III.-TESTIMONIO DE ALGUNOS SOBREVIVIENTES

3.A.-GUDELIA CARRIÓN VERGARA

Habiendo logrado la calle, justamente toda la familia, observamos el Huascarán que se desplazaba. Primero esto fue notado por césar, quien comunicó al resto de la familia para una urgente escapatoria hacia la altura del cementerio.

                                 La reacción desesperante al ver la magnitud del desplazamiento aluviónico, no dio lugar para nada. Optando correr a como pueda sin dejar a mi madre anciana. Ella por amor propio y por su incapacidad física le advirtió a Gudy con esta orden maternal: ¡DÉJAME…SÁLVATE TÚ!.

                                 Al principio corrimos todos. Después no recuerdo en qué momento nos desintegramos. Solo me doy cuenta cuando fuimos sorprendidos por la avalancha a la altura de la pista nueva que en aquel año iba construyendo la firma Payet. Sentimos un ruido fenomenal de tromba salvaje  y optamos en asirnos entre las manos, agotados por el cansancio y desesperación. Corríamos jalando como a una chiquilla a mi madre, pero ya era tarde. Logramos ver a vuelo de pájaro casi a todas las personas del barrio formando una masa sólida que iban de huida. Unos estaban caídos, otros trasmontaban la colina del Campo santo como gusanos, uno sobre otros. Era un cuadro horroroso y de espanto. Allí es donde fueron sorprendidas la densa masa humana y allí fuimos barridos. Luego reaccioné cuando todo había pasado y todo había desaparecido entre el fango, troncos y ramas de árboles; entre peñas y cadáveres. Era otro nacer, un dolor y un morir.

                                 …Logré salir del lugar trágico, gracias a la generosa acción de Toribio Ángeles, quien después del suceso había regresado a ver su casa que ya no existía. Vi que Ricardo Olivera trataba levantarse del fango, estaba mal herido y la columna malograda y otras partes del cuerpo. Así pudo hacer un esfuerzo y salir por sus propios medios, siendo auxiliado y puesto fuera de peligro por la paisana que se hallaba cerca.

                                 Fui auxiliada y llevada a Ichic Puna, donde la gente de buen corazón me dio vestido para abrigarme y reemplazar lo que tenía totalmente deshecho y lleno de lodo. Había perdido en un cerrar de ojos a mamá Lucha, Calolo mi hijo, a César, mi esposo y a Elena, mi hermana…

FUENTE: Huascarán Vida y Muerte, libro del Prof. Carlos Vilcarino Guzmán. Octubre

                                 1987.    

3.B.-MARIANO ARAYA ARAYA

                                       (FRAGMENTO) Caraz, capital de la Provincia de Huaylas.

                                 …Me quedé solo e impotente en mi intento, cuando providencialmente se apareció un personaje para mí de grato recuerdo, apodado Raccha Queso, quien, era un ayudante de los carniceros, poseía una musculatura hercúlea, se encontraba un poco borracho, al ver mi desesperación se quedó conmigo; empezó a sacar con cierta dificultad los adobes que aprisionaban a Carmen, no sé qué tiempo pasó pero al fin la vimos librada. Vi con desesperación que tenía incrustada una piedra en el crá, estaba ella inconsciente, la pusimos a un lado para continuar con la búsqueda de mis primas, distinguí que solo la voz de Gladys se escuchaba, pero se nos hacía difícil ubicar el lugar de dónde procedía. Se me ocurrió meter la mano entre los adobes a suerte de una intuición, cuando sentí que me cogió, entonces grité desesperadamente  a Raccha Queso para que me ayude, comenzamos a quitar los adobes, pero las maderas del balcón la aprisionaban, dejamos libre la cara para que pudiera respirar, mientras a indicación de él, fui a buscar una hacha, que felizmente encontré en la casa derruida de don Pedro Milla Urbano, vecino nuestro; logró cortar la madera después de más de una hora de titánico esfuerzo, cuando estaba a punto de ocultarse el sol. Al fin pudimos sacar el cuerpo, era la de mi prima Tere, ahora faltaba ubicar a mi prima Gladys, pero sus gritos eran cada vez más débiles, ya en ese momento había llegado mi tío Vitucho con mi tía, cuando al fin ubicamos su cuerpo, ya no mostraba señales de vida, pero aún estaba caliente el cuerpo, le aplicamos respiración artificial, más todo esfuerzo fue en vano, nos limitamos solo a sacarle del lugar para depositarla en una habitación que había quedado en pie, después liberamos dos somieres y dos catres para acondicionarlas como camillas, mientras a lo lejos seguíamos escuchando el ruido del huaico que se había originado en el río Llullán y el bramido del río Santa, al pie de la ciudad.

                                 Salimos con nuestras heridas hacia la parte alta de la ciudad para cobijarnos al pie de la Cruz Monumental como lo habían hecho muchas personas. Pasamos durante toda la noche en medio de las réplicas constantes del sismo, pero hasta ese momento ya habíamos ubicado a mis hermanos, que ante la huida hacia el aeropuerto de San Miguel tuvieron que girar hacia el cerro San Juan, porque el pabellón de nichos del cementerio para suerte de muchos se había caído bloqueando la carretera, salvándose así de entregarse a la inmensa mezcla de piedra, lodo y agua que se desprendió del Huascarán e hizo desaparecer a la ciudad de Yungay. Allí nos reunimos la familia completa, a excepción de mi prima Gladys. Esa misma noche volví con mis hermanos al hotel para sacar más somieres, así como frazadas y otros elementos que nos permitiera adecuar carpas de emergencia.

