LA CASA VIEJA

Por: Ergo Sifuentes

-¡Don Andrés, anoche Melquiades ido a regar y no aparece Don Andrés!-
La madrugada estaba fría, seca y brillaban las estrellas. La estación de los aguaceros se había proclamado en rebeldía y las lluvias habían escampado. “Es por el cambio de luna”, le decía la viejecita Doña Herlinda, a su nieto Cristóbal, el joven talabartero que de un tiempo a esta parte, parecía vivir otra vida, no la suya. Como los otros árboles y por encima de ellos, los espigados pinos, dormían con placidez de gigantes, inequívoca señal de calma meteorológica, clima y cláusula para percibir con nitidez, el rumor y gorgoteo de las acequias, el chirrido de los grillos, uno que otro ladrido lejano, o un prolongado aullido, probablemente algún can amarrado, reclamaba su ración o se quejaba de la escasez de la misma y sobre todo, aquél inconfundible sonido, que solo los que hemos gozado de esos silentes, sosegados y confidenciales escenarios, recordamos con nostalgia, pero que no admite descripciones, porque era un sonido que cada quien interpretaba, bajo su circunstancia, a su modo y parecer. Para mí era un concierto de gaitas, que como gobernado por el viento, se acercaba y se alejaba, tal cual el famoso “fading” de los memorables “telefunken” de tubos, esos radios de onda corta, que aún resuenan en nuestra memoria y nuestro corazón.
El dormitorio era común, como el de un hotelito de distrito trasandino, de antes del boom turístico quiero decir, y mi madre que, como yo, había despertado y no podía volver a conciliar el sueño no me sorprendió cuando decretó:
-Esos aullidos me dan mala espina, son señal de mal agüero.
Fue cuando resonaron los impetuosos toques de puerta y los desesperados gritos de la mujer.
De los Carhua de Tocashpampa, de familia conocida era la hermosa y enigmática Prudencia, pero los deslenguados, desperdigaban la bola de que era hija no reconocida de Gabilondo, el finado ex-hacendado vasco. Su perfil cíngaro, sus bellos ojos zarcos y su amblar moruno; parecían rubricar una confirmación. Sin embargo, su atuendo era de india.
Esa noche del 23 de Febrero de 1965, que probablemente por el estío, había enfriado más de lo acostumbrado, ya en la cama, como una ceremonia protocolar, como un rito de vida, sintonizamos en nuestro Telefunken, el noticiero de las diez de la noche, que esta vez nos trajo en la lectura y la voz de Hernán Salvatierra, la noticia de que el acorralado guerrillero, que hacía noticia desde meses atrás, se había inmolado en su ley. El parte oficial detallaba, que en algún lugar de la Sierra Central, había sido abatido Luis De la Puente Uceda.
El director, reportero en jefe, locutor y administrador de la radioemisora local, daba cuenta también, del grandilocuente pronunciamiento del Presidente Belaúnde; que ponderaba las acciones de las fuerzas del orden y calificaba el hecho, como un triunfo de la Democracia. Días después, un testimonio filtrado por testigos de los sucesos, daba cuenta del intento de negociación de su rendición, empero, como la orden suprema era aniquilarlos; allí rendidos, fueron fusilados, De la Puente y siete guerrilleros leales.
Yo había dormido poco. Esa noticia del trágico final de las acciones guerrilleras que conmovieron mis sentidos y atizaron mi infantil imaginación, me provocaron insomnio.
Lo que distingue a papá es su prudencia, su cautela le consiente decir solo cosas inteligentes o importantes, lo demás solo lo escucha y graba con atención. Pero contra lo que se afirma de esas personas, que tienen el sueño muy profundo, Papá lo tiene muy ligero; es su peculiaridad. Raudo, se incorporó y se vistió, para acudir al llamado. A mí me corroía la curiosidad, así que lo imité y salimos. Además, a desmedro de mi tamaño y edad, siempre lo escoltaba, era un pacto tácito, connatural, de padre e hijo.
Obviamente, la del exasperado llamado era Prudencia. Acudía a papá, porque era el administrador del Fundo en el que Melquiades prestaba servicios múltiples.
– ¡Melquiades, toca su mita para regar, salió las nueve, no vuelve señor! – le indicó bañada en llanto, con el característico castellano de quienes tienen el privilegio del quechua como lengua materna. Se le notaba sumamente preocupada, desencajada, nerviosa.
