LOS CHOQUES Y FUGAS DE AMADOR

(Cuento).

Por Addhemar H.M. Sierralta (Perú).

Una jocosa y pícara narración  de Addhemar H.M. Sierralta nos transporta a situaciones inverosímiles pero que tal vez pudieron ser ciertas.

Amador, “el cirio que nunca se apaga”, era uno de los más conocidos y populares del barrio. Primero por sus reiterados fracasos con las hembritas que poca veces le hacían caso, por su timidez básicamente, y años más tarde, a la inversa, por sus logros extraordinarios con las mujeres. Parecía como si hubiera sellado un pacto con el diablo: no se le escapaba ninguna.

Del cuento a la historia y después a la leyenda. Así podría resumirse la aureola que rodeaba a Amador, tanto por sus “hazañas amorosas” como por su juego en todo tipo de canchas, con público y situaciones adversas y hasta de riesgo. Los muchachos se reunían para escucharlo y muchas veces, para verificar sus aventuras,  realizaban un seguimiento de las mismas con las protagonistas de sus encuentros. Lo espiaban para comprobar si era verdad tanta belleza. Y verdad que lo era, un día demostró ante todos de lo que era capaz al hacer el amor delante de mucha gente. A su turno me referiré a dicha acción que fuera “consagratoria” y mereció elogios de la población masculina del barrio y otros aledaños. Su fama había rebasado las fronteras conocidas.

Demás está decir que sus aventuras lo pusieron varias veces en situaciones delicadas y hasta pudieron costarle la vida… si lo alcanzaba un padre, un hermano, un novio o marido celosos. Pero el demonio lo protegía y desde luego sus mujeres quienes eran capaces de las mentiras más increíbles con tal de cuidar a Amador.

Persecuciones en autos, escapes por los techos de las casas y otras circunstancias extrañas le ocurrieron. Pero entre sus fantasías hechas realidad se contaban los insólitos lugares donde hizo el amor. Claro está con la anuencia de sus miles de parejas circunstanciales… y cierto que eran miles. Nada más emocionante, contaba nuestro héroe, que hacer el amor sobre la mesa del directorio de la empresa y sin echar llave a la puerta de dicha sala… pero nada menos que con la hija del dueño de la compañía.

Recuerda que en otra oportunidad hizo el amor a la hija de un comandante de policía… dentro de su auto estacionado al frente de la comisaría.

En otras oportunidades hizo el “chacachaca” bajo la escalera de uno de los patios de su universidad en pleno atardecer, en el último asiento de un avión en vuelo… con la aeromoza. Muchas veces en el salón de la casa de la noviecita de turno con el riesgo de que alguien entrase a la casa o a la sala. Una vez fue “ampayado” con las manos en la masa por los padres de la chica y ropa en mano tuvieron que huir hasta quedar fuera del alcance de los veteranos.

Contaba que en una oportunidad hizo de las suyas en el pasillo de un restaurante en plena hora punta… con una de las mozas. O cuando lo hizo en el baño de damas con una novia despechada mientras decenas de mujeres esperaban su turno para hacer pipí o lo otro. Esos fueron algunos de sus escenarios amatorios.

Y ni qué hablar de las múltiples veces que hizo “cuchicuchi” en las camas matrimoniales donde el marido ausente jamás se enteraba, aunque medio barrio tomaba conocimiento del acto. Por supuesto, en estas ocasiones, a los cornudos de marras ni se les ocurría que Amador fuera quien se encargaba de calentar la cama en ausencia del titular. Hasta lo invitaban a casa a almorzar o a comer, o a acompañarles a espectáculos públicos donde, para barajarla, acudía con alguna enamoradita y pasaba “piola”. Era increíble ver como esposas y noviecitas -que tenía varias en simultáneo- le consentían estas aventuras. Le prestaban sus autos y le dejaban notitas en el parabrisas para que se apurara con “la otra” y no se olvidara de ellas. En verdad era de no creerlo.

