IV.-VISIÓN INTEGRAL DEL SISMO DEL 70

4.1.-HUARAZ: 1970

Templo del Señor de La Soledad, antes del sismo del 70 (Foto: Cortesía Erasmo Manuel Cóndor Trinidad)

MARCOS YAURI MONTERO

Desde el 31 de mayo de 1970 al 31 del mismo mes del 2020 han pasado cincuenta años, tiempo largo o corto según cómo se le aprecie. Tiempo de recordación así como para reflexionar. De recordación, porque para Ancash y sus pueblos, en particular para Huaraz, su capital, estos 50 años cubren una dolorosa Historia. Historia con mayúscula (History) a diferencia de historia, con minúscula (story), pues el terremoto del 31 de mayo de 1970 es un acontecimiento que cambió de modo drástico e irreversible la vida, el espíritu, las costumbres, la cultura, el imaginario, e inclusive la identidad de los pueblos y ciudades abatidas por la catástrofe. Los muertos según cifras oficiales sumaron 70 mil, pero según datos memoriales llegaron a 120 mil, cifra brutalmente pavorosa. Huaraz literalmente desapareció, se convirtió en tierra de nadie debido a la muerte y al éxodo, adonde se precipitaron oleadas de migrantes de todas partes del Perú, que a la sombra del sueño de la reforma urbana que pensaba imponer el gobierno militar de Velasco Alvarado, se apoderaron del casco urbano, fenómeno que devino en la tenencia de propiedades por extraños con perjuicio de los sobrevivientes que se quedaron sin techo por la expropiación del suelo de sus antiguas viviendas. La desaparición de la vieja Huaraz heredera de la cultura ancestral y de los siglos XIX y XX occidentalizada, mestiza, andina dio paso a la multiculturalidad, la hibridación y diversos fenómenos. Hoy, Huaraz del s. XXI es una ciudad que crece de modo informal en todos los aspectos: urbanístico, económico, comercial, social, cultural, etc. Es desordenada, semirrural, semiurbana, híbrida, alcanzada por una modernidad no del todo moderna, sino una modernidad chicha.

Históricamente, Huaraz luego de su nacimiento como producto de la reducción toledana fue una ciudad indígena y mestiza. Exceptuando a sus presuntos fundadores Jerónimo de Aliaga o Sebastián Torres que fueron poderosos y brutales encomenderos, los pocos españoles que se afincaron fueron gentes de tercera clase, pobres, muchos de los cuales se establecieron en la periferia, en el mundo que más tarde se denominó “estancias”. La pulverización de Huaraz por el sismo, significa la destrucción de una realidad social, económica, cultural, histórica, etc. que a través del siglo XIX y gran parte del XX, fue forjada de modo continuo y cíclico. Los viajeros europeos del s. XIX: Stevenson, Middendorf, Nowlan, Raimondi y otros que la visitaron produjeron testimonios contradictorios. El escritor peruano Abelardo Gamarra (El Tunante) que la visitó en 1883 emitió un testimonio de un Huaraz que pese al olvido del Estado no era una comunidad anquilosada. Tenía 3 Colegios: “La Libertad”, “San Agustín”, “Dos de Mayo”, este para señoritas; varias imprentas donde se imprimía hasta 6 periódicos, entre ellos El sol de los incas que durante el alzamiento de Cochachin y Atusparia (1885) fue el órgano ideológico dirigido por Montestruque; tenía boticas, fondas, profesionales y 10 mil habitantes. Este Huaraz de fines del s. XIX e inicio del XX fue modernizado por el Alcalde Pedro García Villón (carhuacino). Erradicó el viejo cementerio que estaba en el corazón de la ciudad e hizo construir uno nuevo en el lugar denominado Pilatarac; modernizó el viejo hospital colonial de los betlemitas, remodeló el viejo Colegio de La Libertad, hizo construir el Óvalo Villón cerca del rio Quillcay (arrasado por el aluvión de 1941). Su gran obra fue su proyecto de la construcción de una carretera que atravesando la Cordillera Blanca por Quellquehuanca llegaría a Huari para extenderse en el futuro hasta la selva. No lo pudo ejecutar porque en la expedición de estudio (1904) sufrió un grave accidente que le produjo una larga agonía y la muerte. En la década de l920, Huaraz vivió la segunda modernización; por entonces ya había llegado el teléfono (1910); eran frecuentes las visitas de compañías de ópera y zarzuelas que daban funciones en el Teatro Rivera. Huaraz exportaba lanas, cueros, minerales, originando una clase media que no solo cultivaba el negocio sino la vida social y la cultura. Este sector dio nacimiento a un Huaraz moderno en la orilla norte del Quillcay (El Centenario) donde se construyó hermosas casas que al estilo francés eran llamadas chalets. Llegaron muebles europeos, sillas vienesas, espejos, catres bábaros. Este sector se diferenció del viejo casco urbano donde había casas de distintos tamaños y estilos, desde las pobres y modestas con patio y un huerto, y viviendas con viejo diseño europeo, esto es de gran tamaño, con zaguán, patio con jardines en cuadrícula, columnario griego, al frente el salón y a los costados habitaciones y al fondo, después del salón el traspatio y más allá el corral. Se alzó el gran convento de los Descalzos en la Avenida Tarapacá, de estilo neogótico que se sumó a los edificios de las iglesias de los cuatro barrios, el de Belén de estilo barroco en yeso al lado del viejo hospital con frontis neoclásico. El Huaraz moderno donde estaba la bella avenida Raimondi, donde en la parte occidental cerca al Estadio Rosas Pampa, se alzó el hotel para turistas, la prestigiosa escuela: Centro Escolar de Abajo, la plaza de toros y el campo de tenis. Este Huaraz moderno fue arrasado por el aluvión de 1941.

