CUENTOS DE MI TIERRA: 1.-¡SÁBARO NIÑO…SÁBARO!

Olimpio Cotillo

       Era un campesino ciego que no podía dar un paso sin su bastón de nudoso lloque. Durante la semana no se le veía caminar a tientas por las estrechas calles de la ciudad, especialmente por el Jr. 2 de Mayo, donde se ubicaba el “Mercado Chico” y un poco más cerca a la Plaza de Armas, el “Mercado Central”.

            En esta calle, Giroldino Charqui hacía su aparición muy temprano, los sábados, único día en que las personas caritativas de daban limosna como retribución a que silbara una tonada del tiempo de sus ancestros.

            Giraldino nunca tuvo un instrumento musical, ni quena, ni flauta, peor un pincullo. A él solo le bastaba su dulce silbido como para hipnotizar a su público que al escucharle se juntaban en un círculo de admiradores para luego aplaudirle y finalmente a buscar en sus bolsillos el “ripio” (moneda en sencillo) de la semana.

            El cieguito de la ciudad, nunca tuvo un lazarillo, le bastaba su bastón con el que subía y bajaba veredas, cruzaba calles y hacía parar los a los vehículos que intentaban abollarlo.

-Sooo, carrito, detente ante este cieguito que nada te hace. Y luego, muy seguro de sí, atravesaba la calle con parsimoniosa calma.

            Había gente del pueblo que no le prestaba atención, pero había otros que eran admiradores de Giraldino Charqui solo por escuchar su silbido encantador.

-Silba el himno al sol, le pedía un caballero.

-Ya, niño, respondía al momento de pasar sus labios con la lengua para silbar el himno.

            Otro le pedía que silbara “Canto al Señor”

-Ya niño…

-Silba, “Entrada triunfal de los Shacshas,

-Por qué no, niñoooo

            ¿Y cómo hace este hombre para silbar como si fuera gorrión, en otras, como jilguero y por ratos como quena o pincullo?

            Y se atrevían buscar en la boca algún indicio de su secreto, pero nunca encontraron nada de nada…Pero tenía un arte propio de silbar con verdadera maestría.

            Y a tanto pedir, Giraldino reaccionaba y decía:

-¡Sábaro niño…sábaro!, mi boca se seca…

            Entonces llovían los reales y las pesetas en su mate que giraba de mano en mano.

-Estás de suerte, Giraldino, tu mate ya se llenó.

            Entonces Giraldino, levantaba la mirada al cielo con sus ojos resecos y con una sonrisa de plena alegría, dabe gracias a Dios:

-¡Buen sábaro niño, buen sábaro…!

            Al correr de los años, Giraldino Charqui iba perdiendo la memoria y su andar cada vez era más lento y torpe. El cabello, antes negro retinto, comenzó a cubrirse de blancas canas y el jirón 2 de Mayo se cubrió de tristeza y el eco de su voz  “Sábaro niño…sábaro” se perdió entre las intersecciones de las calles y avenidas y a medida que caminaba por las cerros, en los riscos de las montañas.

            Nadie sabe, dónde estará silbando por el único día en que los pobres saben comer, los `pordioseros sábados.

                                                           Huaraz, 22 de enero del 2022

2.- LEYENDA DEL JAGUAR

(Recopilación de

Jorge Zavaleta Garnica)

            Cuando, Mamman Huaras, esposa del Jaguar, dios felino, autóctono de nuestra región, regresaba de una cumbre que tocaba el cielo, una tarde a la puesta del sol, apareció en el llano (la) sombra de una mujer vestida con los colores del cielo, cuyo cariz misterioso por lo extraño de sus formas la sumió en profundo paroxismo. Al despertar de este aletargamiento, exánime y miedosa, divisó que la cumbre convertida en un inmenso piélago, se perdía tranquilo en los límites de lo infinito. Al norte, por el llano, se desencadenaba una furiosa tempestad, cada gota que caía se convertía en un hombre de tipo desconocido. El dios Jaguar que todo lo veía a pesar de la distancia de su palacio, ordenó que los nuevos hombres, venidos del cielo en forma de gotas de agua, fueran a su presencia y, preguntados de dónde venían, respondieron que un dios del oriente les había ordenado fundar, en ese sitio una ciudad. Colérico el Dios de la región hizo chocar las cumbres y mandó que los mares se convirtieran en piedras y así sucedió; ya entonces los venidos del cielo ofrecieron levantar al Dios Jaguar un palacio y un santuario en las tierras del Norte, en Huánuco y al sur de Moche; estos fueron los primeros hombres civilizados que pisaron tierra de América el que más tarde constituyeron el Imperio del Inka en el Qosko.—

NOTA: Esta leyenda huaracina fue entregada al estudioso Giber García Álamo por la esposa e  hijas del periodista, ya fallecido, Jorge Zavaleta Garnica.

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