CUENTOS DE MI TIERRA: LA ROCA QUE LLORA SANGRE (*)

Olimpio Cotillo C.

         Nadie podía explicarse el por qué la enorme roca derramaba sangre viva por un pequeño agujero, parecido a un ojo.

-¿Ha vito u´té don Jutiniano cómo la roca llora sangre?

-Es un fenómeno inexplicable, oiga usted.

-En los muchos años que tengo de vida, jamás tuve noticia de que un ser inanimado, en este caso una piedra, pudiera tener sentimientos humanos.

-Se habla de los cristos dolientes, de las imágenes de vírgenes y hasta de beatitas que hacen milagros y de vez en cuando, parece que lloraran sangre, pero es la primera vez que veo y constato de que una piedra, como en este caso, una enorme roca, derrame sangre en lugar de lágrimas…oiga uté.

-Tiene razón, el fin del mundo está próximo y lo que está ocurriendo en nuestro pueblo es una prueba de ello.

-Me parece que el género humano está llegando a los límites de la perversión.

-Ay, Dio mío. Qué nos esperará al final de nuestros días, dijo Justiniano lleno de pena al momento que hacía la señal de la cruz en la frente.

            Ni bien habían terminado de conversar aquellos ancianos del pueblito cordillerano, cuando vieron que doña Genoveva se acercaba bañada en lágrimas.

-¿Por si acaso, ustedes no han visto por aquí a mi hijo Enrique?, preguntó la afligida mujer.

-No, doña Ginucha, no he visto a su hijo.

-¡Cómo! ¿Se ha desaparecido?, preguntó el otro anciano.

-Si pues, desde hace dos días y dos noches no aparece ni a comer ni a dormir.

-Derrepente se ha ido con sus amigos…

-O quizá se ha caído al río, muchacho travieso.

-No diga eso don Justino…pobre mi cholo…¿Por dónde estará?…!Virgen santísima!.

-No se desespere doña Ginucha, va aparecer…Jugando con sus amigos estará…

-¡Ojalaaa, Dios mío…!

            De improviso don Justiniano, preguntó a la madre del niño desaparecido:

-Doña Genoveva, una preguntita ¿Uté ha hecho pintar las rocas que están a lo largo del camino que va desde nuestro pueblo hasta la entrada de la gran ciudad?.

-¡No!, ni me he dado cuenta, ¿Cómo están pintados?

-He tenido la paciencia de leer detenidamente lo que está escrito en las rocas y en todas ellas la escritura es idéntica.

-¿Y qué dice?

-Es letra no muy legible, pero cuando uno pone atención dice: “No te vaigas señorrita…el pueblo de Coyllur te lo pide”.

-¿Así dice?. Igualito habla mi cholito Enrique. Desde que se fue la señorita profesora, se pudo muy triste y solito debajo de la cama lloraaaaba.

            Al ver las coincidencias intervino el otro anciano que hasta esos momentos había permanecido en silencio:

-¡Entonces, doña Genoveva, su hijo estará en casa de la profesora…no hay vuelta que dar…

-Eso sí no he pensado, ahorita iré a la ciudad donde la maestra Teresita.

-No pierda el tiempo doña Genoveva, allí lo va encontrar a su Enrique.

            En esos momentos Genoveva, no sé si puso alas a sus pies porque en el camino pisó espinas, guijarros, saltó arroyos, surcó bosques. Para ella no había curvas ni entradas ni salidas del camino. Lo único que perseguía era encontrar a su amado hijo, besarle, derramar lágrimas de madre y abrazarle tiernamente…Enrique, Enrique, hijo mío ¿por qué me hacer sufrir tanto?. Se decía interiormente mientras volaba en busca de su pequeño.

                                                           *****

            El pueblo recordaba cuando llegó la maestra Teresita a Coyllur. Era una jovencita muy bella, esbelta, quien sabe si tenía veinte años, pero no más. Aún en su lozano rostro, no surcaban las huellas del tiempo ni había signos de cansancio.

            La gente del lugar, todos campesinos acostumbrados a labrar la tierra de sol a sol, comenzaron a quererla como a un miembro de familia. Decían que las anteriores profesoras nunca se habían quedado a dormir, ni conversaban y menos, no conocían  sus necesidades como tener una placita junto al templo para Santa Ana, tampoco si les faltaba agua potable o luz eléctrica. Pero ella, Teresita, hizo las gestiones ante las respectivas dependencias del Estado y logró un tractor oruga con el que aplanaron su plazuelita donde los danzantes se entregaban de vida y corazón para bailar hasta no poder más, todo en homenaje a la Virgencita. Como había tanto eucalipto en aquel lugar, hizo que cada poblador diera un madero para poste de alumbrado eléctrico. La empresa eléctrica se encargó de tender las líneas primarias y secundarias y los caminos, antes oscuros como la base de las ollas, comenzaron a iluminarse y también los domicilios. Los niños ya podían hacer sus tareas y leer un libro en voz alta para que los adultos escucharan y despertaran sus dormidas inteligencias, y conocer otros lugares y hasta querer volar en la alfombra mágica sobre palacios y castillos o frotar la lámpara maravillosa de Aladino. En cuanto al agua potable, construyeron en faenas sabatinas y dominicales una bocatoma sobre el río, cerca al pueblo y desde allí tendieron los tubos a sus domicilios y al reservorio, un encargado por turno echaba pastillas de cloro para purificar el líquido elemento.

