¿POR QUÉ TENGO QUE IR A LA ESCUELA?

REPIQUE DE CAMPANA

 Danilo Sánchez Lihón

…por rúas y por cercas,

niño aldeano;

César Vallejo

1. Aprender a leer

 – ¿Por qué tengo que ir yo a la escuela, papá?

Enojado le reclama Javier a su padre luego de tropezarse en una piedra, con las mandíbulas apretadas y saltando las lajas del camino a pasos bruscos. Desde que lo matricularon está enfadado, y peor hoy que es el primer día de asistencia a su centro escolar, pese a que la mañana es diáfana y la brisa sopla trayendo su honda fragancia a tierno alcanfor.

Pero su padre no sabe a ciencia cierta, o no se siente capaz de explicarle exactamente por qué razón ha decidido hacer este tremendo esfuerzo. Y lo acompaña a su primer día de clases para seguir estudios en la escuela fiscal del caserío. A él, a quien tanta falta hará en la casa y en el campo por lo hábil que es en hacer de todo.

– ¡Por qué tengo que ir, papá!

– Porque aprenderás a leer y ya no tendremos la vergüenza de mirar letreros y avisos sin saber qué dicen.

 2. Juntando las piedras

 – ¿Para leer avisos y letreros tengo que dejar de hacer todo lo que hacemos en el campo?

– Y para ya no tener que caminar hasta la casa de la maestra y estarla molestando para que nos lea cualquier carta, nota o indicación que nos llega.

– ¡Pero, a mí nadie me va a escribir!

– También aprenderás a contar. Y ya no sumar ni restar con los dedos. O juntando las piedras del suelo. O habas, maíces o pallares, sino con los números, haciendo operaciones en los papeles.

El niño ya no responde.

Piensa para sus adentros: ¡Tantos años que vivimos y lo hemos pasado bien sin conocer letras ni números en los papeles!

¡Eso lo necesitan los que viven en las ciudades, pero nosotros siempre viviremos en el campo!

 3. Su querida vicuña

 Pero a Javier le pesa el bulto que carga consigo entre sus brazos.

¡Es su vicuña, con la que prácticamente ha nacido y se ha criado!

Y que de un momento a otro la ha encontrado tumbada en el suelo de la entrada de su casa, temblando como si le hubiera dado la terciana.

El padre sabe que tanto más que el fastidio de ir ese día a la escuela a su primer día de clases, lo que también acongoja a su hijo es la pena de ver postrada así a su querida mascota.

– Estudiando en la escuela, aprenderás a saber qué le pasa a tu vicuña.

– ¿Y dónde va a estar escrito lo que a ella le pasa?

– ¡En los libros!

– ¿Allí está todo escrito?

– Sí. Y también aprenderás a cómo mejorar los cultivos, a cómo hacer los nidos de las gallinas, cómo curar las heridas de todo animal que sufre.

 4. Ya no lo escucha

 – ¡Todo lo que dices ya sé cómo se hace!

– No solo eso. Me han dicho que se aprende mucho en la escuela.

Hablan de cuando en cuando, sorteando los penachos de las pencas que sobresalen y el agua empozada de la lluvia en el camino.

– Aprenderás a leer y eso es fundamental en la vida.

Pero al padre le ha parecido que su hijo ya no lo escucha nada de lo último que está diciendo.

Y es porque la vicuña que carga en la espalda y ahora lleva en sus brazos hace buen rato que ha cerrado sus ojos y ya no los abre.

Javier tiene el corazón oprimido de angustia de sentir que Quilla pudiera morir.

– Aprenderás a no tener miedo cuando viajes. Sabrás hablar sin ocultar tu cara de vergüenza. Contigo, sabiendo leer, serán buenos y amables cuantos te traten.

 5. Siempre en silencio

 Desde que dijo esto hasta cuando llegaron al pueblo padre e hijo no han vuelto a cruzar palabra, cada uno está abstraído en sus propios pensamientos.

– Primero vamos a la Posta Veterinaria. Ojalá puedan salvar a Quilla, tu vicuña.

– Ya ni se mueve. –Dice el niño con voz quebrada.

Y allá van.

Los recibe un hombre amable, atento que, al ver al animalito tendido sobre una mesa, parece adivinar al instante lo que tiene, pese a que aún ni lo ha examinado.

Siempre en silencio, trae unos aparatos con los cuales mira los dos ojos del animal abriéndolos con sus dedos. Luego mira el interior de su boca, abriéndola con una paleta que luego tira al basurero.

 6. Con semblante apacible

 Le toma la temperatura y el pulso poniendo su mano en el cuello. Y luego, extrayendo una jeringa le aplica una inyección.

– Vienes en la tarde, a ver cómo anda tu consentida. –Le dice el médico veterinario.

El niño en la tarde no encuentra a su vicuña en la tarima del rincón donde la ha dejado acostada y casi muerta sobre una lona.

Y se asusta.

Mira desesperado y no la halla por ningún lado de la habitación. Pregunta por el doctor y entra a su consultorio, quien lo mira curioso y con semblante apacible.

– ¿Dónde está mi vicuña, doctor?

Y le indica que mire por la ventana.

La vicuña retoza en el patio interior feliz y lozana, triscando la yerba que allí crece.

7. En sus ojos brillantes

 Javier se queda asombrado y corre a abrazarla.

En sus ojos brillantes ve la alegría que ella siente de volverlo a ver y le mueve las orejas.

Javier la acuna entre sus brazos, juntando su cabeza con la cabeza tibia del animalito.

– Me has asustado Quilla pensando que te podías morir.

– Ya puedes llevarla. –Le dice el médico.

– ¿Ya está sana?

– Si la sueltas correrá por el campo, tanto que no podrás alcanzarla.

– Gracias, doctor, muchas gracias.

– No hay de qué. Es mi deber sanarlas.

– Disculpe doctor, ¿cómo aprendió a revivir a los animales?

– Yendo a la escuela.

– Por eso ahora Javier temprano corre feliz el camino a la escuela.

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