PERÚ, PAÍS PERDIDO EN EL ESPACIO

Al Perú, mi país de ensueños, mi patria amada, mi rincón florido, mi suelo de historia sin parangón, de héroes de glorioso pasado y en fin, para hablar de ella hay que inclinarse reverente como se hace ante Dios.

            Si hay hombres que así conjeturan su grandeza, no faltan aquellos apátridas que actúan como Judas al venderlo por unas monedas, a vender sus riquezas por un momento de aparente prosperidad porque lo que han ganado se han perdido en maletas echados al olvido o birlados por el mago rey del fuego.

            Sin embargo, el Perú es “más grande que sus problemas” y siempre se ha impuesto con férrea voluntad luego de sostener las guerras más ignominiosas.

            Y no hace mucho, se sobrepuso a la dictadura más brutal aunque en su momento sufrió porque como siempre, el pueblo está desarmado y va a la guerra desigual. Pero al final, estamos vivos.

            Pareciera que Dios, disfrazado de pandemia, está probando el coraje de los hombres.

Mucho se ha abusado en el mundo la generosidad de la naturaleza. Pero para eso, se adelantaron los incendios forestales y el hombre siguió con sus mismos errores.

 Los poderosos con su misma manía de explotar a los débiles. Los mismos robos, la  misma manera de corrupción en todos los estratos del gobierno, la mujer como instrumento sexual especialmente en la TV. La droga y últimamente el tráfico de armas en que por la muerte de un sujeto por el COVID-19 se descubrió en su domicilio un arsenal de armas y municiones como si hubiera sido un cuartel.

El Perú está ante una encrucijada porque han quedado para la segunda vuelta, dos personajes de dudosa actuación pública y de futuro incierto.

Al pasar los días veremos que nos depara el destino.

LA IRA DE DIOS

Parece que ha llegado la ira de Dios por la presencia de la pandemia del coronavirus que no se sabe cuándo, ni donde va hacer su mortal presentación. Apenas si da tiempo para tomar el tren de la partida.

Ya todos estamos con nuestro boleto para partir sin destino conocido. No sabemos si habrá asiento para todos, pero lo cierto es que nos iremos sin una maleta, ni dinero ni nada de nada. Tal como venimos a este mundo.

En el mundo, nuestro planeta azul, siempre han ocurrido desastres descomunales causados por los fenómenos de la naturaleza, las guerras o las pandemias.

Y de todas ellas, siempre ha habido grupos de personas que se han salvado para seguir poblando la Tierra.

La Biblia nos habla de Noé que se salvó en su arca junto a parejas de animales luego del Diluvio Universal. Muchos sobrevivieron a la bomba atómica de Hiroshima y Nagasaki; durante el hundimiento del barco más grande del mundo “Britannic” murieron 1,225 tripulantes y en el hundimiento del trasatlántico “Titánic” el má grande y lujoso del mundo perecieron 2,000 tripulantes.

Recordemos que en el sismo del 70, fallecieron más de 70 mil personas.

Aún la historia recuerda que durante la viruela perdieron la vida 300 millones de personas, con el sarampión 200 millones. Con la “gripe española” se estima que murieron entre 50 a 100 millones de personas, con la “Peste Negra” 75 millones y durante las otras pandemias, se han perdido millones y miles de vidas humanas.

Y esto mismo sucederá con el COVID-19 y sus cepas, donde no todos morirán ni todos se salvarán. Morirán los que no observan los protocolos, los que no respetan las normas que dictan sus gobernantes, los indisciplinados y los que prefieren darse la gran vida y no quieren sacrificar sus antojos (trancas y bailongos) por cierto tiempo.     

            Además “no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista”.

            De todo esto, heredaremos, llanto, tristeza, recuerdos imperdurables y consuelo de los amigos que siempre tienden los brazos para reconfortar y desear mejor mañana.

            Que así sea por la grandeza de Dios.

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