                                 Al día siguiente, cuando ya las autoridades empezaban a tomar las medidas que el momento exigía, pensamos en dar atención a los restos de mi prima, como felizmente mi tía el servicio funerario, nos proporcionó un ataúd, a manera de velorio rezamos por su alma durante una hora y media, para llevarla luego al cementerio viejo a enterrarla utilizando un nicho vacío.

                                 Mi prima Tere se mantuvo siempre consciente, había sufrido triple fractura en la pierna, pero no tenía el más mínimo corte, en cambio mi hermana Carmen, además de tener clavada una piedra en la cabeza, presentaba un corte profundo en la cara, a la altura de la mejilla, por donde se veía incluso sus dientes, y lo peor era que se le había salido un ojo de la órbita, ante ese estado lamentable vino el doctor Tolentino, médico yungaíno que se había establecido en Caraz, casado con una brasileña. Al auscultarla en medio de la noche dijo que no se podía hacer nada por ella, solo se tenía que esperar su muerte, se encontraba muy agitado porque era el único disponible para ver tantos casos de heridos, para suerte nuestra hizo acto de presencia la señora Esperanza de Espejo que nos ayudó mucho, porque en momentos que salía de la inconciencia mi hermana llamaba a mi mamá, y ella le hacía creer que era ella, consolándola durante toda la noche. Al día siguiente volvió el Dr. Tolentino, después de tomarla el pulso, volvió a señalar que definitivamente no se podía hacer nada por ella. La señora Esperanza hizo hervir agua para lavarle la cabeza, ya que estaba cubierta de sangre y lodo  y cuando la estaba lavando con los movimientos que hicimos salió la piedra incrustada en el cráneo pero seguía inconciente, la curamos con lo que pudimos, para dejarla por lo menos limpiecita hasta el desenlace , pero grande fue nuestra alegría en medio de tanta desgracia que al siguiente día comenzó a reaccionar, retornó el Dr. Tolentino para examinarla de nuevo, logrando volverle el ojo dañado a su órbita y curarle el párpado rasgado. El galeno había vuelto pensando más en extender el certificado de defunción, dándose con este milagro, aunque ella luego de breves momentos de consciencia volvía a la inconsciencia. En este trance reclamaba agua, quejándose de tener mucha sed, en esa circunstancia no había ni gota de agua por ningún lado, mi amigo Jorge Martínez vio que una señora tenía hervida una olla de leche, no pensó dos veces para aprovechar el primer descuido y correr a socorrer con ella a la enferma, fue como dos litros de leche que nos permitió atenderla durante los dos días siguientes…

FUENTE: Libro de Rómulo Pajuelo Prieto: VIDA, MUERTE Y RESURRECCIÓN, TESTIMONIOS SOBRE EL SISMO-ALUD 1970

3.C.- HUGO CÓRDOVA MILLA, SALVADOR DE LA HIDROELÉCTRICA DEL CAÑÓN DEL PATO

                      El día domingo 31 de mayo de 1970 me correspondió el turno para trabajar en el interior de la Casa de Fuerza de la Central Hidroeléctrica del Cañón del Pato, que viene a ser el sector más importante de la Central, considerada como la segunda de América.

                                 Estábamos en esa circunstancia Tomás Fajardo Gamarra como Operador Tablerista, fallecido hace poco, don Pascual Vásquez como Operador Maquinista y yo en mi condición de Auxiliar en la Sala de Máquinas. Por experiencias anteriores los sismos pasaban imperceptibles por las vibraciones de las enormes máquinas generadoras de electricidad, pero ese día las cosas fueron distintas los movimientos eran tanto horizontales como verticales de tal magnitud que nos vimos sacudidos y arrojados como si estuviéramos en ese juego infantil de la botella borracha. En unos segundos se cortó la energía al haberse accionado automáticamente las instalaciones de protección que tenían las máquinas, como consecuencia de la caída de las líneas de alta tensión por el movimiento telúrico y de los cerros.

                                 En ese momento no sabíamos a qué atenernos, pero en un primer momento pensando en la seguridad de la Casa de Fuerza cumplimos con las normas que se tenían establecidas frente a emergencias de esa naturaleza. Ya en plena oscuridad que se generó y el denso polvo fino que penetró dificultándonos la respiración y conociendo los ambientes conseguimos proteger las máquinas, logramos paralizar a las mismas, pero luego nos vimos en la imposibilidad de poder salir, porque daba la impresión de que el túnel hubiera sido bloqueada por caídas del cerro. Después nos enteramos de que había sido así.