Huaraz no fue cuna de feroces terratenientes, había propietarios pequeños, aparecieron industrias locales: la fábrica de cerveza y gaseosas, de velas, losetas, ladrillos, tejas, caramelos, jabón, la curtiduría, confección de ropas, tiendas comerciales. Luego vendría la apertura al exterior debido a la construcción de las carreteras, entre ellas a Lima. La actividad cultural floreció, nacieron grupos literarios (“Vesperal”) A partir de 1925, la clase media accedió a la universidad: y los universitarios en el tiempo vacacional realizaban en Huaraz una labor cultural junto con los obreros y artesanos; nació la Asociación de Obreros y Artesanos de Huaraz, que fundó una biblioteca al servicio de la comunidad. (Jirón Sucre, 3ª cuadra). Llegó la radio, el cine, equipos musicales: fonógrafos, victrolas, discos de carbón de 70 revoluciones con música de los grandes maestros, tangos y melodías populares. Las familias de la pequeña y alta clase media cultivaban las reuniones de música y canto, y se importó pianos. (Este dato le causó asombro a la antropóloga norteamericana Bárbara Bode; en su libro No bells to toll. Destruction and creation in the Andes (1989, Nueva york) ha ironizado el dato que le proporcioné). La vida transcurría en un ambiente pacífico, había una relación estrecha y de parentesco entre la ciudad y el campo; este surtía a la ciudad alimentos, leña, carbón, ganado, hielo. Los campesinos entre los cuales había muchos pobres, eran jornaleros, estibadores en la ciudad, excelentes albañiles (casi arquitectos), constructores de bonitas casas. Al finalizar la primera mitad del s. XX (1950) a Huaraz llegaron las olas de la tercera revolución industrial. La ciudad empezó a expandirse por los cuatro costados, pero más por el norte, donde nacieron urbanizaciones, creció el comercio, se incrementó el turismo, se construyó el aeropuerto en Anta. Huaraz estaba dentro del fenómeno de la mundialización, merced a los medios de comunicación: por los sesentas llegaron los hippies, la música europea, la betlemanía, las ideas de avanzada se vigorizaron. Huaraz aspiró no solo al desarrollo económico sino también acceder a la cultura, nació el anhelo de tener una universidad, aspiración que dio una heroica batalla que causó muertos y heridos en las grandes marchas (Mayo, 68). La actividad cultural se amplió, se fundó la Escuela de Bellas Artes Teófilo Castillo gracias a las gestiones del pintor Humberto Chávez Bayona que fue su primer director y la Escuela de Danzas Folklóricas, se creó el INC. La GUE “Toribio de Luzuriaga” se convirtió en un núcleo de cultura con profesores que formaron promociones prestigiosas, además de ser un centro de docentes con inquietudes que aspiraban al cambio en el orden nacional. Este Huaraz que apuntaba a un futuro mejor fue abatido el 31 de mayo de 1970 por el sismo.

