AVENTURAS DE “EL SALVADOR”

Por: Ergo Sifuente

-¡Miren eso!- exclamó Oshva*, indicándonos con el mentón, un cerrito de tunas al medio de una amplia curva. Concitó toda nuestra atención e interfirió postergando el embeleso por el hermoso paisaje
La visión, que se tornó fascinante hasta el grado superlativo, sentenció la inutilidad de las palabras. Nuestra inmediata e implícita reacción fue de común acuerdo. Nos orillamos, nos detuvimos, bajamos y desplegamos el equipo de tres.
-Tú que tienes cerca los guantes, coges los frutos y se los pasas a Oshva para que los latiguée con la canchalagua*. Yo me encargo de subirlos a la cabina – le propuse a Rúsbel.
Madrugamos en exceso en la partida de la Ciudad de los Cedros y contra lo planeado, no pudimos cumplir el ánimo cooperativo de tomar el desayuno en el Restaurante de Raúl Ayala en la Plaza de Piscobamba, el nigérrimo toldo cubría aún a la Novia de los Andes. Amenazándonos permanentemente con una feroz tempestad ese encapotado firmamento, con su apelmazado tizne, cerraba aún más la oscuridad. Estaba tan lejos el alba, que recién pudimos alcanzarla en la alegre y sugestiva bajada a Llumpa. No por mucho madrugar amanece más temprano.
La alborada verde esperanza, rasgaba en hilachas el cortinaje negro, que cotidianamente se contraía como chamuscado por algún fuego sagrado. Se difuminaba al caer y descubría ante nuestros deslumbrados ojos un escenario fabuloso, que transbordó a mi memoria, la entrañable reminiscencia de las fascinantes jornadas por la carretera de Huaylas a Huallanca, cuando los graneros y las llocllas* interrumpían el paso directo por el Cañón del Pato.
Sin que lo pidiéramos y menos lo mereciéramos, el paisaje nos agasajaba, era Junio que es el mes del friecillo y el verdor lúbrico. La carretera se descolgaba hasta Llumpa, por una serpenteante rampa que parecía una gradería circunvalada de fronda y ribeteada por tierno y jugoso pasto. Unánimemente habíamos concertado compartir la curiosidad de Rúsbel y permutando nuestra rutinaria ruta a Chimbote, por Palo Seco, Pasacancha y Yuramarca, decidimos conocer la carretera nueva que desde Llacma, enrumbaba hacia el cautivante y afable Yanama y después, trepando la Cordillera Blanca, la tramontaba por el renombrado Portachuelo, para descolgarse luego por un desarrollo acrofóbico a las mágicas lagunas de Llanganuco. Nuestra felicidad parecía aventajar a la de las vaquitas y corderillos que pacían como graciosos jaspes desperdigados en esa inmensa glauca alfombra.
Sui géneris y sinóptica vuelta al mundo que abarcaría, además de Pomabamba, las provincias de Mariscal Luzuriaga, Yungay y Huaylas, para finalmente recalar en el Puerto de Chimbote, en la Provincia costera de Santa.
Ni corto ni perezoso Rúsbel no se lo hizo repetir. Mirando con entusiasmo y codicia la inusual cantidad de tunas de todos los colores, pañaba diligente y veloz. En tanto que Oshva las latigueaba a conciencia, librándolas del “shishu”*, esas tenues espinillas, aparentemente inofensivas, pero muy molestas cuando penetran en la piel. No conozco peor trance, que cuando el “shishu” se te incrusta en la cutícula de entrededos.
En faenón relámpago, juntamos unas cien turgentes y provocativas bayas en la caseta y partimos raudos. Momentos antes, nos habíamos complacido desde arriba, reconociendo bajo la sombra de saúcos capulíes, molles, alisos y eucaliptos, antiguos y apacibles tramos del camino de herradura que eglógico, juguetón, atravesaba la carretera, cortando por el medio cada circunvolución. A partir del cerrito de tunas, se hicieron más notables. Bajo esa protectora y fecunda umbría, prosperaban boyantes yerbasantas, qaramatis* y otros arbustos.
