CABALLEROS CON CABALLO

(Crónicas Chiquianas)

                                               EFRAÍN VÁSQUREZ

La presente crónica es más un atrevimiento irreverente a mis homenajeados, ya que la visión que tengo de ellos, es el escenario de un niño que, con admiración y asombro, los veía pasar altivos, en briosos corceles, estampa señera que mis pupilas guardan con respeto del Chiquian de antes; quiero al mismo tiempo pedir disculpas por cualquier omisión o exceso, que mi inquieta mente me obliga a escribir, agobiados por la <modernidad> reinante, quisiera también evocarlos con cariño, como los caballeros del siglo pasado, centuria a la cual también pertenezco.

Cerremos nuestros ojos y dejémonos llevar a es vieja calle Figueredo, escasa pedrería y charcos de agua por doquier, un muy bien cuidado portón verde se abre de par en par y el sonido típico de cascos bien herrados manotea la piedra, aparece Don Alcalá Carro, cuya estampa de jinete enjuto, aún cabalga en mi memoria, paso acompasado y parejo, terno oscuro bajo el poncho, botas de cuero hasta media pantorrilla, sombrero borsalino de ala ancha, riendas bien engrasadas a medio tirón en la mano diestra y, en la izquierda el infaltable cigarro que deja estelas a su espalda, avanza raudo por la calle Comercio y se pierde entre la neblina rozando Quihuillan.

Soleada la tarde se rebela al viento, los días de agosto reciben visitas, jr Leoncio Prado es media mañana y, Don Hermenegildo Bríos desciende del alazán cuya blanca cola seca, contrasta con el peto que sudoroso y nervioso, descubren un largo trajín desde Corpanqui, se abre el zaguán del viejo solar e ingresa el noble animal detrás de su amo. Al frente en la otra acera, un negro azabache relincha desafiante y reluce al sol el terno de plata que engalana al rocín, su jinete otea por el berrinche dado, que quiebra el silencio de la moribunda tarde, es Don Martín Vásquez de impecable terno, bigote recortado y reloj Longines de cadena plateada que se esconde tras el diminuto bolsillo del bordado chaleco, pie derecho al estribo, espuelas de estrellas sonido al viento, avanza a Chiccho, al potrero grande, verdor de postales en mil vistas vista.

Retén tu mirada y desvía la testa a agocalle, vislumbro a terco jinete que rienda en mano, da ruedos contrarios a chúcaro cuadrúpedo, es Don Nicolás Garro cariñosamente mentado “ocho horas”, botas de gamonal de cien mil hebillas, pasador de media lengua que queda muy corto, jergón por pantalón y fundillos de cuero, rienda recogida sujetando belfos, mirada de ira pisada atrevida, gritos y látigo al viento que someten al noble, círculos de arreo en plena calle, pasar por vereda nadie se atreve.

Una cuadra mas arriba en mismo jirón 28 de julio, un moro gigante repasa su vida, espera al montante que imagino magno y, sale Don Arturo Barrenechea que en ágil maniobra, trepa a la montura cual diestro jinete, de mil recorridos y, andante el blanco se encabrita, pero el pequeño chalán domina al bruto.

Ya para abrir mis ojos evoco un jumento, que atado al viento bosteza sediento, su escuálida armadura inverosímil y grotesca, hace juego al chalan que en jocosa estampa, saluda y espanta con mordaz cultura, es Don Alfredo Romero querido y amado, infalible amigo que la historia espera…

Don Teobaldo Núñez señero jinete, alista al saíno rumbo a Timpoc, cuyas tierras cultiva con tesón y cariño, día a día visita sin fatiga ni cansancio; tres cuadras más arriba, Don Manuel Pardo amansador y sanador, rasca con metálico cepillo el crin del bello corcel, mientras en otra cuadrícula Don Benjamín Robles descarga varios caballos traídos de la costa, son nobles en riendas y acompasado paso…ya para dormir acuso recibo, que desde los verdes de Huasta, desmonta cansado pidiendo inverna, Don Sabino Julca entrada ya la noche.

!Que bestia, que tal pajazo!!! Pero así era nuestro Chiquian de antaño, sin duda que me habré olvidado de muchos caballeros con caballo, viejos, maduros y jóvenes tal vez y, a quienes les pido la mas cara de las disculpas, pero, no puedo dejar de mencionar a mi buen amigo y hermano Don Roberto Barrenechea Martel, el buen Chopo, quien como buen remedo de “ocho horas” en algún momento de su alocada existencia, se dedicó a amansar un caballo, que al final de cuentas lo venció en buena lid, molesto y tal vez avergonzado, el Chopo lo enrumbó hacia Jaracoto, para que ya casi en media subida, el pobre caballo se rindiera, ya de regreso cuando desensillaba al cansado rocín, me acerco y le digo.

– Ta que eres bien abusivo Chopo ha, como lo vas a hacer subir a la carrera pues compadre.

– Noooo <me dijo> !así se amansa shay!!!

– Plop.—

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