La poesía de los extremos

LUIS EDUARDO GARCÍA·

¿Puede un arte usar siempre los mismos temas y no caer en la monotonía o matar la libertad creativa de sus cultores? La poesía es una prueba fehaciente: se han construido sobre la base de tres o cuatro temas recurrentes, entre ellos el amor y la muerte, y nunca ha dejado de ser novedosa.

Toda la poesía universal se ha construido en base al desarrollo de tres o cuatro temas centrales: el amor, la muerte, la soledad y el tiempo. De ellos derivan una serie de subtemas más o menos semejantes, pero en esencia son estos tres o cuatro los que sostienen todo el peso de la poesía.

Entre ese escaso número de leimotivs destacan dos: el amor y la muerte, que, por su carácter contingente, serían los más recurrentes entre los recurrentes, sin llegar a ser monótonos o matar la libertad creativa de los poetas.

El amor y la muerte como temas literarios reincidentes tienen sus propias historias: una, digamos, hedonista o gozosa hasta cierto punto; y otra, trágica. No es que yo pretenda con esta idea establecer una teoría del desarrollo de la creatividad poética. Se trata de reconocer la forma en que la poesía ha recogido estas dos condiciones básicas de la existencia.

A lo largo de mis lecturas he podido comprobar que quienes han tenido una vida desventurada también producen, aunque en menor medida, poemas hedonistas; y que quienes han llevado una vida venturosa y festiva, escriben asimismo poemas sombríos o trágicos. Lo importante no es por qué los abordan, sino cómo los abordan y cómo siguen siendo novedosos usando temas viejos.

Sor Juana Inés de la Cruz y Francisco de Quevedo estarían, en general, del lado de la historia del gozo, donde hay muchos autores como Dante Alighieri, William Shakespeare y otros. El soneto 165, “Fantasía contenta con amor decente”, de Sor Juana Inés de la Cruz es un ejemplo esplendoroso de esta primera categoría: “Detente, sombra de mi bien esquivo, / imagen del hechizo que más quiero, / bella ilusión por quien alegre muero, dulce ficción por quien penosa vivo. // Si al imán de tus gracias, atractivo, / sirve mi pecho de obediente acero, / ¿para qué me enamoras lisonjero/ si has de burlarme luego fugitivo? // Mas blasonar no puedes, satisfecho, / de que triunfa de mí tu tiranía, / que aunque dejas burlado el lazo estrecho // que tu forma fantástica ceñía, / poco importa burlar brazos y pecho / si te labra prisión mi fantasía”.

Los trágicos, de los que hicieron de la muerte y el sufrimiento una constante creativa, son los que más abundan. También, como en el caso de los cultivadores del amor, hay matices entre ellos. Están los que llegan a la locura (Hölderlin y Nerval), los que consagran al sufrimiento y a la muerte como una búsqueda o una liberación (Césare Pavese, Fernando Pessoa), los que llevan el sufrimiento con dignidad (Li Po) y los que asumen una culpa inexplicable, un martirologio personal (Dickinson, Plath, Cornejo, Pizarnik).

Este poema Emily Dickinson es muy elocuente: “Morí por la belleza, mas apenas/ me había acomodado en la tumba / cuando uno que había muerto por la verdad fue depositado/ en una tumba adyacente. / Me preguntó suavemente por qué había muerto. / ´Por la belleza´, le contesté. / ´Y yo por la verdad; ambas son una misma; / somos hermanos´, dijo. / Y así, como parientes que se encuentran una noche, / conversamos entre las tumbas / hasta que el musgo llegó a nuestros labios / y cubrió nuestros nombres”.

En el caso de Pessoa, un trágico por excelencia, la muerte lo ayudó a reencontrarse con su verdadero ser: “Yo, complejo y numeroso, yo, excesivo y sucesivo, yo, que desembarqué en todas las puertas del alma (…) ¿moriré entonces así? No: el universo es grande y todo puede volver en él (…) Entremos en la muerte con alegría. Se acabó la obligación de vestirse, lavarse, tener que razonar, simular, cuidar las maneras, tener riñones, hígado, pulmones, bronquios, dientes, todo lo que provoca enfermedad y sufrimiento (a la mierda todo eso) (…) Mi cuerpo es mi ropa interior. ¿Qué me importa que sea una basura enterrada en la tumba y devorada por gusanos? Soy Yo. He muerto, ¡viva yo!”

Amor (vida) y muerte (ausencia de ella) se han dado muchas veces juntas, se han resuelto en el espacio de una misma obra creativa. En algunos casos, hay poetas que han expresado el amor en un estado puro y otros que han escrito sobre la muerte y el sufrimiento en su estado más extremo. Me inclino a pensar, no obstante, y como dice un poema de Francisco de Quevedo, que siempre habrá un amor constante más allá de la muerte: “Cerrar podrá mis ojos la postrera/ sombra que me llevare el blanco día,/ y podrá desatar esta alma mía/ hora a su afán ansioso lisonjera;// mas no, de es otra parte, en la ribera,/ dejará en la memoria, en donde ardía:/ nadar sabe mi llama el agua fría,/ y perder el respeto a la ley severa.// Alma a quien todo un dios prisión ha sido, / venas que humor a tanto fuego han dado,/ médulas que han gloriosamente ardido,// su cuerpo dejará, no su cuidado;/ serán ceniza, mas tendrá sentido;/ polvo serán, mas polvo enamorado”.

CORTESÍA: Luis Idelso Albitres Mendo

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