ECOS SONOROS DEL 50 ANIVERSARIO DEL SISMO (Desde Alemania)

El Cementerio de Yungay, esa tarde, en vez de sepultar, salvó vidas. Hoy, es el principal atractivo turístico de la localidad.

50 años tras el terremoto de Áncash: ¿qué aprendió Perú?

                                               Por: Rosa Muñoz Lima

El 31 de mayo de 1970 un terremoto y un posterior alud, convertido en aluvión, dejaron una estela de muerte y destrucción al norte de Lima. ¿Qué ha cambiado en el país desde entonces?

El Cementerio de Yungay, esa tarde, en vez de sepultar, salvó vidas. Hoy, es el principal atractivo turístico de la localidad.

El día fue, como en este 50 aniversario, domingo. A las 3:23 de la tarde, la tierra comenzó a temblar en Lima. Muchos acababan de ver el partido inaugural del mundial de fútbol México ’70, donde la selección peruana debutaría dos días después, recuerda la prensa capitalina.

Vivieron 45 segundos de pánico. Pero, ni el terremoto de magnitud 7,9 en la escala de Richter y máximas intensidades entre VIII y IX en la de Mercalli afectaría gravemente a la capital peruana, ni el desastre de ese día terminaría con él.

Dos desastres en uno: terremoto y alud-aluvión

El epicentro del movimiento telúrico se ubicó en el mar de Chimbote, en el departamento de Áncash, a 375 km de Lima. Y desató además un alud: “una gran masa del glaciar del Huascarán cayó sobre su cara sur. Originó una gigantesca masa de tierra, rocas, árboles, barro, que se convirtió en aluvión” y arrasó localidades enteras como Yungay y Ranrahirca, cuenta a DW Néstor Coral, hoy director en Áncash del Instituto Nacional de Defensa Civil (INDECI).

Mapa de Perú: terremoto de Ancash.

Los efectos destructivos de estos fenómenos cubrieron un área de 65.000 km cuadrados. Afectaron prácticamente a todo el departamento de Áncash y el sur del de La Libertad: más de 3 millones de habitantes sufrieron consecuencias. 186.000 fueron considerados como damnificados. Y al menos 150.000 resultaron heridos, según un noticiero de la época.

De 38 poblaciones, 15 quedaron con más del 80 por ciento de las viviendas destruidas, el resto sufrió daños de consideración. En 18 poblaciones con más de 300.000 habitantes en total y 81 pueblos pequeños con casi 60.000, los alcantarillados quedaron inhabilitados.

La capacidad de generación de energía eléctrica de los departamentos de Áncash y La Libertad quedó reducida al 10%. El 77% de sus caminos se interrumpieron, así como el 40% de los de Chancay y Cajatambo, al norte del departamento de Lima. Y más de 6.500 aulas de centros educativos quedaron destruidas, resume un informe-testimonio del fallecido geofísico y asesor científico del INDECI Mateo Casaverde.

El Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS) lo considera como “uno de los terremotos más destructivos del mundo”, con al menos 70.000 muertes. El novelista ancashino, Marcos Yauri, a quien el sismo le arrebató dos hijos en Huaraz, refiere un recuento “memorial” mayor, de hasta 120.000 muertos, asegura a DW.

Lea también: Marcos Yauri: “El Perú ha cambiado muy poco”

Refugios: el cementerio, el circo, las adopciones

Cementerio de Yungay, en junio de 1970.
Cementerio de Yungay, en junio de 1970.

Yungay, que a Marcos Yauri le recuerda a Pompeya, quedó totalmente sepultada por el alud. Sólo unos 300 de sus 20.000 habitantes sobrevivieron: 92 corrieron hacia su peculiar cementerio, circular y elevado, con varios niveles de terrazas, sobre el lado oriental de una colina. Entre ellos estaba el geofísico Casaverde. El resto fueron niños que visitaban el circo itinerante Verolina, instalado en lo alto del cerro Atma, desde donde vieron desaparecer a sus familias y las vidas que habían llevado hasta entonces.

 “Muchos de estos niños que quedaron huérfanos fueron adoptados en el extranjero, en EE. UU., Canadá y diferentes países de Europa. Después de muchos años, han regresado a intentar localizar sus casas. Han levantado referencias, mausoleos, y se han organizado para conmemorar esta hecatombe”, confirma el director del INDECI en Áncash.