Fue por allí que apareció el hombrecito, descendiendo a todo trote, haciendo señas desesperadas con las manos.
-¡¡¡Hey, deténganse por favooor!!! – se desgañitaba, a través del cono acústico de sus palmas.
-¡Es el dueño de las tunas! – nos ganó la frase Oshva, obligándome a pistonear la máquina y a consagrarme con fe y convicción a la rígida dirección mecánica. Más que un bio- mecanismo instintivo de protección, un acto reflejo, era una cuestión de principios ¿Dónde se ha visto que tenga que pagarse el fruto de una furtiva travesura? ¡Jamás lo aconsejaría así un autor que se respete!, por el contrario arremetería con estiletes y obuses emponzoñados y deflagrantes. Como lo haría el eminente Samuel Langhorne Clemens… Bueno, por lo menos, yo no he encontrado párrafo alguno, en ningún libro de algún valor, en el que haya siquiera un resquicio de concesión de ese tipo. ¡Salvo claro está! el caso extremo, en el que la correlación de fuerzas sea adversa. Pero en este episodio ocurría todo lo contrario; la teníamos enteramente a nuestro favor.
La porfía y resolución del individuo, era sin embargo de tal envergadura, que hasta en tres oportunidades estuvo por alcanzarnos.
Plenamente convencidos de que la situación estaba perfectamente controlada, vimos aparecer una extensa y acaso hermosa ladera exultante de rozagantes sementeras. En tales suertes no se cuenta ni con el humor ni con el tiempo para la contemplación. La carretera, angustiosamente para nosotros, se extendía hasta hacer imposible adivinar la próxima curva.
-¡Caracho, cambió nuestra suerte! – lapidó Oshva, provocando suspiros de resignación.
Y en efecto, tal cual lo vaticinado, tras la prolongada travesía de ida, la curva y la travesía de venida; jadeante de cansancio el buen hombre nos aguardaba resuelto, interponiéndose en medio de la vía. No nos dejó más elección que detener nuestra apremiante marcha.
Trepándose al estribo del lado del chofer y engarfiándose a los soportes del espejo, nos desconcertó con su alocución
-¿Por qué son tan malos?, ¿ porque se escapan?- nos preguntó en tono quejumbroso y continuó – El camioncito que se nos ofreció, no pudo o no quiso recogernos en la noche, mi familia está desesperada, pues por aquí pasan llenos los buses y los demás carros no se detienen. ¡Por favor socórrannos es urgente que mañana estemos en Lima!- añadió en tono angustiado.
-¿Ud. es el dueño de las tunas?- medio sonriente y sesgando su mirada como era su santo y seña, se lanzó Oshva con la temeraria pero obligada pregunta.
-¿Cuáles tunas?…..
-Estas – las señaló con el mentón
¡Ah esas! – exclamó como con displicencia y menosprecio, como sorprendido al percatarse de las del piso de la cabina.
– ¡Buupp!, ¡jajajajajajaja! – Explotamos a carcajadas, descargando nuestra tensión a mandíbula batiente. De lo cabales y libres que eran, las carcajadas nos arrancaron lágrimas. Cuando Paquito descifró la situación y superó la confusión inicial, que lo mantuvo boquiabierto por unos instantes, también lloró riendo de buena gana
-Aquí nadie les hace caso, se caen de maduras – nos tranquilizó, suspirando por el cansancio y enjugándose las lágrimas de alegría.
Entonces dimos vuelta y subimos hasta encontrar al grupo de mujeres y niños, que arrastraban unas pesadas maletas. No les importó subir a la carrocería de madera, estaban familiarizados, eran excelentes viajeros y no cabían en sí de contentos, porque Paquito el correcaminos, había alcanzado al desconocido camión rojo, que escucharon casi media hora antes de avistarlo curvas arriba y se pasó como alma que lleva el diablo.
Desde hacía un buen tiempo, por Yungay ya llegaban los carros a Yanama.