Reconstruida la ciudad con las recomendaciones de los técnicos de las Naciones Unidas para que en el viejo casco urbano no se construyeran edificios de más de 3 pisos, debido al suelo húmedo y cenagoso, emergió una nueva realidad. Muchos descendientes de los migrantes del tiempo del desorden asumieron un adanismo parricida: negaron al viejo Huaraz donde, según ellos, no hubo una real vida social y cultural. Formados en una izquierda improvisada, cuestionaron a los escritores, artistas e intelectuales del pasado, cultivando la ilusión de ser los fundadores de la cultura, según ellos, en la “baldía” comunidad antigua. Aquí nace una reflexión. Un país, una nación, una comunidad, son sus vivos y sus muertos, es decir la nación o la comunidad tienen pasado y presente: el presente interpreta al pasado, y este es o no escuela al servicio de la vida. Muchos analistas académicos peruanos y extranjeros de la literatura peruana asocian el desastre del 70 a la cancelación definitiva del viejo orden andino (Antonio Cornejo Polar, Françoise Aubes), debido a la coincidencia con la reforma agraria del gobierno militar y al desborde popular (Matos Mar). Ciertamente el desborde popular ha impactado y sigue impactando no solo en el Huaraz actual, igual que la informalidad, la mundialización, la modernización, etc. ¿Qué reflexiones debemos hacer en este 31 de mayo del 2020? Ciertamente muchas. Hoy, Huaraz tiene la Universidad anhelada, fruto del sudor, de la sangre, de la muerte y del dolor. Extraña mucho que esa casa de estudios carezca en la facultad de educación de la especialidad de Historia en un mundo donde hay tanto para investigar y, reflexionar acerca de muchos temas, como por ejemplo la identidad, la realidad social. ¿Qué pensar de una realidad donde los padres del sector rural ruegan a los profesores que a sus niños no les den lecciones en quechua sino en castellano? Los especialistas nos deben muchas explicaciones, así como de trabajos que deberían acercarnos a la cultura ancestral andina para revitalizar nuestra identidad. En cuanto concierne al universo cultural, literario y artístico, este debe abrirse a la creación en la interseción del Uno con el Otro y no encerrarse en un indigenismo ortodoxo (1920) o un regionalismo ultrarreaccionario, porque como al decir del historiador Johan Huizinga los viejos paradigmas son llaves que ya no entran en la cerradura. Quedarse prisionero de los viejos dogmas es negarse a sí mismo y contribuir al desorden, a la desarticulación del país, que pese a los dos siglos de vida independiente aún no se acerca a la integración y formalización. Seguimos siendo un país dividido en trozos donde cada parte quiere ser el primero desencadenando el racismo, la informalidad, la envidia, discriminaciones. Si la Historia debe estar al servicio de la vida, es necesario distinguir lo enaltecedor y lo negativo. La Historia recoge lo grande, lo bello, así como lo perverso, porque la Historia no es una invención; y el buen historiador tiene que acercarse cuanto pueda a la verdad, sino no lo hace conspira contra la cientificidad de dicha ciencia social. En el caso peruano subsisten un milenarismo y mesianismo frustrantes es decir un modo de pensar y desear el futuro no a la manera utópica que apunta al futuro, sino esperando el retorno del pasado que se cree fue idílico. Somos un pueblo que justifica sus torpezas remitiéndose a los viejos traumas de la conquista y del desorden impuestos por las dictaduras, la mediocridad, la corrupción, la violencia. Por eso, no solo los políticos, sino también los ideólogos y escritores no salen del sueño del retorno de las huacas. Esta forma de pensar es altamente negativa porque es una forma de permanente autovictimización y de conformismo, Es preciso superar los traumas del pasado y el remedio para esta tragedia es una forma de olvido. El olvido es una forma que la historia misma inspira; olvidar la oscuridad y la perversión, pero sin descuidar el recuerdo para el castigo, con la prospección de que en el futuro nunca más se repitan las brutalidades. El Huaraz presente merece ser conducido a un futuro mejor. Entonces es necesario que las autoridades regionales, los gobiernos locales, la comunidad entera, los capitalistas, la escuela, el colegio, la universidad desplieguen una labor redentora fomentando la inversión, la industrialización. Que se reactive e industrialice la actividad agropecuaria utilizando los campos agrícolas abandonados debido a la migración interminable. Huaraz merece ser una ciudad desarrollada, higiénica, limpia, culta. Que el huarasino cultive valores, erradique la corrupción, el robo, la incapacidad, el vicio (alcoholismo), la torpeza. Huaraz debe ser una ciudad ordenada, no debe contaminar el ambiente, por ejemplo debe respetar al rio Quillcay, antes límpido, hoy convertido en un rio muerto debido a la basura. Todo esto y muchísimo más para que los turistas extranjeros no digan lo que todos saben: que “Huaraz es la ciudad más horrible”. Aquí me quedo soñando volver a la tierra. . Si hay interés en saber de Huaraz les remito a mis libros: Ancash o la biografía de la inmortalidad, Ancash en el tapiz: imágenes de su historia y cultura, El señor de la Soledad de Huaraz. Discursos de la abundancia y carencia. Resistencia andina, la novela No preguntes quién ha muerto. Este texto ha sido escrito entre las brumas del encierro mundial debido a la pandemia del covid-19. He respondido, de algún modo al pedido de mi amigo, el periodista y poeta Olimpio Cotillo. En la amargura de este encierro he recordado la opinión de Erik Hobswaun, para quien el siglo XIX fue largo, siglo de desarrollo sostenido, en tanto que el s. XX fue corto, un tiempo de desarrollo, producción, destrucción y violencia llevados a los extremos. Muchos amigos han muerto: Pepe Salazar, Reynaldo Trinidad Ardiles, ambos periodistas, los poetas Rodolfo Hinostroza y Arturo Corcuera, Fanny Reyna, mis colegas de La Libertad y del Luzuriaga, el historiador Augusto Alba Herrera. Tengo la impresión de haberme quedado solo, en este mundo que no sabemos si nos llevará a un nuevo Renacimiento o a la destrucción y al olvido.

Miraflores, 1 de mayo del 2020.

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