31 DE MAYO: UNA FECHA PARA RECORDAR Y REFLEXIONAR

Nelly Villanueva Figueroa

El 31 de mayo es una fecha propicia para evocar al Huaraz de ayer que se resiste a morir en nuestro recuerdo. Ese día, los sobrevivientes del sismo del 70, nos llenamos de nostalgia, al recordar a Huaraz que voló raudamente con todo lo que tenía, dejándonos solos y sumidos en la desolación; pero también es una fecha para reflexionar sobre la necesidad de prevenir y estar preparados para enfrentar una situación similar, con capacidad de pronta recuperación. La recuperación todavía no termina. Ha pasado 51 años y seguimos buscando el rostro perdido. Todavía aduermen en nuestros cerros, las voces milenarias de nuestros antepasados, que nos alientan a seguir adelante. Aún seguimos restañando las heridas sufridas.

El sismo del 70 todavía sacude nuestro espíritu y nos remonta al pasado para darnos cuenta que no sólo murieron familiares y amigos, que no sólo cayeron casas, edificios y templos, sino también se perdió un estilo de vida, un modo de ser. Las viviendas se destruyeron o quedaron inhabilitadas. La Hidroeléctrica quedó afectada y la Panamericana sufrió grietas profundas, dificultando la entrega de ayuda; sobre todo, se abrieron grietas en el corazón del pueblo.

El terremoto fue uno de los más destructores de la historia del Perú, no sólo por la magnitud de 7,8 grados en la escala de Richter, sino también por el alto número de pérdidas humanas. Se calcula unos 70 mil muertos en la Región; pero no se pudo precisar con exactitud la cantidad, porque muchos cadáveres eran enterrados sin previa identificación, por el estado de descomposición y por temor a una epidemia.

El epicentro estuvo ubicado frente a las costas de Casma y Chimbote en el Océano Pacífico. Afectó a todo Ancash, a varias provincias de Huánuco, al Norte de Lima y a la Libertad.

En Huaraz, se perdió más de 10 mil vidas y se estima 20 mil desaparecidos. El Hospital reportó 20 mil heridos. Sólo del Colegio Santa Elena, se sacaron 400 muertos. Como ya no eran suficientes los ambientes de la Municipalidad, la Plaza de Armas, único espacio libre, se convirtió en trágico depositario de cadáveres. La ciudad se cubrió de un manto negro de polvo y los sobrevivientes pasamos a la intemperie, una noche de terror, debido a las sucesivas réplicas. A esta desesperación se sumó el hambre de los días siguientes, debido a la escasez de alimentos y de agua limpia.

Yungay llevó la peor parte, por el aluvión que siguió al terremoto, haciendo desaparecer a la ciudad y sepultando a la población. Sólo unos cuantos que lograron ascender hasta el Cristo de la cúpula del cementerio y los niños que fueron al circo Verolina, se salvaron; pero quedaron sin hogar y sin familia, obligados a empezar de cero. Ante las gigantescas proporciones del desastre, también fue gigantesca la ayuda nacional e internacional que incluso cobró vidas de los socorristas, al trasmontar el mar y las montañas.

El 70 marcó un antes y un después. Un antes de vida plácida, de hermandad, de costumbres conservadoras y un después de vida bullanguera, desordenada y dispersa, con poca identidad y desafecto por la tradición y valores propios y distintivos. Huaraz estuvo signada por la tragedia de la naturaleza y de los hombres que vieron en la desgracia, oportunidad para la ambición y corrupción.

Muy bien se dijo que CRYRZA (Comisión para la Rehabilitación y Reconstrucción de la Zona Afectada), constituyó “un sismo sobre sismo”. La caída de nuestra Catedral a golpe de dinamita, todavía nos duele intensamente. Lejos de tomar parte activa en la renovación, muchos optaron por alejarse. Ante el éxodo masivo, el poeta Manuel Vise, invocó enérgicamente: “Ancashino: No abandones tus fronteras”.

No hemos recogido la lección de estar preparados para enfrentar un desastre que puede surgir intempestivamente. No hemos desarrollado capacidades de planificación, organización y emprendimiento para responder con eficacia y salir pronto, por nuestros propios medios, de una situación de emergencia. Pocos nos quedamos para compartir la suerte y destino de Huaraz herido y doliente.

Lo positivo fue que la estructura piramidal de clases sociales se convirtió en horizontal; pero seguimos siendo vulnerables. Temerariamente los escombros se convirtieron en asentamientos humanos. Ya no tenemos la imagen de Huaraz con los colores patrios: Techos rojos y paredes blancas; pero el color azul de su cielo, seguirá flameando en su bandera. Sus callecitas estrechas y empedradas que anidaban amistad, se han abierto a la populosa y encementada modernidad, aunque todavía queda el espíritu hospitalario y generoso, heredado de nuestros abuelos. Otros impactos positivos fueron la creación del Sistema de Defensa Civil, la primera experiencia de descentralización, la culminación del aeropuerto y el mejoramiento de la carretera Pativila-Huaraz, para superar el aislamiento y promocionar el desarrollo del turismo. Nos convertimos en el segundo destino turístico después del Cuzco. Nuestros nevados despertaron el interés de los viajeros; pero hoy, hemos perdido ese potencial, porque nos conformamos con mostrar nuestros atractivos naturales. No hemos creado productos turísticos y hemos descuidado la parte humana. Por el turismo masivo se formaron guías y auxiliares de alta montaña.