Entramos de nuevo todos a la casa, Papá se puso su sombrero negro y se abrigó bien. Entretanto fui a mirar la hora en el histórico ‘Oris’. En la oscuridad, me pareció ver un gato negro junto a él. Mamá, que pretendía dormir no dijo nada, lo que indicaba su preocupación y su angustia. El reloj marcaba las cuatro y siete minutos de la madrugada.
El bondadoso y veterano farmaceuta Don Samuel Tasso, que fue quien introdujo la farmacopea europea, con su primera botica instalada en el año de1952, en la que indistintamente, usando sus estudios de farmacia o sus conocimientos de homeopatía o antidotario popular, que estudiaba, admiraba y empleaba, preparaba sus ungüentos, emplastos, jarabes, “lamedores”*, que lo hicieron famoso por sus acertados resultados.
-«Ningún médico puede decir que una enfermedad es incurable. Al decirlo, reniega de Dios, reniega de la Naturaleza, desprecia el Gran Arcano de la Creación. No existe ninguna enfermedad, por terrible que sea, para la cual no haya Dios previsto la cura correspondiente». Repetía siempre que fueran necesarias estas palabras de Paracelso, el célebre botánico, médico y alquimista del renacimiento y cuyos conocimientos aún hoy en día se usan con éxito. Un visible cartelito con estas frases, daba también la bienvenida, a sus clientes o pacientes.
Don Shamuco* como cariñosamente le llamaba la gente, era dueño del Fundo “El Vedado”. Cuando Melquiades llegó a trabajar en 1958, trajo también a su esposa Prudencia. El único hijo que tuvieron nació después, Ricardo vio la luz primera en el fundo.
El farmaceuta era un espécimen en extinción, vestía muy elegante y pulcro, “como un dandy” según su propia aseveración. Tras veinticinco años de ausencia, volvió de un largo ciclo de viajes por el mundo, con un inmenso bagaje de conocimientos y muchos años a cuestas. “El Vedado” lo heredó de su madre y mucho antes de su retorno, como que se sepa, hijos no tuvo, con la ayuda de las hijas de su hermana Genoveva, sus sobrinas Adela y Casandra, a quienes apoyó con su crianza, fue convirtiendo una buena parte de la propiedad en un vergel. En su dilatado peregrinar, además de su significativa fortuna, había adquirido dos invaluables tesoros: disciplina y método, que le fueron muy útiles para ir plasmando su obra desde la distancia.
En el ordenado y bello jardín, predominaban las plantas curativas de diferentes partes del orbe, algunas eran muy raras: como el curare o las mandrágoras, las campánulas o la genciana y aquél extraño árbol de hojas lanceoladas que terminaban en púas y cuyo pinchazo, en cualquier parte del cuerpo; provocaba sueño profundo y pesadillas por varias horas. Desde que llegó, Melquiades se hizo cargo de ese emporio botánico.
Pero por cuenta propia, este que era un hombre muy noble, pero extraordinariamente fuerte, también pishtaba* y destazaba toros, carneros y chanchos, hacía trabajos de carpintería y albañilería, corapeaba* huertas. Por esas actividades y sus cualidades de bondad, sencillez y afectuosidad; fue que nos vinculamos, casi como familia.
Premunidos de una linterna, de primera intención, fuimos a ver el campo de maíz morocho; uno de los que tocaba riego. El agua entraba rumorosa hasta los últimos surcos, lucía muy cristalina, los había lavado y sedimentado, lo cual indicaba que hacía varias horas que ingresó a ellos. Luego recorrimos el fundo, de canto a canto:
-¡Melquiaaadees! – llamándolo a viva voz, haciendo bocina con las manos, por si se quedó dormido o le sucedió algo extraño:
Solo nos contestaba el bramar del río, avenando la abundante lluvia de las lejanas punas, muy crecido y estrellando furiosamente las rocas que arrastraba. Los altos pinos, uno que otro algarrobo, los sacha-porotos*, los molles, los carrizos y los matorrales de maicillo, verdolagas, másha huakatzin* y otras achupallas, guardaban silencio y se hacían cómplices de la oscuridad. La brisa, que empezaba a entibiar, susurraba una respuesta: allí no estaba Melquiades.