Como cuando llegó la carretera a Quiches, donde inauguró el tramo de Tinyayo a la Plaza de Armas, al legendario “Salvador” casi le tocó estrenar el tramo Llacma-Yanama, que por el abra de Portachuelo, cerraba el circuito Conchucos- Callejón de Huaylas.
El Dodge-300 de placa XE-1216, hacía un servicio intermitente de Yungay a Yanama, retóricamente dos veces por semana y cuando subía no llegaba a la Plaza, los pasajeros tenían que bajar hasta la casa de Baldomero, el propietario del camioncito. Era el único en la ruta y quizás a eso se debía su engreimiento. Es que a veces, es así como se revela nuestra naturaleza, nuestra compleja condición humana: La circunstancial peripecia de poner en movimiento una máquina, nos aturde y nos esponja. Eso podría explicar aunque no justificar, que la aparición “por detrás” de un camión grande, se convirtió para la gente, en un acontecimiento que se recordaría por muchos años.
Cuando llegamos a Yanama eran como las diez y media de la mañana y nos urgía un restaurante, la hora del desayuno se nos escabullía, de manera que nos introdujimos al más céntrico. Era una notable casona, que abría sus principales puertas, hacia la Plaza de Armas. Franqueándolas, nos recibió un alegre y colorido salón, ornamentado con maceteros de plantas diversas y a su lado, el comedor nos invitaba a trasponer la hermosa y ancha arcada de ladrillos y cal, que daba acceso a una larga y elegante mesa, cubierta de inmaculado mantel blanco con blondas.
Apenas nos hubimos arrellanado en sus primorosas sillas talladas, apareció una hermosa niña, que con su encantador tonillo y su amabilidad, nos invitó a servirnos lo que nos apeteciera.
En la mesa destacaba un gran cesto, conteniendo unos cuayes* especiales, de maíz y de trigo, un frasco con aceitunas de botija. La señorita nos trajo, junto a un gran plato de jamón real, deshilachado y frito y a la clásica lechera de fierro enlozado, una teterita que emanaba un vaporcito con aroma de cedrón, una graciosa garrafa con esencia de café, el clásico artefacto con asidero y que porta cuatro alcuzas: una con aceite de oliva, otra con vinagre de uva, otra con sal de mar y la última, con pimienta negra molida. Todo lucía muy pulcro y olía bien.
-¿Y como va saber cuanto hemos consumido?- preguntó Rúsbel, una vez que la niña desapareció tan suavemente como apareció.
– ¡Primero asegúrate, el resto es cuento! – le encajó Oshva, la frase de expertos transportistas, indicándole con golpecitos en su propio vientre, que previamente comiese y después se preocupase por lo que viniese.
Cuando al final del festín, le requerimos la cuenta, a pesar de lo experimentados y cancheros, nos ruborizó la respuesta de la niña.
-¿Cuánto es lo que le debemos Señorita?
-¡Es una invitación!, este no es un restaurante.
– Es que como estaban abiertas las puertas….nosotros creímos….
-Aquí todas las puertas están abiertas, se cierran en la noche, cuando todos regresan de la chacra…
Agradecimos de la mejor manera que conocíamos y salimos a tontas y locas, a respirar y refrescarnos los calcinados carrillos. Otra mayúscula sorpresa nos esperaba afuera. El Salvador estaba repleto de gente. Esa gente sencilla y sana, no necesitaba preguntar, si podíamos llevarlos o no, o cuanto les íbamos a cobrar. De la misma manera que confiadamente dejaban abiertas sus puertas durante toda la faena agrícola, también estaban persuadidos de que de todas maneras los llevaríamos. Al fin y al cabo no seríamos nosotros los que lo haríamos sino ese camión grande que lucía fuerte y poderoso.
De Yanama el ascenso a la Cordillera Blanca se torna brusco y el aire se enfría y enrarece. Para mí no era ningún problema, porque nací en la jalca. Pero Rúsbel y Oshva, que eran vallinos, iban enmudeciendo, conforme se añadían los metros sobre el nivel del mar y mudaban de color, se iban acercando más y más al color de los cirios de cera. Me preocupó y asustó, sobre todo porque nuestro avance era muy lento, debido a que lo hacíamos enfundados en una compacta neblina y porque la vía, barrenada en la roca, era una colección de blancos guijarros grandes y pequeños, casi sin tierra e imponía un ritmo de peregrinación.
