EL RECADO DEL ABUELO ALFREDO CONCHA PUENTE ARNAO, SU MÍSTICO LEGADO EN ALAS DEL TIEMPO

Por: DIMAS Y ENEIDA CONCHA TENORIO

                                               Cortesía: Luis Albitres Mendo

                                                     (Desde Chachapoyas)

Felicitaciones a todos los que llevamos el apellido Concha. Y felicitémonos porque procedemos de un Tronco Noble y Guerrero, un luchador extraordinario por la justicia y equidad, por la sacrosanta dignidad de la patria, por el honor de la familia peruana… ¡Vaya hombre! ¡Vaya soldado y ciudadano, incansable servidor de la Patria!

Ser humano que, por voluntad de Dios, dotado de cualidades extraordinarias como la fe, el amor, altruismo, sinceridad, lealtad, honestidad, sencillez, audacia, valentía y el servicio a los demás… como relata la historia, la  tradición familiar, vecinos, amigos y pueblos que tuvieron el placer de conocerlo en su retiro, ‘Cuando ya había enfundado el sable’ como él solía decir. Quizá, aún, con las pesadillas de la guerra, quizá por eso quiso vivir y morir en la tierra, igualmente noble y tranquila, a ese convertido en un ’Viejito Lindo’ palabras con las que, la abuela Carmen, su esposa y sus hijos, solían acariciar su frente amplia y honesta, su cabeza cana, repleta de anécdotas e historias de las refriegas de Ayacucho, San Juan, de Los Reductos de  Miraflores… Viejo sabio, amoroso, consejero, chistoso y juguetón… Así,  talvez, para poder compensar y olvidar aquel tiempo y espacio de humo denso en su horizonte, aquel olor a pólvora que circundaron sus años mozos y aquellos dolores de golpes y balas sufridos en su cuerpo y en su alma…

La proyección de su vida, la generación siguiente, sus amados cinco hijos: Alfredo, Alberto, Aníbal, Alicia y Georgina, ninguno queda en este mundo.

A la fecha – año 2017 – solo sus nietos mayores como Dimas y Eneida, podemos   dar testimonio de aquellas cualidades…

… tal como derramó su sangre en los campos de batalla, pareciera que también lo hubiera hecho, de su herencia, en el torrente sanguíneo espiritual de nuestras arterias y venas…

Tenemos, por eso, el encargo, heredada, la sagrada responsabilidad de mantener en su cauce, aquel torbellino de dignidad y honor de esta familia digna…     

Mantengamos, hermanos, primos, hijos, sobrinos… generación tras generación – de mano en mano – como la mejor sortija de oro con diamantes y preciosas perlas. Mantengamos este inapreciable tesoro, alimento espiritual no perecible, este legado de un Viejito que, seguramente pensó, como muchos, dejarnos en lo material, haciendas de esos tiempos, fincas, terrenos, casas… pero – cuando no – su precaria pensión de sobreviviente de la Guerra del Pacífico no le permitió… optó por algo mejor, optó por lo que ya tenía atesorado también de estirpe: El Honor y la Dignidad.

En su sapiencia, no dejó riqueza material perecible para que, de repente, peleen los hijos y demás…No dejó bienes o dinero para disfrutar. Más bien, con su recado, tenemos un reto, un trabajo, un esfuerzo, una responsabilidad, pero, que, con toda seguridad, él supo, es lo mejor, lo duradero y trascendente…

Si es, como parece, que, en este tiempo, nos toca a los nietos hacerlo, ya lo estamos haciendo, trasmitiendo, con la fe, amor, justicia, verdad y severidad del caso, a todos los que siguen en este sendero…

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