                                 Entonces optamos por tratar de salir por el túnel de ventilación que existe en la parte posterior, empezando a caminar agarrados unos a otros, guiándonos por las paredes del túnel, pero para nuestro pesar se había cerrado. Ante esto, optamos salir por el túnel de descarga pero en las condiciones en que estábamos por la co9mpleta oscuridad y el ruido que escuchábamos del agua tan fuerte, nos indicaba que el agua seguía discurriendo por el túnel de descarga. Ante esta eventualidad pensamos en la cabina del ascensor, pero estaba a 30 o 40 metros y se escuchaba la caída de piedras, para quedar sepultado por enormes piedras provenientes de ola parte exterior.

                                 En esos momentos los tres nos preguntábamos por la suerte que pasaban en el exterior nuestros familiares y en esos momentos difíciles que vivíamos comunicados físicamen6te solo a través de nuestras voces porque no se podía ver nada, no nos quedó otra cosa que encomendarnos a Dios pensando en que nuestra hora había llegado, porque no teníamos alternativa para salir y el polvo nos asfixiaba prácticamente; y, así se nos ocurrió caminar hacia el exterior a tientas hasta donde pudiéramos llegar, y grande fue nuestra sorpresa al darnos a casi 10 metros con la ,puerta de ingreso y nos percatamos de que no se había caído el cerro, para nosotros mera como un eclipse total, porque a pesar de la hora el ambiente estaba a oscuras por la densidad del polvo.

                                 Aquí debo resaltar la intervención del Operador de la Bocatoma don Santiago Moreno Cullcush, trabajador caracino, aún con vida, él tuvo una acción heroica al cerrar la puerta de la bocatoma, de lo contrario hubiera ingresado el lodo del alud inutilizando los 9 kilómetros de túnel que existe en la casa de fuerza lo que hubiera significado una catástrofe para la central.

                                 Ya en la puerta de ingreso del túnel y cuando empezó a aclararse en cierta forma, vimos que el puente de acceso se mantenía aún, pero las piedras seguían, no nos quedó otra  cosa que arriesgarnos para pasar, uno tras otro; empezamos a correr, con tanta suerte que salimos los tres ilesos. Nos dijimos desesperados  hasta donde habían estado nuestras viviendas en el Barrio Obrero, pero la gente que se encontraba en la parte alta nos indicaban mediante señas y gritos que estaban en la parte alta, fueron solo unos cuantos minutos que vivimos en este trance, desesperados en busca de nuestra salvación. Ya cuando habíamos coronado la parte alta sentimos un ruido estremecedor en el cauce del río Santa, allí vimos espantados el inmenso alud proveniente de la caída de una parte del nevado Huascarán que devoraba todo en su camino, vimos como una inmensa masa de agua, lodo y piedra y hasta seres humanos, viviendas, vehículos, árboles en medio de un ruido estremecedor que parecía que efectivamente era ya el fin del mundo.

                                 El puente por donde momentos antes habíamos pasado, que tenía una buena altura al cauce del río Santa colapsó, el alud arrasó el puente, así como el Barrio Obrero donde habíamos establecido nuestras viviendas. Fueron 65 familias, para ser más exacto que vivíamos en ese barrio, quedando solo una plataforma de lodo, las aguas se llevaron todo,  nos quedamos como se dice “parados”, solo con la ropa que llevábamos puesto lo mismo que nuestras familias, que felizmente tuvieron tiempo de ponerse a salvo al ver que se había secado completamente el cauce del río, suponiendo que venía un aluvión como el que había ocurrido muchos años atrás en Los Cedros cuando se construía la central, y así todos los enseres, muebles, artefactos eléctricos que habíamos adquirido con cuantas ilusiones, desaparecieron de la noche a la mañana. Fue una experiencia traumatizante pero que nos sirvió de mucho en nuestra lucha por sobrevivir. En pérdidas de vidas humanas en Huallanca a consecuencia de caídas de viviendas fueron 8 personas.

                                 Pasado el sismo lo primero que nos comunicaron a los trabajadores de la empresa fue que evacuáramo0s al pueblo de Huaylas, nos dijeron que allí nos esperaban helicópteros para poder evacuar a nuestras familias. Pero no fue así, tuvimos que sufrir las inclemencias del tiempo porque Huaylas estaba en igual o peores condiciones que Huallanca. Tuvimos que pernoctar en ese clima acampando en la cancha de fútbol. La familia se quedó allí, tuvimos que regresar a trabajar en la habilitación de la central. Creo que los trabajadores de aquel moento y de los que quedamos aun, hemos hecho mucho por esa central que hoy en día es patrimonio de empresas extranjeras. En un momento pensamos que la empresa de entonces debía haber hecho algo por sus trabajadores en reconocimiento, pero esto nunca llegó, pero sí se premió a jefes que incluso nos abandonaron en los momentos más difíciles con condecoraciones y distinciones especiales, no recibimos ningún apoyo especial, los trabajadores ni siquiera fuimos tratados con alguna consideración y menos por parte de la empresa a pesar de que sabían de que habíamos perdido todo, ni siquiera se nos dio algún mueble, se dice que esos jefes recibieron en actos públicos medallas e incluso se dijo que habían recibido hasta incentivos económicos.

FUENTE: Libro de Rómulo Pajuelo Prieto: Vida, Muerte y Resurrección. Testimonios sobre el sismo-alud 1970. Pag. 37 al 39. Ediciones El Inca- Caraz, Ancash, Perú.

