( 1 ) INFINITAS VIDAS MÁS QUE EL GATO TIENE EL LIBRO

Danilo Sánchez Lihón

“Un libro retoñaba

de su cadáver muerto”

César Vallejo

Airoso y triunfante

 El libro ha sobrevivido a muchos atentados, asaltos y arrestos. Subsiste a órdenes de ejecución, juicios sumarios, hogueras infamantes.

Ha sufrido ¡dictámenes de arresto, de secuestro, de desahucio!

Se le ha infligido castigos ominosos. Ha sido calumniado, vejado y sumergido en el lodo.

Pero sigue vivo y libre. Cada vez incluso más lúcido, gentil y radiante. Más apasionado, impulsivo y siempre fregando la vida de los jerarcas. ¡Es denodado, ingenioso y bizarro!

Haciendo un recuento solo de las últimas décadas, he aquí una relación de las veces en que el libro ha estado condenado a muerte, a veces súbita y violenta. Y, sin embargo, ¡ha salido airoso y triunfante!

Primera amenaza

 En los últimos tiempos, la primera vez que se entonó el responso fúnebre al libro ha sido cuando apareció en el universo de nuestras vidas las ondas hertzianas de la radio. ¡Se acabó su dominio!

Resultó entonces convincente oír a los agoreros de turno pronosticar la muerte inminente del libro que con el nuevo invento quedaba comprobadamente obsoleto.

¿Cómo no iba a suceder si todo ya nos venía por el aire, y entraban directas a nuestros oídos las palabras elaboradas por los autores sin el trabajo de deletrearlas en libros ni folletines?

Lo menos que se esperaba es que la radio expandiera a los cuatro vientos la voz de los poetas y la creación humana más selecta que antes se depositaba en los impresos. Pero eso no ocurrió, no sé por qué.

Y entonces el libro se levantó saludable y vigoroso de su lecho de reposo con más ganas de seguir atormentando la vida a los adivinos.

Segunda, prueba de fuego

 La segunda ocasión sí fue más grave y en serio.

Esto ocurrió con las piras de libros que nazis y fascistas levantaron, secundados en otras latitudes por tantos dictadorzuelos que hay extendidos en toda la faz de la tierra.

El libro ahí supo que era inflamable y ardía muy fácilmente cuando son intencionadas las hogueras que se alzan para destruirlo.

De esta prueba salió, como sale cualquier hijo de vecino después de una encerrona, sabiendo que la justicia es ciega y hace pender de continuo una espada de Damocles en el vértice de nuestros cuellos infaustos.

Pero uno olvida, volviendo a empinarse hasta las nubes a sorber otra vez el aire del cielo y la luz de las estrellas.

Tercera estremecida

 La tercera muerte fue en Fahrenheit 451 de Rad Bradbury, que ensombreció a la multitud de lectores y radioescuchas que noche tras noche seguían la secuencia de la obra.

Sentían correr por sus venas el estremecimiento de ya no poder sus hijos ni los hijos de sus hijos tener el encanto de sentarse a la luz de la ventana a solazarse descorriendo las hojas de un libro.

A embelesarse en sus páginas del color de las espigas, en donde se deslizan imágenes, metáforas, historias, y uno mismo destejiendo la madeja de su destino.

Pero el libro, en los siguientes días, se levantó igualmente rejuvenecido con todas sus galas y fulgores, puesto que salía de un incendio, ¡y hasta vestido con sus atuendos dorados!

Cuarta celada

 La cuarta muerte del libro fue cuando se tumbaron los árboles en las huertas, de lo que antes eran aldeas y hoy son grandes ciudades.

Y si no hay árboles ¿de dónde y de qué fabricar el papel que trae en su trama el trino de los pájaros, el rumor de la brisa y el temblor de los nidos que en ellos mismos se acunan?

Pero lo peor que sucedería al no haber árboles es: ¿montados en qué ramas hacer la mejor lectura?

¿Cómo leer libremente si no es en contacto con los aromas y fragancias de los pólenes de las flores y el susurro de los colibríes que revolotean en torno a sus corolas?

Pero el libro siguió viviendo curiosamente refugiado en sótanos, en tugurios polvorientos, en callejones trashumantes y hasta en las celdas de las cárceles.

Quinta irreverencia

La quinta muerte fue pronosticada de infalible, y el libro pasó a ser desahuciado impenitente, cuando aparecieron los audiovisuales y las ondas electromagnéticas de la televisión invadieron nuestras míseras vidas.