Reasentamiento, reacción y prevención

“El país no estaba preparado para afrontar un evento de esta magnitud”, dice la arquitecta Guadalupe Masana, especialista del Centro Nacional de Estimación, Prevención y Reducción del Riesgo de Desastres (CENEPRED). No había protocolos de actuación. Así que Yungay fue reubicada a escasa distancia al norte de su localización original. Y otras poblaciones como Ranrahirca y Huaraz se reconstruyeron prácticamente en el mismo lugar.

Eso sí, en 1972 se crea el Sistema Nacional de Defensa Civil, con el INDECI como ente rector, como una consecuencia directa de la tragedia. Aún “se tenía una concepción reactiva”, de gestión de desastres, explica Coral. Y no es hasta después del terremoto de Pisco, en 2007, que se comprende la necesidad de trabajar en la prevención, precisa.

Pero no sería hasta esta década que “evolucionamos hacia un Sistema Nacional de Riesgo de Desastres, consecuente con el avance de otros países del mundo hacia una cultura de la prevención”, relata este experto del INDECI.

Desde 2011, se involucra gradualmente a las autoridades distritales, provinciales y regionales. El Gobierno nacional interviene, previa declaratoria del estado de emergencia, cuando se ven superados todos los niveles de respuesta. Y además de la gestión reactiva, se incorporan la prospectiva y la correctiva (para estimar y reducir el riesgo de desastres, respectivamente). Es así que se crea el CENEPRED, encargado de las nuevas gestiones. 

A mayores riesgos, ¿mayor preparación?

En la actualidad, los niveles de riesgo y especialmente la vulnerabilidad de las personas se han incrementado. Por un lado, está la explosión demográfica en el país. Por otro, la corrupción o desidia de algunas autoridades a lo largo de los años, que permitieron que se construyera en zonas de riesgo; el crecimiento explosivo de construcciones sin una adecuada planificación territorial; o las viviendas autoconstruidas en contextos de pobreza, confirma la arquitecta del CENEPRED.

Y está también el calentamiento global, que ha provocado la desglaciación y la formación de cientos de nuevas lagunas, como la de Palcacocha, sobre las principales ciudades del Callejón de Huaylas, advierte el experto del INDECI.

“Las lagunas están controladas, con diques, sistemas de compuertas y desagües. Pero no dejan de ser un riesgo, no inminente, pero sí latente”, subraya. De ahí que las autoridades trabajen en sistemas de alerta temprana, para permitir a la población resguardar sus vidas, a través de alarmas, rutas de evacuación, zonas seguras, etc.

Además, suele recordarse el terremoto de 1970 con un Simulacro Nacional de Sismo y Tsunami, que estaba programado este año para el 29 de mayo y quedó suspendido por el coronavirus. Y el sistema de educación tiene una programa para formar a las nuevas generaciones. “Va a tomar muchos años”, advierte Coral, “pero es la única forma porque, lamentablemente, no tenemos asentada una cultura de la prevención”.

(cp)

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El Huascarán es la montaña granítica culminante de los Andes peruanos, con una altura de 6.757 metros.

Marcos Yauri: “El Perú ha cambiado muy poco”

A 50 años del terremoto de Áncash, que segó la vida de al menos 70.000 peruanos, incluidos dos de sus hijos, el escritor ancashino recuerda cómo lo vivió y reflexiona sobre lo que aprendió el Perú, y lo que no.

Huaraz, Perú, tras el sismo del 31 de mayo de 1970.
Huaraz, Perú, tras el sismo del 31 de mayo de 1970.

Cuando el terremoto de 1970 destruyó su ciudad natal, Huaraz, y otras muchas localidades del departamento de Áncash, el 31 de mayo de 1970, Marcos Yauri tenía casi “40 años redondos”, cuenta hoy desde Lima, en entrevista con DW.

Yauri, tenía también una familia, tres hijos; varios poemarios, novelas y antologías de literatura oral andina publicadas. Había estudiado Educación y Letras, y había trabajado como periodista y docente. El terremoto fue, sin embargo, el punto de partida de su novelística, “como una destrucción que abre los ojos al mundo, para pensar un futuro mejor”, dice.

DW ¿Cómo recuerda ese día?

Marcos Yauri: La ciudad estaba recluida en sus domicilios. La gente estaba descansando, era domingo. Nosotros estábamos en un colegio particular, donde mis niños estaban estudiando el ciclo inicial. Asistíamos a una pequeña actividad, que se realizaba en homenaje a la directora, una religiosa, porque era su cumpleaños.