3.D.-ROSA CABRERA DÍAZ: “NO LLORES

        HUARACINITA” – FRAGMENTO

                      …había caído de cara, casi besando el piso que era de ladrillo, felizmente había quedado un espacio que permitía accionar la mano con el que empecé a escarbar. Pude hacer un hoyito que me permitió respirar aunque con dificultad, empecé a sudar copiosamente, luego sentí que me quemaba el cuerpo y me vino un sudor frío que me sentía morir. Me di valor para pedir auxilio, gritaba angustiosamente durante ese tiempo que se me hizo una eternidad, sentía algunas voces que provenían de fuera, eran los vecinos que trataban de rescatarme al percibir mis quejidos, pese a estar aplastada por las maderas y adobes, ya cuando estaba por perder totalmente el conocimiento sentía que me sacaban debajo de la mole de escombros en que había quedado la casa.

                                 Mis tíos, Lucho y Shipi, con ayuda de los vecinos habían acudido a buscarme, cuando vino la noche con velas y fósforos que habían quedado en la tienda, se pusieron a despejar el cúmulo de escombros, luchando toda la noche, hasta que al fin a las cinco de la mañana pudieron ubicarme y rescatarme después de más de 13 horas de haber permanecido sepultada.

                                 Al reaccionar pregunté por mi tía. Me informaron que seguía enterrada, no habían podido ubicarla, al enterarse mi mamá que me habían rescatado vino trayendo frazadas para protegerme, los buenos vecinos habían hecho una tarima de madera, llevándome a la casa de mi mamá. Luego al ver que presentaba hemorragia abundante me trasladaron al hospital, tenía varias fracturas, según escuchaba en medio de mi dolor, vino una ambulancia que me condujo al estadio de Rosas Pampa, de allí un helicóptero me trasladó a Anta y me llevaron en avión a Lima, me sentí en el aeropuerto grande donde esperaban muchas ambulancias: al sentirme sola lloraba desesperadamente, un enfermero muy bueno me consolaba diciéndome: “No llores huaracinita, te vamos a llevar a un hospital muy bonito donde te vas a sanar”.  Así me di con que estaba en el Hospital San Juan de Dios del Callao.

                                 Mi padre, que vivía en el Callao al tener conocimiento de mí, al ser puesto en conocimiento por mi prima Esperanza Díaz, se hizo presente, igual que toda la familia Díaz que es numerosa, no me dejaron en ningún instante estar sola, Luego de los exámenes detectaron que tenía fractura en la pelvis, pero luego me sobrevino un cuadro de intoxicación a consecuencia de los antibióticos que me habían aplicado en el avión, llegué muy mal, estuve buen tiempo con esas secuelas de la alergia y fue difícil sanarme.

                                 Estuve más de tres meses en el hospital, felizmente no me operaron, tenía al inicio medio cuerpo muerto, durante ese tiempo solo bebía agua porque tenía terror a los alimentos sólidos porque era un martirio ingerir porque me llegaba como fuego a la garganta debido a que había absorbido gran cantidad de polvo, estuve arrojando buen tiempo, por eso al ver que traían las charolas con el alimento me tapaba con la sábana para no verlos, ya cuando me dieron de alta en la casa de mis familiares poco a poco empecé a tomar calditos y así se fue componiendo el estómago.

                                 Ya después de ese tiempo fui enterándome de otras cosas, a mi tía Panchita le sacaron recién cinco días después, el 4 de junio que era la fecha de su cumpleaños, la encontraron bien abrazada de mi perrita “Cholita”, al querer bajar del segundo piso cayó con el movimiento fuerte. Huaraz había quedado destruido desde sus cimientos. A mi tía la enterraron envolviéndola en una calamina en el cementerio, donde luego la familia levantó un mausoleo en homenaje a su memoria, porque fue pura bondad para con todos nosotros. Supe también que la familia Maguiña que vivía en la vecindad habían fallecido las hermanas Rosita y Elena en el Colegio Santa Elena, donde habían asistido a una actuación. Mi mamá se salvó al introducirse debajo de la mesa que soportó el peso de los escombros al caerse la casa, luego de despacharme a Lima se instaló en una carpa en la avenida Villón pero sin dejar su casa durante el día, por eso es una  de las pocas  que se quedó en su propio terreno en las adjudicaciones que se fueron dando.

                                 Recuerdo como una premonición que llegó de Lima de visita mi prima Blanca en el mes de Marzo, ella vivía en Iquitos, cuando se encontraba conociendo el barrio Centenario, se produjo una lluvia torrencial acompañado de una granizada, a los ocho días recién acabó de disolverse (el granizo), quedando un tanto consternada por ese fenómeno que nunca se había dado en Huaraz, decíamos, por eso, que algo malo va a pasar, y ese presentimiento fue cierto, así como de la humita que no llegó nunca a cocinarse.

                                 Una vez recuperada regresé junto a mi madre a Huaraz para seguir trabajando. Felizmente en Caraz conseguí un trabajo que me ayudó. Estuve frente a una cooperativa de Consumo. En los primeros meses sentí al ver a mi ciudad destruida, causándome una desolación. Ya no estaban las amistades, algunos había fallecido0 y otras se habían ido, y así empecé a acostumbrarme a un nuevo Huaraz. Tenía yo para entonces 32 años de edad. Todo hasta ahora me parece un mal sueño pero es lastimosamente una triste realidad, sentir como de la noche a la mañana puede destruirse todo…

FUENTE: Libro de Rómulo Pajuelo Prieto: Vida, Muerte y Resurrección, Testimonios sobre el Sismo-Alud-1970- Pag. 87 al 90- Ediciones El Inca.