Aparentemente nos hemos recuperado físicamente; pero nos falta recuperarnos moralmente. La ruptura con nuestra trayectoria todavía continúa.

En medio de tanto dolor, existe la esperanza: Se abre un nuevo horizonte para esta tierra del lucero del amanecer, porque todavía hay hombres y mujeres que viven orgullosos de haber nacido aquí, que respiran el aire impregnado de cantares del ande, invitando a la paz, como fruto del dinamismo de la vida, del trabajo, de la fe y confianza en lo que somos y podemos ser.

Nuestro terruño ostenta una inigualable hermosura paisajística; pero esta grandeza no debe hacernos olvidar la visión de otro paisaje que también atesora nuestra tierra: Nuestra riqueza cultural, nuestra tradición, nuestra alma. Digamos como el poeta Mario Florián: “Sobre este mismo polvo que hoy el viento levanta, el hombre del ande volverá a imponer su presencia milenaria, aunque el Huascarán tenga en su pecho, el furor de todos los volcanes”

Mario Florián y Manuel Vise nos arengan a ponernos de pie: No te sientas pequeño huaracino de estos días. Confirma tu grandeza delante de tu huésped, delante del foráneo que llegó de muy lejos a comer de tu mesa. No te humilles, elévate, despierta. Ya es hora. Pisa otra vez tu tierra que es tuya desde hace eternidades. Conserva tus valores perennes aunque las circunstancias cambien.

Cada 31 de mayo debe ser una fecha de recordación y reflexión. Debemos recordar a los “ponchos multicolores” que amanecieron en nuestra tierra, para brindarnos abrigo y convertirnos en “Capital Internacional de la Amistad”

El mejor homenaje a nuestros muertos es mostrar al mundo, el valor de los sobrevivientes que supieron sobreponerse a la desgracia; es contribuir para que nuestra joven ciudad sea segura y saludable, siga siendo lugar de encuentro y de tertulia, bajo el amparo de nuestro siempre vivo, Señor de la Soledad.

Cada 31 de mayo nos reunimos los huaracinos que todavía podemos contar, cómo fue el Huaraz de ayer, con nostalgia pero no con lamento, porque los hombres y mujeres de esta tierra, somos para el mundo, una lección de resistencia, un ejemplo de triunfo de la vida sobre la muerte.

Es verdad que de golpe se interrumpió nuestra vida apacible, nuestro despertar tranquilo en cada amanecer. Es verdad que volaron nuestras más queridas presencias; pero los que estamos vivos tenemos que cumplir una misión: Dar continuidad a nuestra historia, abriéndonos a la modernidad. Estamos vivos para cumplir los decretos de Luzuriaga, para cuidar el ornato y la limpieza de nuestra ciudad. Estamos vivos para continuar la lucha de Atusparia, por la dignidad y permanencia de la cultura andina. Estamos vivos para cohesionarnos en pos de un objetivo común: Hacer de Huaraz, el mejor lugar para vivir y para visitar.

Impregnada de estos sentimientos, entrego a propios y extraños, mi composición,

CANTO A HUARAZ, LA SIEMPRE VIVA

Érase una ciudad en calma

generosa a raudales,

tierra de libertadores.

Princesa del Ande, llena de encantos,

con la magia de su risa

y la frescura de su aliento,

albergaba, chaposa serranita,

a cuántos venían a verla

y a cuántos saboreaban su pan.

De pronto tembló aterida

y con ella, tembló su pueblo.

Disipado el polvo de su rostro

sólo dejo ver escombros rodeándole.

Ahí se quedó mi alma aprisionada

y por muy lejos que me vaya

vuelvo a ella y me mojo en su recuerdo.

¡Cómo dejarla desolada y triste!

La alcé y cuidé, herida avecilla.

Ahora ha tomado vuelo.

Tiene nuevo rostro y ropaje nuevo.

Aunque añoro sus apretadas calles,

sus alegres plazas y coloridas retretas,

he aprendido a querer su renovada presencia.

HUARAZ DE MIS AMORES:

Me he quedado aquí para volar contigo,

paisana hermosa y presuntuosa,

gorrioncito travieso y piador.

Cubre amorosa a tus hijos caídos,

cuyos latidos llegan a nosotros,

en cada aurora, en cada canto, en cada oración.

¡Levántate! ¡levántate! Y ¡Vive para siempre!—

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