CASTIGO CASI ETERNO

Olimpio Cotillo C.

       Cuando el niño Luis, tenía un amigo varios años mayor que él, siempre aprendió lo que sus abuelos le narraban cuentos, a veces llenas de alegría de sus personajes y en otras dignas de derramar unas cuantas gotas de los ojos.

            Tirados en el verde pajonal como si solos ellos existieran en este mundo, Macario, amigo de Luis, reproducía esos cuentos de leyenda que su abuelo paterno le había hecho escuchar en noches de luna llena.

            Macario se trasladaba a viejos tiempos y lo que decía lo volcaba con tan patético gusto, que sus personajes cobraban vida.

            Decía Macario que, en el paraíso de bellas flores, árboles preñados de sabrosos frutos, arroyuelos de cristalinas aguas, vivía como el más mimado de los pájaros, el zorzal cuyo plumaje era de vivaces colores y su cantar era tan melodioso que embelesaba a las demás aves.

            El jilguero decía que cantaba mejor, el canario celoso de los halagos, también reclamaba la preferencia, el ruiseñor igual.

            Y no faltó un asno que desde la pradera, decía: ¡Silencio mosquitos!, mi rebuzno es incomparable, porque hago callar a todos para que escuchen mi cantar sonoro y acompasado.

            Hasta que un día, uno de los tantos santos que hay en el cielo llamó al zorzal y le ordenó con carácter de muy urgente:

-Zorzal, anda donde mi abuelita y dile que recoja inmediatamente el maíz, el trigo, la quinua y todo lo que ha tendido para que se seque, -y mirando al cielo agregó- porque ve viene una lluvia copiosa que puede barrer con todo…Pero vuela antes que caigan las primeras gotas.

-¡Muy bien San Quirquincho!, dijo el zorzal y emprendió el vuelo fugas.

            Estaba a medio camino y en eso distinguió a su amada por quien era capaz de cualquier sacrificio. Hizo un quiebre en su vuelo y aterrizó en la rama donde su amada se acicalaba las plumas con coqueta parsimonia.

-Justo estaba volando en tu búsqueda, mintió a su amada y ésta orgullosa fingió ignorarle.

-No creo –dijo la hembra altanera con cierto desprecio- estarás haciendo un mandato de tu jefe que te tiene como esclavo.

-¡¿Esclavo yooo?!…- protestó el zorzal- Jamás. A mí nadie me manda.

-Ja,ja…Te apuesto a que no eres capaz de acompañarme al riachuelo de aquí cerca para tomar unos baños.

            El zorzal, no pensó dos veces y acepto la invitación.

            Llegaron al riachuelo y de inmediato comenzaron a zambullirse, a sacudirse las alas, no faltaron mil piruetas, especialmente del zorzal macho que para exhibirse y  decir que era un completo atleta, entraba y Salía de las profundas aguas con donaire y mucha picardía. En ese trance, una ponzoñosa espina, le causó una herida en alguna parte de su cuerpo, pero el zorzal aguantó el dolor y disimuló la circunstancia.

            Pero la pareja no pensó que se desataría una torrencial lluvia que ennegreció el paisaje e inundó los caminos y aumentó el caudal del riachuelo.

            Y para sorpresa de la pareja, los mil colores de sus plumas comenzaron a desteñirse, quedando solo un plomo desteñido.

            La hembra al notar que cambiaba de color, se echó a llorar a mares y el macho se acordó del mandato que le hizo santo Quirquincho.

            Arrepentido de su desobediencia, sin despedirse de su prenda querida, echó vuelo rumbo a la casa donde se había tendido los granos, pero no encontró ni rastros, todo había sido barrido por la torrencial lluvia.

            Entonces, urdió una historia y se dirigió hacia santo Quirquincho. Cuando estuvo en su presencia, fingió sumisión y humildad.

            El santo, anticipándose a una información falsa, fingió no conocer la realidad, aunque ya había castigado quitándole los colores de su plumaje. Pero de todos modos le preguntó:

-¿Lograste recoger los granos a tiempo…?

-Mire mi gran señor, cuando me ordenaste a que avisara a la dueña de la hacienda a que recogiera los granos de la cosecha, fui como el viento, pero en eso un cazador intentó matarme a tiros con su escopeta. Desafiante le grité: A mí imposible que me mates, porque tú tendrás tu escopeta, yo tengo mi “pishcopeta”. El cazador se enfureció por mi desafío y luego de cargar su arma de dos cañones, apuntó bien y disparo, pero solo me causó una herida.

-¿Podrías mostrarme esa herida?, le dijo el santo.

-Claro mi Señor. Levantó la cola y de verdad tenía una herida, pero no como decía él, producido por una escopeta, sino era producto de un hincón de una espina.

-Ajá, dijo el Santo y luego le preguntó: ¿Y sabes por qué ha cambiado tu plumaje, tan bello y llamativo de tus plumas?.

-No señor…

-Por tu culpa, nadie tendrá qué comer durante el año…todas las cosechas se lo ha llevado la lluvia, dijo el santo y luego pronunció unas palabras equivalentes a una maldición: “El color de tu plumaje y de todas tus generaciones se quedará así desteñido y la herida que tienes en tu trasero se volverá costra y nunca desaparecerá en toda tu dinastía hasta la consumación de los siglos”. Has desobedecido mis órdenes y esas dos cosas las pagarás por desobediente.

            El zorzal voló a un árbol solitario y allí lloró a mares ofreciendo mil arrepentimientos, pero todo fue en vano. El castigo del santo, ya estaba dictado

            Desde entonces, el zorzal tiene una costra, que debe servir de escarmiento a todas las especies de la tierra que no obedecen el mandato Divino.

                                                                       Huaraz, 29:08:2020

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