3.E.-TESTIMONIO, NUNCA CONTADO.- URSULA MENDOZA

            LEON

Al cumplirse 50 años del sismo de 1970, traigo al recuerdo la experiencia vivida cuando solo contaba con 5 años de edad.

Nada hacía presagiar que sería mi última estancia en aquella tierra de hermosos paisajes y un cambio en mi destino. Jugaba cerca de mi casa, en un pueblito de la provincia de Huaylas, con vista al imponente mar de Ancash.

De pronto sentí un movimiento, incapaz de sostenerme en pie, como pude corrí en busca de mis padres. Ellos se hallaban frente a la puerta, en medio de la calle, desconcertados. Los tomé de la mano, luego me agarré del vestido de mi madre fuertemente, al parecer recién se percataron de mí. El reloj marcaba las 3 y 23 p.m.

El sismo hacía de las suyas, las casas eran zarandeadas con tal fuerza y algunos no soportaron y se desplomaron. Los productos de las bodegas iban cayendo una tras otra. Se escuchaban ruido y llanto, y mi padre mirando al cielo solo atinaba decir: “!Dios mío¡, ¿y mi madre? “… creo que llegó el fin! Intensidad: 7.9 gs en escala de Richter.

Permanecimos agarrados, sin saber qué hacer. La gente corría y corría, unos pasaban heridos, otros cayéndose y levantándose, pero sin detenerse. Fueron 45 segundos. Pero suficiente para dejarnos exhausto, con un panorama desolador: 70,000 muertos, más de 20.000 desaparecidos, 143,331 heridos y más de 3,000 damnificados. Sin contar los daños materiales.

Luego, vino la calma y mejores decisiones, mi padre nos dijo iremos a la pampa, es más seguro, ahí pasaremos la noche. El lugar estaba a 50 metros

de la casa. De prisa y con miedo mi padre logró sacar frazadas para cubrirnos del frio.

Cada cierto tiempo la tierra temblaba, el pueblo estaba envuelto en la polvareda. Las piedras se desprendían de los cerros y rodaban, causando estupor en la gente. El sol, testigo silencioso, se ocultó en el mar, donde se registró el epicentro.

Llegó la noche. Los animales empezaron a salir de sus encierros, algunos irrumpieron en las casas y bodegas para devorar todo a su paso. A esto se sumaron los dueños de lo ajeno para llevarse cuanto podían aprovechando la ausencia de sus propietarios.

Al día siguiente, muchos pasajeros que seguían la ruta Caraz-Moro pidieron a mi madre que por favor les preparara desayuno porque estaban sin comer desde el día anterior. Ella se compadeció y preparó avena con leche y “cachangas”, sin aceite. Fue el mejor desayuno que probé en mi vida.

Después llegaría la ayuda fraterna en helicóptero, para ello nos desplazamos a Marmay, una inmensa pampa, a 2 km. aproximadamente del pueblito. Las familias que quedaron desamparadas recibieron frazadas y víveres.

Ahora, después del terremoto tocaba levantarse de los escombros y seguir adelante. Siguió la reconstrucción, otros se quedaron igual y algunas ciudades perdieron. Tal es el caso del hospital de Yungay, continúa con sus módulos y Caraz, perdió su aeropuerto “Oswaldo Luna”. U.M.L

3.F.-CINCUENTA AÑOS EN EL RECUERDO

(Surcos de Opinión).- Por: Edmundo Vargas Gonzales

El 31 de Mayo de 1970 se produjo el movimiento sísmico de 7.7 grados en la escala de Richter, habiendo sido su epicentro en el mar a 25 km de Chimbote.

Este terremoto abarcó un área de 81,000 kilómetros cuadrados, afectando a varios departamentos vecinos a Ancash.

En nuestro departamento, fue afectada la ciudad de Huaraz, donde el movimiento tuvo su principio a las 3:23 pm. del 31 de Mayo de 1970.  El número de afectados se elevó a miles de muertos y heridos.

Producido el sismo, Huaraz quedó completamente destruida, a excepción del barrio del Centenario que quedó en pie. Recordamos con dolor la destrucción total que sufrió la ciudad de Huaraz hasta decir que quienes nos salvamos, sufrimos las consecuencias de diversa índole, viviendo en carpas que se ubicaron en lugares estratégicos como en el Pedregal.

La falta de servicios, como por ejemplo el agua, se solucionó transportando del Río Paria, las primeras noches se pernoctó en carpas elaboradas con frazadas. En fin lo más trágico constituía la carencia de alimentos.

Una vez reconstruida la ciudad por el gobierno militar de entonces,  a partir de 1974 entregaron las casas de interés social, que fueron pagadas a plazos por varios años.