Papá nos demandó recorrer la acequia, a contracorriente, para buscarlo aguas arriba.
Cuando Melquiades subió a Caraz, para trabajar en la mina de carbón de Don Roberto, fue que la enamoró. Ella llegaba los domingos a la feria y al Oratorio de Piedra, y a él se le llenaban los ojos de color y de luz y el corazón de fiesta. Fue de allí, que junto a un reacio ennegrecimiento de la piel, se trajo a esa enigmática belleza de la Cordillera Negra, que tenía un gesto de sonrisa perpetua, aún cuando quería demostrar dolor o tristeza.
En la ruta del agua, nos encontramos con Pedro el Hermoso, que fiel a su costumbre, apartaba regadío para sus alfalfares de Antaruri; cuando no le tocaba su mita.
– Un poquito de agüita nomáa, para mis animalitos – argüía, siempre el viejo, achinando sus ojos y como pago, brindando generoso su cheko* y su picsha* de coca.
A Papá y Prudencia, en esos momentos tan apurados, era muy poco lo que les importaba el robo del agua.
– ¿No lo has visto Melquiades Don Hermoso? – Le preguntó sollozante Prudencia
– Sí, pero temprano era, traía el agua desde Shilcuyacu.
– ¿A que hora sería Don Pedro? – inquirió mi padre.
– Sería cosa de las nueve o diez de la noche, de ahí no lée vuelto a ver.
Bordeando la acequia matriz y trepando el cerro, subimos hasta la toma de Chorrillos, más arriba de Shilcuyacu y verificamos, minuciosamente cada entrada de agua y cada desvío. Por todos los recovecos, y no pudimos hallarlo. El amanecer nos alcanzó cuando bajando de la toma, le dábamos la espalda.
Cristóbal Vega, el talabartero, era el último hijo de Delfín Vega, el viejo comerciante, reconocido avaro y misántropo y el único que lo acompañaba. Todos sus hermanos habían emigrado. Al igual que su padre, era reservado y huraño, pero al contrario de él, era generoso o débil o perezoso para la confrontación. Por lo que constantemente surgían las discordias entre los dos. Con Don Alejandro Caballero, el violinista, Don Julián Cano, el mandolinista, Don Eleazar López, el zapatero, Don Victoriano Olaza, el carpintero y Don Esteban Vásquez, el herrero, Cristóbal Vega, conformó el gremio, al que ostentosamente denominó: “Unión Social Cultural de Artes y Oficios”, cuando luego de diez años de ausencia, volvió de Lima a donde supuestamente fue a estudiar, sin embargo a cambio del cartón, trajo perfeccionados los conocimientos de talabartería y curtiembre, que heredó de su abuelo materno. Siempre se ratificaba con vehemencia, en que cumpliría su promesa de instalar un taller de Tenería en el pueblo.
-¡¿Cómo vas a surgir en la vida si hasta tu trabajo regalas?! –le objetaba muy encolerizado Don Delfín, cuando accedía a los ruegos de rebaja, a los pagos por partes y hasta a los “fiados”*.
Hubo un tiempo también, en el que Cristóbal pulsó la guitarra, fue cuando por entre las cabañas y casuchas de la Calle Real, subía hasta la acequia principal, que pasa por Kunturcucho, el pie del cerro Almirón, que ya conocemos y por sus sombreados bordes caminaba, hasta la casa blanca, para con desgañitado timbre, brindarle sonetos y trovas, de su inspirado, enamorado y arañado corazón, acompañados de un desgarrador rasgueo de su vihuela, a Celia, la mayor de las hijas de Don Emiliano Martínez.
A veces salía Celia a sonreírle, siempre de lejos, pero para él era más que suficiente. Una sonrisa de ella, por más ilegible, le ponía a sus pies, el sol, la luna y las estrellas. Volvía por el sendero de la acequia, silbando feliz y pisando nubes de algodón. Hasta que un día y otro y otro, Celia ya no salió. El propio Don Emiliano se encargó de hacer saber, según todas las apariencias, muy enfadado, que se había fugado a Chimbote, para emparejarse con Lisandro, el macatino* aquel, que decía ser primo del gran Artemio Ocaña Bejarano y que algunas veces llegó con sus camaradas y sus instrumentos, también para homenajear a la susodicha. El mismo viejo, como quien no quiere la cosa, divulgó la novedad de que Lisandro, era un profesional radiotécnico, había estudiado a distancia, por correo en las Escuelas Latino-americanas de la Avenida Boyacá 932, Buenos Aires, Argentina.