            La gente estaba muy agradecida por tener una linda profesorita que velaba por la salud y mejor forma de vida. Teresita es Teresita, pues, decían en cualquier ocasión. Por eso las mujeres y los niños la querían como a una madre del pueblo.

            Pero en eso, cuando todo caminaba sobre un buen carril, llegó un mensajero trayendo la mala nueva para el  pueblo y la buena nueva para Teresita. Había sido trasladada para trabajar en la misma ciudad.

            Entonces fue que sus niños de las tres secciones de primaria de la escuelita unidocente, lloraron en coro sin encontrar explicación ¡Por qué se la llevaban a su maestra!.

            Y el que más sufrió fue Enrique, el niño que en un principio era huraño, osco, silencioso, no quería hacer las tareas y hasta era rebelde con Teresita, quien no se explicaba el motivo de ese comportamiento. Pero a base de cariño y atención personal, hizo que se convirtiera en su primer amigo. Algún mal intencionado le decía “Perrito faldero de la señorita”. Pero él no hacía caso a esas murmuraciones.

            Cuando supieron del traslado de la señorita, vieron en las noches de luna que Enrique pintaba las rocas del camino, a pesar de estar en el primer grado de primaria: ¡Señorrrriiiiitttaaaa, no te vaigas, te querrrrreeemmmoooossssss muchooooo!.

            Coylluuuuurrrr te necesita señorrrriiiittttttaaaa!

            Eran “poemas” escritos por Enrique, el mejor poeta del mundo, un niño de apenas seis años el que trasmitía el dolor y la invocación del pueblo para que no les abandonara. Pero más podía un papel escrito, firmado y sellado por una autoridad que no conocía el sufrimiento de los niños.

            Señorrrrriiiiitttttaaaaa, no te vaigas,…era la imploración de Enrique, quien sabe el portavoz del pueblo.

                                                           *****

            En la ciudad, Teresita recordaba con lágrimas en los ojos que arremolinados en su alrededor, sus niños lloraban incansablemente el día de su definitiva partida.

            Sin embargo ella sabía consolarlos. Les dijo que los visitaría continuamente, porque ella también los quería mucho y que nunca los olvidaría.

            Recordaba que Enrique le siguió un buen trecho del camino hasta que se presentó un automóvil al que subió la profesora. A lo lejos veía que Enrique levantaba sus cortos brazos diciéndole adiós…adiós.

            Ella derramó lágrimas ardientes semejante a la erupción de un volcán y su corazón sufrió torrentes de amargura.

            A lo lejos, escuchó las últimas palabras de su amado Enrique: ¡Señorrrriiiiittttaaaa…no te vaigasssss…!!!! Y el eco respondió la última palabra.

            En la mente de la profesora, se filtraron miles de recuerdos y dentro de su tristeza, hubo una que le arrancó una sonrisa: Veía en su mente que Enrique se paraba y le pedía permiso para ir al baño: ¡Señorrriiita, perrrmiso, quierrrrooo orrriñar.

-Enrique –le corrigió la maestra- no se dice orriñar con “rr”, sino orinar con “r”. Haber repite, orinar con “r”.

-No señorrritaaa, con pipilín.

                                                           *****

            Genoveva,  decepcionada, buscó en las cuevas, las chullpas, oró en los templos, imploró a los santos y a las vírgenes para que apareciera su hijo bienamado, pero no había ni rastros de él. Unos lo habían visto escribiendo en las rocas junto al camino, otros implorando a la maestra para que no les abandone y casi todos coincidían en  asegurar que la partida de la profesora le había afectado mucho. Y eso era todo lo que se sabía en aquella aldea.

            A todos les llamaba la atención que el peñasco más grande junto al camino le había aparecido una hendidura parecida a un ojo por donde derramaba gotas de sangre.

-¿No será, el Enrique, oye, que se ha vuelto piedra?.

NOTA DE REDACCIÓN: Reproducimos esta crónica con motivo del fallecimiento

 de la Prof. Teresa de Jesús Cotillo Caballero, quien durante 18 años laboró en Coyllur hace muchos años y que dejó gratos recuerdos estando en la plenitud de su edad. Ella prestó sus servicios como docente en Cochabamba, Parco (Recuay), Coyllur y cesó en el cargo como Profesora en el glorioso colegio de La Libertad de Huaraz.

(*) Crónica publicada en el libro El cofre de cuentos andinos de OCC. Pag. 130 al 136. Ediciones KAFE.  

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