MONDONGUITO PARA EL PRESO ATILIO

Olimpio Cotillo C.

         La llamada cárcel, no era más que un canchón rodeado de viejas paredes de adobes carcomidos por el tiempo y las lluvias. Un torreón, al Sur del penal, desde donde los “rapuchos” vigilaban día y noche a que los presos no se escaparan con peligro de recibir un plomazo en plena mitra si intentaran fugar.

            Cuando la gente se reía de la calidad de cárcel de la ciudad con más de doscientos detenidos, replicaban que en Pomabamba no había penal, todos los presos se dispersaban por la plaza y permanecían al aire libre haciendo sus manualidades. Un cuartucho apartado en un ángulo de la subprefectura, era la prisión a donde se recogían voluntariamente los “presos” llegada las seis de la tarde. Hasta hoy nadie ha intentado fugarse, decía el alcaide y agregaba, en provincias hay más tranquilidad y los presos son conscientes de lo que han hecho y las sentencias son justas. Por ahora, parece que los jueces todavía manejan bien la balanza de ola justicia.

            En San Gerónimo, los encarcelados eran un poco más peligroso, especialmente los que procedían de Chimbote o el Callao. Por eso los tenían en el “pabellón de los costeños”. Estos habitantes como la mapa del Per´8u en el rostro más fiero de un serrano a quienes los ultrajaban y los explotaban, especialmente con sus víveres.

            Atilio, uno de los serruchitos mata mosca, por esos caprichos del destino, fue a parar a la celda del “Bocaèllanta”, Victorio Bundola. La primera noche nomás el negro abusó del Atilio y lo convirtió en su mujer de cabecera.

            Muchas veces, el negro engorilado le obligaba a que la familia del pobre Atilio llevara alcohol. Tenía sed de alcohol, su cuerpo pedía un trago amargo para olvidar sus penas.

-¿Y cómo van hacer pasar, pue?

-Tú ver´a pue, p`yo quiero trago aquí p`de lo contrario t´doy p`mi`jo doble ¿Entendi`t?.

            Atilio estaba sentenciado, tenía que pedir a su primera visita a que le traigan alcohol de lo contrario “Boca´llanta” le daba doble hijo o lo mataba.

            Al tercer día, una encorvada viejita, de blanca cabellera y de talle muy pequeña, luego de hacer cola se presentó ante el “rapucho” con un bulto pesado en la espalda.

.Uté ¿qué traes?, preguntó el rapucho con voz enérgica que hizo temblar la osamenta de la anciana.

-Mi cholo se ha antojado mondonguito, señor, por eso, bien peladito y lavadito le traigo. ¡Hojalá sea de su agrado!.

-Quiero ver mondonguito…aquí too se revisa…

-Puede usted ver, señor, todo está completito, la cabeza del carnero, el bonete, libro, cuajar, sus tripitas, las patitas, todo está completo, no le falta ni un huesito. Su caca no más se ha quedado en casa.

-Vieja cochina…!Ya, q´pase¡ rápido, antes que me arrepiente…

            La viejita volvió a envolver el mondonguito que lo había puesto al suelo para su revisión y apresuradamente pasó al interior del canchón, allí estaba su querido hijo Atilio, con su negro al lado, que se frotaba las manos de contento

Mamá! ¿trajiste lo que te pedí…?

-“Caya, serrano ¿No ve tú q´piedras oyen?, recriminó el negro Bundola.

            Ingresaron a la cuadra hecha de calaminas viejas y medias tejas de cobertura y allí procedieron a hacer la cirugía al mondonguito.

            En un rincón, casi secreto, la mamá de Atilio, muy temerosa de ser descubierta por le sereno, tendió el bulto, desat´`o los nudos del mantel y allí estaba el mondonguito, completito, sin que le faltara vun huesito y con yapa de tres litros de alcohol bien amarrado en la panza a la que cortaron y vaciaron con más cuidado que un cirujano a su paciente, para que no se derramara ni una gotita.

-¡Eto e vida!, rugió el negro Bundola, luego de chupar una buena dosis del licor venido en la panza.

            Atilio sonrió de oreja a oreja y de rato en rato abrazaba a su madre sin saber cómo agradecerla. Y ella también  gozaba de ver feliz a su hijo (Aunque en la cárcel).

            El negro Bundola, con los primeros efectos del alcohol se convirtió en un niño y con lágrimas en los ojos le dio un estrepitoso beso en la mejilla a la mamá de Atilio

-¡Glacia´ma!, se franqueó el negro.

-Tu amigo ¿Por qué me dice mamá?.

-Es su costumbre, así trata a quienes estima, claró Atilio.

            Boca´llanta cayó en profundo sueño y roncaba como “tren de sierra”. De un solo golpe había tragado más de un litro de alcohol y como estaba en ayunas, cayó a los brazos de Morfeo…

                                                           ***

            Cuando terminó la hora de visitas, subía por la empinada avenida Bolognesi, una viejita de cabello cano, espalda encorvada y de pequeño talle que se tambaleaba de vereda a vereda. La gente que por allí caminaba, se paraba a mirarla: Esa viejita parece el cóndor pasa”, añadían.

            Mientras la viejita, aún en los pequeños resquicios de su pensamiento se decía: “Con razón, mi difunto Guilli” se tomaba sus tragos, unas veces de pena y otras de alegría y yo de ambas cosas a la vez.

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