¿Para qué leer, entonces, si en la TV me entretengo, me informo y hasta puedo instruirme? No tiene sentido sollozar compungidos sobre las páginas de un texto.

 Definitivamente el destino del libro sería ser apenas ¡pieza de museo! Con el agravante de ser fenecible, pues lo horadan de pies a cabeza –¡qué vergüenza!– nada menos que unos bichitos insignificantes que llamamos ¡las polillas!

Pero el libro tercamente siguió apareciendo en los escaparates, se apuraron más las rotativas, las fajas de doblado, de encuadernación y etiquetado. ¡Una reverenda burla para los urdidores de desastres!

Sexta porfía

 La sexta muerte –esta vez sí bajo enfermedad grave– fue cuando entró a la clandestinidad.

Se lo vio circulando a altas horas de la noche bajo la capa de unos estudiantes famélicos dispuestos a petardear el mundo.

Al libro entonces se lo metió entre las rejas, se lo torturó inmisericorde, se derramó fango y sangre sobre sus páginas titubeantes.

Esta vez, sinceramente, le costó recuperarse a este subversor empedernido.

Estuvo silencioso, buscando cada retazo de sol para calentarse los huesos que se le habían torturado y demolido. Se le notó caviloso, andando solitario por los caminos.

Pero se recuperó y ahí anda, incorregible, como lo ven ahora.

 Séptima obstinación

 La séptima vez que se le diagnosticó sepultura definitiva ha sido por obra y gracia de la fotocopiadora.

Muerte certificada, además, por la compra indiscriminada de Derechos de Autor de la mejor ciencia y literatura, corrida a cuenta y cargo de la IBM.

Y todo a fin de ya no tener libros sino sólo “copias”, separatas que luego se botan, se lo deja en los asientos de las carpetas o se las arroja a los basureros.

Se han expandido las fotocopiadoras por todo el mundo, principalmente en las universidades, pero a la vez se edita cada vez más.

Y el libro siguió saliendo más terco que una mula.

Octava, se volvió espíritu

 La octava muerte fue mucho más pensada, casi un crimen perfecto por la sofisticación puesta en juego.

Se hizo responsable de ella a la cibernética, al procesador en línea, a la digitación telemática, a la comunicación interactiva vía satélite.

El internet y otras hazañas tecnológicas sepultarían definitivamente al libro, fue el anuncio categórico. Y, ¿por qué?

Porque allí el libro se vuelve nada. O, nos corregimos, es apenas vibración magnética, es decir entra en coma, es onda que se digita.

Allí sus signos de vida sólo se ven en una pantalla. Se tornó aura, viaje al infinito. Murió, para volverse espíritu, nostalgia, recuerdo querido.

Pero el libro apareció otra vez en las calles, gritando sus inconformidades y rebeldías, en la coyuntura y en lo que es eterno.

Novena metamorfosis

La novena muerte sigue siendo arduamente debatida en estos momentos, y es por imitación de un artefacto que sustituye al libro ofreciendo todo lo que en papel impreso el libro ofrece, como es ser portátil, sencillo, amigable; pero capaz de mutarse y cargar en sus entrañas una colosal biblioteca atenta a cualquier requerimiento nuestro.

Esta maravilla tecnológica es el e-book que tiene el complemento del hipertexto, con la capacidad de poner el tipo de letra que se quiera y del tamaño que mejor nos convenga; el de ser fácilmente manipulable, pudiendo regularse el matiz de la pantalla, con la capacidad de hacerse anotaciones sin mancillar la virginidad de sus páginas, además de otros portentos.

Sin embargo, desde que apareció el e-book acompañado de una arrolladora campaña mediática las ediciones de libros impresos han alcanzado dimensiones extraordinarias que superan todos los récores tradicionales.

Décima resurrección y vida definitiva

 La décima muerte del libro, con la cual hace rato superó al gato y se volvió invencible, es cuando tú lo tiras a un lado en la banca del parque y me das a leer las letras de tus ojos.

Y, después, el libro de tus labios para que en ellos me olvide definitivamente de mí, de ti y de todo lo que los libros dicen.

En esta prueba el libro se vuelve definitivamente esencia de libro, es decir pálpito, suspiro, corazonada. ¡Y vibra! Ya no se imprime como tal, porque se volvió ahogo, tañido y profecía.

Se tornó conciencia de que tú y yo podemos estar para siempre unidos, abrazados, entrando y saliendo de un libro.

Y habitando felices en el fondo de las páginas de un texto, como es el mundo y como es la vida. Y como es toda resurrección definitiva.—

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