Han pasado cincuenta años de una catástrofe terrible que con el correr de los años siempre se recuerda con mucho dolor, haciendo votos de que nuestro amado Huaraz continúe progresando y que el Señor de la Soledad nos proteja siempre, y manteniendo una cultura de prevención de los hogares huaracinos ante futuros eventos sísmicos.—

3.G.- MI AMIGO OSCAR:

CRÓNICAS BAHIANAS | Olimpio Cotillo

TESTIMONIO DE ENRIQUE TINOCO (DESDE EL BRASIL))

Pensé que después del terremoto de 1970 ya había visto todo. Hoy estoy en medio de una Pandemia de escala mundial. A los cincuenta años del terremoto quiero homenajear a un amigo que ese evento forjó; ahora quiero decir algo al respecto de mi amigo Oscar.

Lo conocí allá en los idus de 1969. Era un jueves cultural en La Molina, el presidente del Centro Federado de Ingeniería Agrícola me pidió: “dile a ese compadre que sus invitados lo están esperando”, los invitados eran un grupo de cultura de la UNI, el compadre estaba jugando fulbito, di el recado, la respuesta fue: “yo no los invité”, y siguió jugando. Simple y directo, me gustó, lo anote en alguna parte de mi memoria y me fui a lo mío, había ensayo del coro.

El año siguiente, 1970, tuve una hepatitis, fui a parar en el hospital e después tuve que encarar una dieta prevista para seis meses, perdí varios kilos. Aquel 31 de mayo fui asistir la apertura del campeonato mundial de futbol en casa de una tía, al terminar el partido inaugural, México – Rusia, se produjo el terremoto cuyo epicentro, como se supo después, fue Huaraz, mi ciudad natal. Se acabó la dieta y cualquier otra consideración, el mismo día viajé a la región afectada. Intentamos la ruta de Pativilca, ¡imposible!, las carreteras estaban destruidas, así como los poblados, el horror nos anestesió, o por lo menos me anestesió a mí. Siguiendo grupos dispersos fui a tentar viajar por Casma; el desastre era igual y toda el área estaba ocupada por el ejército, para mantener un mínimo de orden. Arrastrado por esos movimientos caóticos, me encontré con un grupo de voluntarios que salían para Huaraz a pie, en él había varios molineros, me uní a ellos. Nos catastraron en la Defensa Civil, recibimos varias vacunas e, cada uno llevaría algunas medicinas que deberían ser entregadas en la brigada que encontrásemos al llegar.

Era un grupo de unos veinte voluntarios. Entre los molineros destacaban Oscar Gibaja, el compadre de los invitados, Jonas Perez, paisano de Cajacay y Sanchez Arrascue, cajabambino; también hacían parte del grupo algunos extranjeros y cuatro freiras. Un camión, requisado por el ejército, nos llevó hasta Yautan, última ciudad hasta donde se podía llegar por medio motorizado. A partir de allí seriamos nosotros y nuestra capacidad de encarar el desafío. Partimos, el mismo día llegamos a Pariacoto.

Al llegar, unas señoras nos avistaron y vinieron hacia nosotros, se dirigieron personalmente a Sánchez Arrascue y le pidieron: “¡Padre, por lo que más quiera, no siga adelante sin hacer una misa para nuestros deudos!”. El “cajacho”, y todos, nos sorprendimos por dos motivos: ¡era evidente que tenía apariencia de cura!, al mismo tiempo que era un convicto ateo. Las freiras dieron el tono de la solución, explicaron que “cajacho” era apenas un

voluntario, pero que sería realizado un oficio religioso, coordinado por ellas. Se reunieron todos los pobladores y fue realizada la ceremonia ofrecida. Dormimos allí.

Al día siguiente caminamos hasta Chacchan, donde ya se percibe la diferencia entre Costa y Sierra. La falta de preparación física comenzó a mostrar nuestros límites. Esa noche, en torno a una hoguera improvisada, hicimos una asamblea. El sentido común orientó el debate: era mejor quedarse por aquí y realizar el trabajo de voluntariado en torno de Chacchan, extendiendo el área de actuación hacia Pira, relativamente a la misma altitud, por cuanto cualquier área de la región necesitaba de ayuda. Coloqué mi situación en pauta: yo tenía un interés particular, estaba procurando mi familia, que estaba en Huaraz; Jonás presentó su caso, semejante al mío, solo que de Huaraz él todavía tendría que ir a Cajacay, vía Recuay; pedimos permiso para continuar viaje. El debate reprodujo todos los estilos de una asamblea universitaria, ¡faltaba más!, y solo hora y media después obtuvimos el permiso, entre otros argumentos porque Oscar Gibaja se ofreció, voluntariamente, a acompañarnos.

Al dia siguiente, de madrugada, después de un desayuno reforzado, con “quaquer”, partimos los tres, con las primeras luces del día, recibimos, todavía, sanduiches listos y, naturalmente, agua, que llevamos en botellas vacías de refrigerante, improvisadas en el papel de cantimplora. Nos esforzamos bastante, si la memoria no es ingrata pasamos por Yupash antes del mediodía, paramos para comer a la altura de Tingo y, entre las cinco y las seis de la tarde llegamos a Punta Callan, aproximadamente a 4200 m.s.n.m. Solo que estábamos en una situación en la que el cerebro daba órdenes claras y precisas que los músculos, en condición de ruinas, se negaban a obedecer; el peor de los tres era yo.