Cuando ya se había dado inicio a la ceremonia, sentimos el terremoto. La gente huyó del patio rumbo a la plaza, porque el edificio de la escuela estaba frente a la Plaza de Armas. Mi señora salió con un niño y yo corrí hacia el interior para salvar de alguna manera a mi otro niño, que estaba adentro. En ese instante, sentí que el suelo temblaba de manera horrorosa y sentí que se desplomaba todo el edificio. Los dos pisos se desplomaron sobre nosotros y yo quedé atrapado, con mi niño en brazos, en un rincón muy pequeño, sin poder liberarme.

Entretanto, el auxilio demoró porque la gente no podría auxiliar a tanta gente atrapada. En ese tiempo, se murió el niño en mis brazos. Yo estaba todavía vivo y ya no podía ni respirar. Había pedido auxilio cuantas veces pude, pero nadie me escuchó y, al final, ya me di por perdido.

 Marcos Yauri, novelista ancashino, huaracino.
Marcos Yauri, novelista ancashino, huaracino.

Pero en un instante, de un tiempo incalculable, pude escuchar pasos por encima de los escombros que me tenían atrapado. Entonces grité. Y dio la casualidad, que la persona que caminaba era un conocido mío. Le di mi nombre y él me dijo: no puedo auxiliarte, porque yo también estoy buscando a mis hijos; pero voy a dar la voz a la gente que está en la plaza, para que te puedan ayudar.

Y, efectivamente, al poco tiempo, sentí que escarbaban el suelo y, después de un tiempo largo, pude ser salvado, más o menos a las tres de la madrugada. Imagínese, desde las tres de la tarde, hasta las tres de la madrugada estuve atrapado, ya con un deseo de morir, porque la agonía era horrorosa. De ese modo, me salvé de morir y ahora estoy vivo.

¿Qué sucedió con el resto de su familia?

Mi esposa se salvó junto con el niño, con el que había salido. Pero mi hijita, que estaba en el segundo piso, murió. En la escuela había unos 300 niños, de los cuales se salvaron muy pocos. Fueron enterrados todos, igual que todas las víctimas del terremoto, dada la premura del tiempo, en fosas comunes.

¿Cómo marcó el desastre su vida, la de la ciudad, la región y el país, a partir de este momento?

Cuando me salvaron, en la Plaza de Armas había una multitud de gente que había sobrevivido. Allí desembocaba todo el mundo, para poder instalarse, porque era un espacio libre. Yo había quedado un poco herido en la cabeza. Mi cabeza estaba hinchada, muy hinchada, y me llevaron al hospital. Luego, no sé más qué ocurrió. Hasta que vino mi familia, propietaria de un fundo en el campo, y nos fuimos al campo. Allí recibimos la visita de unos parientes de Lima y nos trasladaron a la capital.

Cuando regresé, después de un tiempo, vi que la ciudad estaba reducida a montañas de escombros. No se podía reconocer ningún sitio. Esa destrucción masiva se debió, sobre todo, a que las casas eran antiguas construcciones de adobe, de dos pisos o tres; la mayor parte, de uno.

Acudió mucha gente, en ese tiempo. En primer término, el Ejército llegó para vigilar el orden. Se instalaron campamentos en las partes libres, en las zonas aledañas a la ciudad, para que allí pudiera asilarse la gente que había sobrevivido. Viví en un campamento hasta el mes de septiembre, en que abandoné Huaraz, porque me trasladaron a la ciudad de Lima, de donde ya no pudimos volver, porque habíamos perdido absolutamente todo. Habíamos perdido dos niños. Mi casa, que quedó pulverizada. Quedamos solamente con la ropa, reducidos a la más enorme pobreza.

Campamentos para los sobrevivientes del terremoto de Áncash, en Perú. (18.06.1970).
Campamentos para los sobrevivientes del terremoto de Áncash, en Perú. (18.06.1970).

Empezaron a llegar auxilios. El primer avión que llegó fue un avión chileno, según nos dijeron. Después llegaron aviones cubanos y ya luego de todo el mundo. La Unión Soviética envió 50 aviones con alimentos, medicinas, ropas. Trajeron incluso un hospital de campaña con diversas especialidades y equipos de médicos. Fue el auxilio más efectivo que recibió Huaraz. También los cubanos edificaron un pequeño hospital, que hasta ahora existe. Y vinieron médicos de otros países, que se repartieron por todos los pueblos y ciudades destruidas de Áncash.

Yungay había sufrido total desaparición. Fue un alud, producido por el desprendimiento de un gigantesco bloque de la cumbre más alta del Perú, el Huascarán. Ese alud sepultó a Yungay. De manera que Yungay es una ciudad igual que Pompeya, sepultada con toda su gente, con todos sus edificios. Quedaron solamente algunas palmeras de la Plaza de Armas.