En una ocasión al no poder manejar por una lluvia intensa, en plena avenida de intenso tránsito… detuvo el vehículo y como haciendo largas para que pase el mal tiempo… se tiró dos polvos al hilo sin que nadie pudiera verlo por el vaho dentro del auto… salvo el movimiento rítmico inadvertido por la tremenda lluvia terminó tranquilo su faena y dejó luego a la niña en casa. Todos felices y así transcurría la despreocupada, riesgosa y singular vida de Amador.

Pero una noche se consagró. Asistía como invitado a una fiesta a la que concurrieron gerentes, generales y empresarios además de mujeres de todo calibre. Claro que las mujeres malas, que siempre están muy buenas, formaban un grupo especial. Eran el obsequio de un empresario a sus clientes, y Amador era uno de esos clientes. En pleno baile y chupeta a alguien se le ocurrió la idea de premiar con una botella de whisky a quienes bailaran calatos. Quedaron dos finalistas, un comandante con su pareja una morena colombiana, y nuestro amigo quien había conquistado a una rubia brasilera, muy bien despachada.

El entusiasmo de todos los impulsó a doblar el premio si alguna de las dos parejas hacía el amor en medio de la rueda de los bailadores. El comandante y su colombiana se arrepintieron, tomaron sus ropas y salieron del círculo de danzantes. Solo quedaron Amador y la bella brasilera. Y ante la sorpresa general, con un coro que gritaba y todos que aplaudía a rabiar, hicieron el amor… terminada la contienda, entre hurras y felicitaciones, la parejita subió a uno de los dormitorios y… se dedicaron a seguir en el mete y saca hasta bien entrada la madrugada.

Desde ese día Amador era visto con respeto y admiración en el barrio. Las mujeres querían conocerlo. Hasta que de pronto desapareció y nunca más se supo de él. Año más tarde nos enteramos que había emigrado a Europa y era el engreído de una condesa italiana. Vivían en Ana Capri, es decir la parte alta de la hermosa isla de Capri en el mar Tirreno. Lo encontré hace unas semanas al visitar dicho lugar tan paradisíaco y me recibió con mucha alegría. Me invitó a su casa, una regia mansión mediterránea con piscinas estilo romano. Me contó que había quedado viudo y que ahora vivía con sus sirenitas … ellas eran tres hermosas italianitas, de unos 20 años más o menos, sobrinas de la finada condesa … no tenía quien las cuidara -me dijo- mientras ellas lo acariciaban y besaban. Yo no podía creerlo… pero era Amador y lo imposible podía lograrlo… ya antes lo había demostrado al estar con tres o más chicas a la vez.

Al regresar de Capri pensaba … qué tiene Amador que no tenga yo … y me acordé que desde pequeños, en el barrio, acuñó como suya la frase siguiente : “Hermanito, la concha es la base del éxito” … y qué más podía esperar, vivir en una isla donde las míticas sirenas de Ulises llamaban a los navegantes, en un lugar rodeado de mar, sol, conchas y corales donde se hacen los más hermosos camafeos del orbe, y además con la doble herencia de los millones de su condesa y las sobrinitas preciosas.

Ya en casa y en el barrio conté la nueva historia de Amador a los viejos amigos. Nos dirigimos al bar de la esquina, brindamos con chelas heladas mientras unos videos nos mostraban al afortunado con sus bellezas. Nos moríamos de envidia e hicimos un brindis por “la concha que es la base del éxito”. Y si dudan pregúntenle a Amador.

A lo lejos sentía el ruido de un timbre. Me levanté, desperezándome, era ocho de la mañana. Abrí la puerta y frente a mí aparecieron tres monjitas, de las dominicas, solicitaban una donación para los niños desamparados.

Mayúscula sorpresa la mía, ellas eran las sobrinitas de Amador. Les pregunté por mi amigo. No lo conocían. Recién me percaté que todo había sido un sueño… ni Amador vivió nunca en Capri, ni se consiguió una condesa millonaria. Fueron las reminiscencias de sus espectaculares historias -quizás ciertas o tal vez falsas- pero… nunca estuve en Italia… y la reunión con mis amigos no fue en el bar de la esquina sino en la Iglesia de Santo Domingo… para la misa conmemorado el primer año  del fallecimiento de Amador.

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