Desde entonces, no se supo de ocasión ninguna, en la que Cristóbal, tañera de nuevo su instrumento. Se volvió taciturno y se refugió en su taller. Al fondo, tras las monturas para jinetes, las fraguas para herreros y demás aparejos, que fabricaba, yacía muerta la guitarra, como parecía estar su corazón y su vigilia.
Con el frescor y la claridad de las primeras horas, bajamos nuevamente hasta el campo de maíz y continuamos en dirección del Río Santa, a donde desaguaban los excedentes del riego.
Allí, inmediato al trecho de camino que descendía por rudimentos de escalón, de piedras circundadas de verdor, al costado de la caída de agua, que no pocas veces servía de ducha, exactamente debajo del robusto sacha-poroto, que sombreaba una gran superficie, fue que hallamos el pasto del camino, la pirca de piedras y la misma acequia, totalmente regados de sangre. Era impresionante la gran mancha, lo cual indicaba primero, una gran pelea y segundo, algo que nos hacía brincar el corazón hasta las amígdalas: la sospecha de un asesinato.
– ¡Este Melquiades caracho!, creo que se ha metido en graves problemas – concluyó en voz alta Papá, meditando, maniobrando y presionando lógicas. A mi se me puso la piel de gallina.
A las nueve de la mañana, Papá puso el hecho en conocimiento de la Comisaría y con el Sargento Cruz, recorrieron el escenario de los luctuosos sucesos. Recorrimos diré más bien, pues yo no me despegué de ellos. El sol estaba ya alto y reverberaba en uno de los potreros. Del plano de arriba, antes de bajar las escalinatas, se distinguía claramente, una delgada franja sombreada, que atravesaba el tapete de pasto y se orientaba hacia el río. La hierba había sido tendida por algo que había sido arrastrado. Seguimos el rastro por los demás sembríos que finalmente, nos condujo a un corte del acantilado, donde desechos aluviales, trazaron una suave rampa de arena blanca que terminaba en un amago de playa. La mojada arena de la ribera mostraba un rastro como de cuatro dedos.
-¡Aquí parece que arrojaron un cadáver! – discurrió sus pensamientos, el custodio del orden.
-¿Tenía enemigos tu marido? – Le preguntó a Prudencia, en el primer interrogatorio, el Sargento Cruz, comandante de la Comisaría y encargado del caso y de todos los que, por el estilo, pudieran presentarse.
-No, pero con Cristóbal se ha peliao.
-¿Con el talabartero, por qué?
-Porque miá saludao por mucho rato.
Fueron a buscar al talabartero y su taller estaba cerrado. Don Delfín no pudo dar razón exacta del paradero de su hijo, solo una pista.
-Hace días que andaba muy desavenido y quejoso, me decía que iba a tomar el tren y se iría a Chimbote o Lima. Lo que me resiente es que no se ha despedido.
Cuando le hicieron conocer los pormenores del asunto, lo del estallido de sangre bajo el árbol y las huellas de los dedos en la arena, el propio Delfín Vega, armó una comisión de los más pudientes y más chismosos del pueblo, para indagar entre los familiares y amigos de Lima y Chimbote. Los comisionados volvieron desalentados y con las manos vacías.
Casi un mes después. A los veintiocho días de intensa búsqueda, el propio río liberó unos restos, de entre unos cañaverales que remojaban sus raíces en sus aguas, muy cerca de la bocatoma Irchim, a casi cien kilómetros río abajo. El torrente aumentado por las lluvias, lo había desfigurado; estaba irreconocible. Más, como no había noticia de otro caso de desaparición, El Sargento Cruz y sus subordinados, coligieron que era Cristóbal, el desgraciado talabartero que pagó cara su galantería. En Chimbote, tras un somero procedimiento de necropsia, los forenses dictaminaron muerte por ahogamiento, porque le encontraron arena en los pulmones. Su ceremonia de entierro fue inmediata, el estado del cuerpo causaba mucha incomodidad y pena.