Las muertos, según cifras oficiales, fueron en total 70.000. Pero la historia memorial dice y seguirá diciendo que fueron 120 mil personas muertas.

 Huaraz, donde una vez estuvo el cine.
Huaraz, donde una vez estuvo el cine.

¿Qué aprendió el Perú y qué no, tras semejante tragedia?

La destrucción de los pueblos y ciudades de Áncash coincidió con el Gobierno militar del general Velazco Alvarado, que impuso la reforma agraria y soñaba con la reforma urbana. De manera que el terremoto de Áncash le dio la oportunidad al Gobierno militar de ensayar la reforma urbana. Y expropió todos los terrenos de los propietarios de las antiguas casas de Huaraz.

Apoyados por ese Gobierno militar, que apoyaba a las masas populares y campesinas, a Huaraz empezaron a llegar migrantes de todo el Perú. Se hicieron pasar por damnificados o fueron así recomendados por el gobierno militar y llegaron a tener dos o tres lotes de terreno, donde construyeron sus casas. Mientras nosotros, los damnificados, si queríamos tener casa, tuvimos que comprar nuevamente los terrenos que nos habían expropiado.

La reconstrucción de las ciudades fue obra de técnicos extranjeros que no conocían absolutamente la cultura peruana, la tradición, la idiosincrasia, el pensamiento y la cosmovisión andina. De manera que hicieron una ciudad totalmente alejada del poblador ancashino, con avenidas sumamente amplias. Le quitaron el sello de la cultura mestiza, hispano-andina, que primó en Huaraz. Era una ciudad armoniosa, donde no había grandes abismos entre el campo y la ciudad. Y la reconstrucción desconoció todo eso.

Mucho del auxilio que enviaron los distintos países se quedó en Lima, en manos de gente corrupta. Para la mentalidad limeña, la provincia era el mundo de la barbarie, el mundo incivil. Y como tal nos trataron. A tal punto que decían: para qué enviarles crema de afeitar, si los pobladores de esas zonas no tienen barbas. Para qué mandarles esta ropa fina, si no saben usarla.

En el año 70 salió a la luz que los académicos peruanos, los gobernantes, los políticos, los limeños, no conocían el Perú, con todos sus habitantes, sus riquezas, sus recursos, ni tenían interés en conocerlo. La realidad, la cultura, las costumbres, las formas de vida, las ideas, el pensamiento del interior del país les eran totalmente lejanos y extraños.

El terremoto hizo saltar a la conciencia de nosotros los huaracinos, que el interior del país era, para el mundo limeño, para la política peruana, un mundo incivil, sin cultura; un mundo vacío, donde la cultura está por hacer.

En el año 70 salió a la luz que los académicos peruanos, los gobernantes, los políticos, los limeños, no conocían el Perú, dijo Marcos Yauri, sobreviviente del sismo de Áncash, a DW.
“En el año 70 salió a la luz que los académicos peruanos, los gobernantes, los políticos, los limeños, no conocían el Perú”, dijo Marcos Yauri, sobreviviente del sismo de Áncash, a DW.

Y, ahora, la crisis de la pandemia de coronavirus está produciendo igual fenómeno. Hay gente que muere en provincias, sin hospitales, médicos, medicinas, nada. O de hambre. Y en la misma Lima. En sus ideas anticuadas, terriblemente coloniales, que plantean la dicotomía entre civilización y barbarie, donde Lima es la civilización y la barbarie está en provincias, el Perú no ha cambiado en absoluto.

¿Nada, hasta hoy?

Ha transcurrido medio siglo y el Perú ha cambiado muy poco. Pese a la reforma agraria, al desborde popular, a la migración, a la modernidad, la mundialización, la globalización y demás fenómenos, el Perú, en su apreciación de su país, de su gente, de su cultura e identidad, al parecer ha aprendido muy poco o nada.

Los académicos -sociólogos, antropólogos- hacen estudios que circulan dentro de los medios académicos; que no llegan a los políticos para que puedan informarse y tomar decisiones. Pero, yo pienso que la historia debe estar al servicio de la vida. Y este 31 de mayo, que es el aniversario 50 de este acontecimiento catastrófico, no es un momento para cruzarse de brazos y llorar en el cementerio, sino para reflexionar y soñar con el futuro. 

Entrevista: Rosa Munoz Lima (cp)

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El Huascarán es la montaña granítica culminante de los Andes peruanos, con una altura de 6.757 metros.

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