Avistamos una casa. “Que suerte, estamos salvados”. ¡Naca naca la pirinaca!. La habitaba una señora sola que, por ese motivo, como nos explicó sumariamente, no podía dar abrigo a tres hombres solos. Oscar asumió la negociación sin posibilidad de éxito. Comprendimos su punto de vista, lo respetamos y aceptamos la indicación de una choza de pastores, abandonada, donde podríamos, decía ella, abrigarnos durante esa noche. Allá fuimos, estaba medio destruida y casi sin techo, pero era lo que había; de cualquier manera ya no podíamos seguir porque con la noche llegó la oscuridad, surgieron las estrellas, lindas para mirarlas arriba, pero sin capacidad para alumbrar un metro de camino.

Cansados y sin más comida que algunas galletas de agua, el frio comenzó su trabajo. Decidimos sacrificar el techo, pero la paja estaba mojada, antes de media noche no habíamos conseguido encender un fuego y toda nuestra reserva de fósforos estaba agotada; el viento helado se colaba por todos los huecos de las paredes y el techo, nuestras narices chorreaban sin parar, los

pies y las orejas primero perdieron la sensibilidad y después la recuperaron en la forma de un dolor intenso…pasamos la noche dándonos palmadas unos a otros para mantener algo de calor.

Cuando las últimas sombras de la noche comenzaron a dispersarse, retornamos al camino, ahora era todo de bajada…nuevo peligro: es en la bajada cuando las piernas se convierten en gelatina con mayor rapidez. A media mañana, llegamos a Huaraz, donde, para mi alegría, una de las primeras personas que encontré fue mi padre…estaban todos vivos, sin casa, pero vivos. Mi papá disimuló una lágrima furtiva, porque él era de los que sostienen que “hombre no llora”; con mi mamá y mis hermanos fue diferente, claro. Jonás y Oscar fueron adoptados por mi mamá.

Pero, conforme las reglas aceptadas con la Defensa Civil, después de ver a mi familia nos quedamos en el campamento de voluntarios, realizando las tareas que nos eran encomendadas; Jonás obtuvo un nuevo permiso y siguió, un día después, para Cajacay, con otros paisanos que encontró. Con Oscar solo salimos cuando la ruta de Pativilca fue reabierta, quince días después, en un camión del ejército. Ese corto periodo, donde enfrentamos nuestros propios miedos, pero también sentimos el dolor ajeno, el miedo, la desesperación, al mismo tiempo que coraje, valor, esperanza, solidaridad; nos marcó para siempre, sentimos que habiendo llegado al fondo del pozo, nuestra única alternativa era subir. No fue necesario decir nada, ¡simplemente éramos amigos para el resto de nuestras vidas!

Al terminar la universidad…pero eso ya es otra historia.

Esa marca me sirve hoy para encarar en Terra Brasilis semejante sensación de haber llegado al fondo del pozo cuando asisto el video de una reunión ministerial, donde, independiente de los temas tratados, el estilo y el lenguaje chulo utilizados recuerda una reunión de cantina arrabalera. ¡La única opción es subir!

¡Gracias Oscar!

Enrique Tinoco

Salvador, 22 de mayo de 2020 (Brasil).

3.H.-Fragmento: 92 PERSONAS NOS SALVAMOS

 EN EL CEMENTERIO DE YUNGAY

A 42 AÑOS DE UN AMARGO RECUERDO

Yungay luego del sismo-alud del 70

                        Ing. Mateo Casaverde

        …El vehículo que nos servía de transporte…saltaba verticalmente con tal fuerza que era difícil su control. Observamos desde el carro cómo se desplomaban las casas de adobe y un puente próximo sobre la carretera. Se podía observar con mucha mayor claridad la componente vertical de las ondas sísmicas. Aparentemente, la componente vertical era más intensa que la horizontal. Igualmente se podía observar cómo se producían ligeras grietas sobre el asfalto de la carretera. Simultáneamente, por su puesto se observaron deslizamientos de tierra de pequeña magnitud, con bastante polvo, con mayor extensión sobre la Cordillera Negra. En otras partes del Callejón se informa que se han registrado deslizamientos mayores. La Cordillera Negra es prácticamente seca en relación a la Blanca ya que ésta contiene la serie de nevados de picos altos, entre los 5,000 y 7,000 metros de altura que hacen del Callejón de Huaylas una región de mucha atracción natural.