Prudencia dejó el Fundo y con Ricardito, se fue a vivir en la ruinosa casa de adobes y tejas, que fue de aquella viejita muy viejita, a la que se le veía trajinar a pesar de sus años, apoyada en un bastón de guayabo. Esa casa se hallaba en situación de abandono desde que la bondadosa “señorita” Estela murió sin designar herederos.
Pasaron los meses y todas las pesquisas por atrapar a Melquiades fueron infructuosas ¡Como si se lo hubiera tragado la tierra!
No siempre lo negativo es malo o inconveniente. Macshi*, el cejijunto vigilante que Don Emiliano Martínez, desmembró del grupo que bajo el mando del desenfadado mercachifle Segundo Tuñoque, llegó de San Luis, acarreando grandes cántaros y ollas de barro cocido, con la inocencia propia de sus limitaciones mentales congénitas, que abarcaba una exagerada y compulsiva curiosidad, descubrió la morada de Prudencia, de la cual se enamoró como un loco. Amplió desde entonces el radio de sus rondas, desde la Casa Blanca y sus huertas, hasta la casa vieja y sus dos moradores, que sin desearlo descubrió que en algunas noches, se convertían en tres, lo que le preocupó, sobresaltó e irritó y que, aunque se arriesgaba a una reprimenda, por dispersar su atención y no circunscribirse a su misión, no tardó en dárselo a conocer a su patrón.
-¡Allí, duermen tres gentes!
Don Emiliano Martínez, no le prestó mucha atención al principio, pero dada la insistencia del soncito, cuya lealtad había pasado sobresalientemente todas las pruebas, se dispuso a un espionaje en toda la regla y confirmó lo dicho.
-¡Melquiades vive a salto de mata con Prudencia, es su furtivo visitante amparándose en la oscuridad de las noches! – con gran sorpresa, manifestó sus conclusiones para sus adentros, donde se dio inicio a una gran lucha deontológica sobre sus próximos pasos ¿Debía callar el descubrimiento, denunciar a Melquiades, o hablar con él primero? Por varias noches le quitaron el sueño sus cavilaciones y finalmente se decidió por lo último, debía primero entrevistarse con Melquiades y así conocería los detalles del trágico suceso y las proyecciones de vida de los implicados, si las tenían.
Se armó de valor y acompañado de Macshi y “Tarzán” su chusquito bravo y la vieja Luger P08, que le dejó de herencia su amigo, el judío Lemlich, cuando se regresó a Europa, fácilmente se introdujo sin tocar, pues las puertas del viejo caserón, carecían de seguros.
Como un asustado percherón, dio un gran respingo Don Emiliano, pues grande fue su sorpresa, cuando el tercer fulano, no era otro que Cristóbal, el talabartero.
Cristóbal demostró su poca o nula resistencia al dolor, los científicos interrogatorios de los agentes que vinieron de Trujillo, le aflojaron la lengua y declaró que fue una acción reivindicativa del Gremio, pues Melquiades había humillado a uno de sus miembros. De lo que se cuidó de confesar es que el amor, el endemoniado amor, fue el que lo perdió.
La “Unión Social Cultural de Artes y Oficios”, en pleno, fue trasladada a la Tercera Sala Penal de la Honorable Corte Superior de La Libertad, debía afrontar un proceso por la desaparición del buen Melquiades.
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Vocabulario preciso.
*Lamedores…..jarabes muy dulces,que para diversos males, y especialmente para niños preparaban los farmaceutas de antaño.
*Shamuco….hipocorístico de Samuel.
*pishtar”: beneficiar el ganado.
*Corapear…deshierbar, limpiar de malezas un cultivo.
*Fiado…..al crédito, para pagar cuando San Juan bajara el dedo.
*Masha huacatzin (que hace llorar al yerno) Leucaena leucocephala, arbusto invasor, procedente del México.
*Sacha-poroto …Erythrina edulis…árbol que en el sur del Perú es conocido como Pisonay, es un importante personaje de las novelas del Amauta Arguedas.
*Cheko….poronguito de mate, que contiene la cal para macerar la hoja de coca, introducida en la boca.
*Picsha…bolsa tejida de lana de oveja, que guarda las hojas de coca.
*Macatino….gentilicio de Macate, Distrito de la Provincia de Santa.
*Macshi…hipocorístico de Máximo. 

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