AL PERDERTE YO A TI

Al perderte yo a ti,
tú y yo hemos perdido:

yo, porque tú eras
lo que yo más amaba,

y tú, porque yo era
el que te amaba más.

Pero de nosotros dos,
tú pierdes más que yo:

porque yo podré
amar a otras
como te amaba a ti,

pero a ti nadie te amará
como te amaba yo.

Muchachas que algún día
leáis emocionadas estos versos

Y soñéis con un poeta

Sabed que yo los hice
para una como vosotras

y que fue en vano.

(*) Ernesto cardenal, sacerdote católico nicaragüense, admirador del maxismo, falleció el 1 de Marzo del 2020 cuando contaba con 94 años de edad. Se le considera como el artífice de la Teología de la Liberación. Ostenta los premios: Reina Sofía de Poesía Iberoamericana (2012) y Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda de Chile.

ARACATACA ES DECIR ALGO (O MUCHO) DE MACONDO VISTO A VUELO DE PÁJARO

 Escribe Ángel Gavidia Ruiz


De Barranquilla a Aracataca existen dos horas de camino a buen trote. Esto de trote es un decir, digamos mejor a buen paso carretero. Por el camino, uno va encontrando letreros que nos remiten a las mejores páginas del Gabo: Riohacha, Valledupar…  y claro, desde el comienzo,  desde Barranquilla, el río Magdalena protagonista nato de El amor en los tiempos del cólera y, por mayores señas, su escenario final. Siguiendo llegamos a Ciénaga un pueblo semejante a Pachacamac. A su entrada,  un bullicioso cartel  lo proclama como “Capital del realismo mágico”. Allí, en su placita es  imposible no detenerse y desenchapar unas cervezas bien heladas y engullirse las empanadas de carne que ofrecía una morena triste y su patrón malgeniado. El calor, cómo no, es otra constante en este viaje (quizás, por eso, el hielo).  Elegimos para atenuarlo  esa tienda por su nombre  peculiar: “Refresquería Quince letras”. Después nos enteramos que “Quince letras” era el nombre de una canción colombiana, nos informamos, también,  que la siesta es algo innegociable en los habitantes de estas tierras lo que  justificó a medias el mal humor del tendero que, indolente a la distancia que habíamos  recorrido,  insistió en cerrar su refresquería a la una de la tarde. Abro a las tres, nos dijo cortante.

Pero el objetivo era Macondo, perdón, Aracataca,  y hacia allá nos dirigimos.  Encontramos los rieles y algunos esporádicos platanares orillando el camino   casi como rastros arqueológicos, como vestigios de la otrora  poderosísima United Fruit Company,  al amparo de la cual nació, precisamente,  Aracataca. 

Si las casas fueron en ese tiempo como la del Gabo, el pueblo ha cambiado, pero, aun cuando ha ingresado el cemento con fuerza, mantiene su tamaño de pequeña población. Hay varios negocios con nombre macondianos y felizmente no existen aún esos edificios 
mastodónticos que tanto afean a las cunas de los grandes, quizá porque no son necesarios todavía. 

La casa del Gabo es en realidad una réplica. Dicen que un incendió la dejó en escombros. Es una construcción nueva de madera.  Allí  están las fotografías de sus abuelos maternos, la oficina donde despachaba el viejo gobernador  de Aracataca, el coronel Nicolás Ricardo Márquez Mejía, el popular Papalelo,  abuelo sustancial  del nobel. A la entrada de la casa existe un intrigante cuarto  que según nos dijeron estaba destinado para alojar a los enfermos de la familia y del pueblo en general. Era un cuarto en donde solo cabía una cama. Luego viene la oficina del coronel y a continuación, el comedor, un ambiente muy agradable, con paredes bajas que le permitía ser bastante aireado,  en donde se exhibe la vajilla de la época, el procesado del café, un molino etc. y más allá  el cuarto de las mujeres  donde el  nobel solía  entrar clandestinamente y esconderse para escuchar la dulce parla de las féminas; casi al final está la habitación de la tía y un libro de Las mil y una noches  y al último  una habitación extraña llena de bacinillas; siguiendo hay un patio con un viejo ficus. En él encontramos un par de actores que escenifican a los principales personajes de Cien años de soledad. El hombre, “José Arcadio Buendía”   amarrado al gran árbol  declamaba, gesticulando, con una mirada  de loco sabio, textos relacionados con esa gran novela. Al final está el cuarto de los guajiros que, según la guía,  era lo único original que quedaba. Los guajiros eran los esclavos de la familia. Pero no recibían un  trato propiamente de tales. Gozaban del cariño de la casa.

Ya fuera encontramos a las mariposas amarillas de Cien años de soledad representadas en simpáticos y baratos suvenires que compramos gustosos. E iniciamos el retorno. En el camino nos acompañó un vallenato compuesto por Diomedes Díaz,” Mi muchacho”, que,  no sé porqué razón,  me caló en el alma. Decía:

Ese muchacho que yo quiero tanto 

ese que yo regaño a cada rato

me hizo acordar ayer, 

que así era yo también cuando muchacho 

que sólo me aquietaban dos pengazos 

del viejo Rafael.

Y se parece tanto a papá 

hombre del alma buena ( bis ) 

se ponía triste al verme llorar 

y me daba un pedazo de panela

y entraba en discusión con mi vieja

 por que la pobre le reclamaba

que porque diablos me maltrataba

 que dejara al muchacho tranquilo 

y hoy veo en Rafael Santos mi hijo

todavía las costumbres aquellas.

Recuerdo la cartilla abecedario 

el primer día que al pueblo me mandaron

 porque era día de fiesta, 

recuerdo que iba tan entusiasmado

 por que desde que me habían bautizado 

no llegaba a la iglesia 

el 16 de julio es la fiesta 

de la Virgen del Carmen ( bis )

Ese fue el día que le escuche al padre, 

que Dios a todos nos tiene en cuenta

 y con deseos también de quedarme 

po’ allá en la noche de la caseta 

y me tocó quedarme en la puerta

 no tenía plata para pagarles 

por eso es que la vida es un baile

 que con el tiempo damos la vuelta 

pero el tiempo acaba la fiesta 

y me voy solito pa’l valle ( bis )

Yo aprendí a trabajar desde pelao 

por eso es que yo estoy acostumbrao 

siempre a vivir con plata 

y con toda la plata que he ganao 

cuantos problemas no he solucionao 

pero nunca me alcanza

 pa’ pagarle a mi viejo la crianza, 

que me dio con esmero ( bis )

porque en la vida hay cosas del alma 

que valen mucho más que el dinero

Por eso Rafael Santos yo quiero 

dejarte dicho en esta canción 

que si te inspira ser zapatero 

sólo quiero que seas el mejor 

porque de nada sirve el doctor 

si es el ejemplo malo del pueblo ( bis )

y el ejemplo mío es mi viejo 

y el ejemplo tuyo yo soy ( bis ) 


Y ya acá, frente al escritorio, vuelvo a pensar en Aracataca, vuelvo a sentir su calor sofocante, sus rieles, los platanares que ya no están, sus ciénagas, sus habitantes y no puedo evitar pensar en el mar Cámbrico justo  con los elementos necesarios y en porciones adecuadas para provocar la vida. Aracataca es el caldo de cultivo  de la obra del Gabo, no tengo duda. Los ingredientes: su gente, su familia,  su clima, su geografía,  en fin, la convulsa vida de Colombia de la cual, el nobel,  nunca partió.—

FUENTE: Blog de NALO Alvarado Balarezo: “Chiquián y sus amigos”

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