            “Abandonamos nuestro vehículo, prácticamente cuando el terremoto estaba terminando. Escuchamos un ruido de baja frecuencia, algo distinto, aunque no muy diferente del ruido producido por un terremoto. El ruido procedía de la dirección del Huascarán y observamos entre Yungay y el nevado una nube gigante de polvo color casi arcilla. Se había producido el aluvión, parte del Huascarán Norte se venía abajo. Eran aproximadamente 15:24. La avalancha se produjo como efecto del terremoto. En la vecindad donde nos encontrábamos el único lugar que ofrecía una relativa seguridad contra la avalancha era el cementerio, construido sobre una colina artificial, una huaca incaica. El cementerio era circular con cinco terrazas donde estaban los sistemas de nichos. Un Cristo de cemento blanco, de unos 6 a 8 metros de altura se yergue imponente sobre el cementerio con los brazos abiertos hacia el Huascarán. Corrimos unos 100 metros de carretera antes de ingresar al cementerio que también había sufrido los efectos del terremoto. A la entrada del cementerio atiné a voltear la vista hacia Yungay, en ese momento se podía observar claramente una ola gigante de lodo color gris claro, de unos 60 metros de alto que empezaba a romperse en cresta y con una ligera inclinación que iba a golpear el costado izquierdo de la ciudad. Esta ola no tenía polvo. La nube de polvo se observaba detrás de Yungay, posiblemente sobre la quebrada principal que desemboca en Ranrahirca. Precisamente esta quebrada al costado sur de Yungay, y de un ancho medio de 60 metros, además de una pequeña colina encima de la población, eran la esperanza y protección contra cualquier aluvión procedente de las alturas. En nuestra carrera sobre las escalinatas de entrada a las terrazas del cementerio, derruidas por el terremoto, logramos alcanzar la 2ª terraza y encontramos la vía a la tercera terraza más obstruida y con un hombre, una mujer y tres niños tratando de alcanzarla, desviamos a la derecha sobre la misma segunda terraza cuando un golpe seco de látigo, una porción de la avalancha alcanzó el cementerio en su parte frontal, prácticamente al nivel de la segunda terraza. El lodo pasó a unos 5 metros de nuestros pies. Se oscureció el cielo por la gran cantidad de polvo, posiblemente originado de las casas destruidas de Yungay. Volteamos la mirada, Yungay con sus 20,000 habitantes había desaparecido en pocos segundos. Un silencio paradógicamente sepulcral: solamente continuaba aquel ruido bajo, que indicaba que la avalancha seguía su camino por el río Santa, y el mayor volumen de la avalancha proseguía seguramente a menos velocidad por Ranrahirca. Había pocas rocas, todo era lodo gris y hielo. Era un lodo viscoso que sobre la ladera de Yungay se quedó totalmente estático, ofreciendo un cuadro dantesco. El cementerio había salvado a 92 personas, la mayoría adolescentes de ambos sexos; aquellos que podían correr más y estaban cerca del cementerio.

            “Observaciones posteriores del Prof. Liboutry de la Universidad de Grenoble, Francia, verificaron que la avalancha se produjo por el desprendimiento de una porción de la cumbre del Hascarán Norte, entre 5,000 y 6,000 metros de altura, desprendimiento con un volumen aproximado de un millón de metros cúbicos de hielo El cual cayó sobre el glaciar conocido como el Nª 511, posiblemente en unos 15 segundos, para arrastrar más hielo y rocas morrénicas de 0.8 Km2, con un espesor de 30 metros cúbicos más de hielo con una velocidad próxima a los 300 Km. por hora. La distancia de unos 13 Km. , cubierta por la avalancha entre 2.5 a 3.0 minutos tiene un desnivel aproximado a los 4,500 metros entre el Huascarán y el río Santa. Esta estimación se deduce de nuestra carrera de unos 100 metros de carretera y unos 60 a 80 metros dentro del cementerio después de abandonar el vehículo cuando prácticamente estaba por terminar el terremoto y observamos que la avalancha ya estaba en camino. El terremoto duraría unos 40 segundos. Dada la pendiente entre el Huascarán y el río Santa, se estima que la avalancha pasó por Yungay aún con mayor velocidad de los 300 Km. por hora iniciales (posiblemente unos 550 Km. por hora) debido a la aceleración del aluvión. La fricción a la que se sometió el hielo, con la consiguiente liquefacción en su mayor volumen, arrastró rocas morrénicas y pizarra dejando a su paso un lodo grisáceo. El aluvión que pasó por Yungay, fue solamente una fracción pequeña, un rebalse, de todo el volumen original en el Huascarán.

            El nivel del lodo estancado del aluvión es muy variable sobre la pendiente de Yungay. Se podría estimar un promedio que varía entre 1.5 a 2.5 metros. En la parte frontal del cementerio, alcanzando la segunda terraza un nivel acumulado de aproximadamente 10 metros. A las 16.30 se pudo observar solamente la silueta del sol por la fuerte polvareda que se había sentado sobre el Callejón, reduciendo intensamente la visibilidad.

            Las 92 personas, nos refugiamos en la cima del cementerio hasta el día siguiente en la mañana. Durante la noche se sintieron unas 25 réplicas de las cuales por lo menos 3, las más fuertes, estuvieron acompañadas por ligeras avalanchas por Ranrahisca, indicadas por el ruido típico que producían.

            El lunes en la mañana nos transferimos a otra colina llamada Huariscoto, detrás del cementerio, aprovechando que el lodo no había culminado su carrera en esa parte del (río) Santa. Allí encontramos unos 100 campesinos refugiados. Luego a medio día logramos atravesar el lodo en la parte más baja aprovechando la presencia de un muro de contención de piedra y concreto que sobresalía ya muy cerca al río Santa. Nos integramos a un campamento en la parte alta al Norte de Yungay. Habían pasado muchas horas de angustia y siempre con el temor de nuevas y posibles avalanchas…

(Pag. 536-540 del libro: Bajo el Signo del Terremoto

        de Daniel Hammerly Dupuy)

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