LOS DOS ANACORETAS

Por: Ergo Sifuentes

De Vicos para arriba, hace mucho tiempo, por una pequeña estribación de la Quebrada Honda, tan oculta que hasta ahora no ha podido ser descubierta, se fueron a vivir dos anacoretas que eran temerosos de Dios y a él consagraron su existencia. Su hacienda, aparte de la raída ropa que vestían y uno que otro trapo para el abrigo, pues allí en las noches el frío muerde como un cocodrilo caribeño, consistía en un cuenco de barro cocido, que les servía de plato. Un día que Dios estuvo enfermo, un espíritu maligno poseyó al eremita más viejo, al que le entraron unas ganas locas de vivir en una villa más abrigada, dicen que soñaba con Moro, Jimbe, Pariacoto o Raquia y entonces encaró al más joven:

-Es ya excesivo el tiempo que vivimos juntos – le manifestó – debemos separarnos y dividir nuestras posesiones.

Aunque lo entristeció mucho el asunto, el joven al ver la determinación del viejo, repuso:

-Me parte el corazón que te marches, hermano mío, pero que así sea. Fue por el cuenco y se lo entregó al viejo.

– Como no podemos repartirlo sin arruinarlo, que sea para ti.

El cenobita viejo dio un fuerte respingo como caballo percherón y le contradijo al joven:

-¡Yo no acepto tu compasión, solo quiero lo que es mío, debemos partirlo!

El joven, todavía intentó inducirle raciocinio

-Si lo partimos no nos servirá ni a ti ni a mí ¿Que te parece si lo jugamos a la suerte?

Pero el ermitaño viejo, que estaba completamente dominado por la voluntad del espíritu corruptor y enfurecía cada vez más, le replicó:

-¡Yo no voy a confiar a la suerte mis derechos, debe partirse el cuenco!

Viendo la vesánica obsecación del viejo y comprobando que era imposible todo razonamiento, el joven asintió:

-Está bien, si rechazas mi propuesta, rompamos el cuenco y repartámoslo.

El rostro del viejo, se crispó y totalmente desencajado, estalló contra el joven:

¡Ah maldito gallina, no te atreves a pelear por lo que es tuyo eh! – e intentó agredirlo con el palo de chachacomo, que le servía de báculo y de arma.

El anacoreta joven, convencido del extravío mental del viejo, puso pies en polvorosa y salió a la carrera de allí. El viejo tras él, pisándole los talones. Dicen algunos curiosos, que los vieron atravesar el Río Santa, en dirección del poniente y que esa controversia aún no ha sido resuelta.

(Arbitraria aclimatación de la celebrada fábula de Gibrán Khalil Gibrán)

“El hombre es un miembro del reino animal, del filum de los cordados, del subfilum de los vertebrados, de la clase de los mamíferos, de la subclase de los euterios, del grupo de los placentarios, del orden de los primates, del suborden de los pitecoides, del infraorden de los catarrinos, de la familia de los hominoides, de la subfamilia de los homínidos, del género homo y de la especie STUPIDUS” (Genial clasificación de Marco Aurelio Denegri, nuestro cuasi paisano)

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