado de coma, nos dieron los Santos Óleos y pensaban que moriríamos.

Ya fuera de peligro, y varios años después, conocí a una chica que -como nosotros- estuvo en estado de coma a consecuencia de un accidente de tránsito en la misma ruta. Cuando narré lo que nos pasó ella dijo muy sorprendida :

– Lo mismo me  ocurrió … me acuerdo del viejo de la barba blanca y de la gente que lo rodeaba.

– No puede ser -exclamé.

– Es cierto y me dijo lo mismo … lo de las ocho horas y lo de que era un lugar de tránsito.

Ante esta coincidencia decidimos marchar a Warmipata el próximo fin de semana. Tal vez encontraríamos respuestas.  Muy temprano el sábado siguiente emprendimos el camino. Estando muy cerca del poblado y casi al mediodía estacionamos nuestro auto a un lado de la carretera y nos aprestamos a cruzar para marchar caminando al pueblo.

Y nuevamente llegamos a Warmipata. Ocurrió lo mismo … la plazuela … el bar …las ocho horas … y apareció el viejo nuevamente. Cuando se volvió a presentar llamé a mi amiga Martha pero ella no estaba. La grité para que me escuchara por si hubiera ido a la otra habitación. Pero de pronto ocurrió algo increíble :

– Aquí estoy dijo – mientras ella se aproximaba hacia el bar caminando desde atrás de la gente . Vestía de blanco y tenía el cabello completamente cano.

– No estabas conmigo, dije.

– Estaba, pero ahora solo estas tu en tránsito.

Y dicho esto sentí que una enfermera, vestida de blanco, y que estaba tomándome el pulso me dijo :

– Al fin ha despertado, gracias a Dios.

– Despertado de qué -pregunté.

– Del coma en que estaba sumido a consecuencia del accidente en la carretera.

– ¿Dónde estoy?

– En el Hospital del Empleado en Lima.

Al costado, mi madre me sonreía … y Martha ¿ dónde está ? … una mirada cómplice entre la enfermera y mi madre … un silencio … a ustedes los atropelló un camión y ella murió en el accidente dijeron casi al mismo tiempo.

Las lágrimas rodaron por mis mejillas. Y ya tenía la respuesta : Warmipata -si existió algún día- era el tránsito hacia la muerte.—

FUENTE: Blog de NALO Alvarado Balarezo, Chiquián Querido

También te podría gustar...