Cuando nos creíamos solos, aislados y heroicos en esas desoladas alturas, como la cosa más natural del mundo apareció Indalecio, sosegado, modoso, montando una recia mula, que resoplando porteaba también delante del aparejo, los pertrechos en una alforja grande. Aparte de su nombre, Indalecio nos reveló que venía de Yungay y se iba a Chacas, fue quien nos levantó el ánimo, al informarnos que la Punta distaba solo dos curvas y de allí comenzaba el vertiginoso descenso a Llanganuco.
Por el poniente, Portachuelo es un farallón ciclópeo. De allí se divisa un callejón de impresionante panorama, que emociona hasta el llanto y persuadido uno, de que lo del Coronel argentino Roque Sáenz Peña en el Morro de Arica, es otra invención de sus paisanos, hincha uno el pecho y exclama ufano y jubiloso: ¡Viva el Perú carajo! Porque fue en ese apoteósico proscenio donde se originó la famosa frase. Desde allí, la carretera se precipita zigzagueante, pespunteando el acantilado como hilván de sastre, haciéndose visible en las curvas y ocultándose por debajo en las travesías que lo faldean. Es de viva roca volcánica, granadiorita batolítica como toda la Cordillera Blanca. Y allí abajo, muy al fondo del desfiladero, se distinguen las dos lagunas: Orconcocha y Chinancocha .
Después de muchas curvas y lagunillas verde esmeralda que configura el deshielo, empezamos a sentir que el aire se volvía a abrigar y se hacía nuevamente respirable, el color volvía a la piel y el alma al cuerpo. El camino se tornó conocido, pero su estado de conservación dejaba mucho que desear, razón por la cual llegamos a Yungay, pasadas las tres de la tarde.
En Yungay, los viajeros se desperdigaron en todas las direcciones. Como un resarcimiento por el mal rato que le hicimos pasar, decidimos no cobrarle pasajes a Paquito. De manera que tuvo un buen argumento para insistir en convidarnos el almuerzo.
Después de un par de no muy convincentes negativas, sucumbimos a su ofrecimiento. Nos llevó al célebre “Rancho Chico” de Tingua, donde nos agasajó con sendas pachamancas, entendimos entonces que había nacido una amistad.
Entre bocado y bocado, bien regados con su respectiva chicha de jora, nos reveló que era Ingeniero Metalúrgico, egresado de la Decana de América y que era concesionario de una cantera caliza por la ruta de Cieneguilla.
-Cuando vayan a Lima, tienen que ir a visitarnos a nuestra chocita – nos invitó firmándonos las respectivas tarjetas.
Y la ocasión se dio para la navidad. La ocasión para el chasco y el asombro. Jamás nos hubiéramos imaginado que aquél hombrecito, que con su familia, todos los años iba a su tierra para la fiesta grande de San Pedro y San Pablo y al que casi hasta la extenuación, obligamos a galopar como un potrillo, por más de un kilómetro, tenía su “chocita” en el valle del alto Lurín, que era una gran mansión con piscina semi-olímpica, amplios hangares para sus Mercedes Benz y Maseratis, con choferes uniformados, una docena de wachimanes y de entrenados perros Doberman, para su seguridad. ¡Paquito es un magnate!.
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*Oshva……. hipocorístico de Oswaldo.
*Canchalagua….Schkuhria pinnata, arbustiva medicinal sudamericana.
*Lloclla….. avenida de aguas, lodo y piedras, ocasionada por el exceso de lluvias
*Shishu…..Vocablo proveniente del quechua que designa a las espinillas o pelillos que protegen al fruto de la tuna (Opuntia ficus-indica)
*Qaramati….(Jungia Rugosa) arbusto de propiedades terapéuticas
*Cuayes…..panes especiales de trigo íntegro real.— 

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