SIETE VECES, SIETE VIDAS

Por: Olimpio Cotillo C.

Yo mismo me admiro, he descubierto que tengo siete vidas como el gato, más que él tal vez.

He sobrevivido al aluvión del 41 en que medio Huaraz fue arrasado por la avenida de las feroces aguas de la Cordillera Blanca.

Recuerdo como si hubiera sido ayer, como aquel corcel al que cabalgaba, se “chucareó” al estar subiendo una cuesta empinada. Papá llevaba la brida delante del solípedo y yo me adhería a sus crines. De pronto el animal levantó las patas delanteras queriendo deshacerse de mí y de las alforjas, pateaba al aire y movía ferozmente las ancas y no escuchaba el “sooo” que le daba la voz de mi padre, hasta que de tanto corcovear me lanzó por los aires y fui a caer sobre una enorme roca que apenas se sostenía en el camino. Mi padre dio un lastimero grito: “Hijooo”, pensando que me había destrozado el cráneo.

El caballo cabalgó enloquecido hacia la parte alta del estrecho camino desparramando todo cuanto cargaba, mientras que Papá corrió y le levantó auscultando si tenía alguna herida. Me llenó de besos al ver que estaba sano, pálido pero sereno.

Al mirar hacia el profundo abismo, mi sombrero negro se iba cuesta abajo, lentamente. Entonces fue que mi papá intentó recuperarlo bajando a tientas, en eso di un grito y le dije: “Papito, deja que el sombrero se vaya, porque sombreros podemos comprar, pero si tu te caes, un papá no podre comprar”.

Mi mpapá al escuchar esta frase dejó que el sombrero se perdiera en el abismo y más bien volvió donde estsba yo y nuevamente me abrasó fuertemente y me dijo ¿De dónde has sacado esas palabras…mi ángel precioso?

Pasado el susto, seguimos caminando como si nada hubiera pasado…

También quedé con vida en el sismo del 70. Unos segundos más y no les contaba esta historia que a pocos importa las vidas de un gato humano.

Salvé de milagro de dos atentados explosivos (supongo que fueron cargas de dinamita), durante la época del terrorismo, pero no dije a nadie nada, para no hacerme el héroe.

Y no me creerán, apenas quedé para que me curen mis heridas, luego de que la soga por el que bajaba de un frondoso árbol se trozó y caí de ocho metros de altura. Apenas tiene un chichón en su dura cabeza, dijeron los primeros que auscultaron mi cuerpo.

Espectacular resultó, cuando al cabo de diez horas lograron rescatarme del mar a donde fui en plan de pesca. Me sacaron de las aguas semidesnudo, pero atado fuertemente a la caña de pescar con un pez “borracho” en el anzuelo. Muchos me ofrecieron una fortuna por esa pieza, pero no cedí a las tentaciones, preferí freír el pescado y compartir con mis amigos. Después de todo, era mi esfuerzo y fruto de una jornada de prueba de resistencia.

¿Por qué no decirlo? Desde las llanuras, los nevados se ven preciosos, pero escalarlos, es titánico. Un día  me puse a pensar en ¿cuál es el origen de los ríos? Entonces fue que trepé y trepé venciendo el soroche. Por  primera vez mi corazón quiso abandonarme. Allí comprendí que lo existente en el universo, es obra maestra de un creador muy poderoso. Todo está concebido en forma armoniosa, nada sobra, ni nada falta.

Me imaginé por un instante que antes de la creación del hombre, sin duda  lo que se deslizaba de las cumbres, eran hilos de plata. Hasta que apareció el género humano con su codicia por enriquecerse, hasta que sufrió el castigo divino y su ambición lo convirtió en agua, que también desaparecerá y los castigados serán los hijos de nuestros hijos quienes no encontrarán dinero suficiente para adquirirlo. Entonces será, que se desatarán guerras por una gota de agua.

¿Por qué no? Sin duda muchas personas me habrán matado en sus recuerdos y de esto no tengo la cuenta.

Pero quien me quitó la vida, ahorita está en el cielo. Quiso que me adelante, pero me resistí. Le guiñé a la parca y le dije que me dejara para otra ocasión. Me desnudó y vio que estaba flaco y enclenque. ! Esta presa, peor me hará doler mis molares¡ se dijo. Bajó su guadaña y se fue en busca de otro mortal más apetecible.

Por aquel entonces yo tenía cinco años, edad suficiente como para recordar los pormenores de un capítulo de mi vida. Resulta que caí enfermo con fiebre muy alta. Cuarentaiún  grados, marcaba el termómetro. En efecto, en mi delirio veía hombrecitos rojos que me tenían preso dentro de un ruedo, cantando, bailando y armados de unos instrumentos en forma de tenedores, tenían pequeños cachitos que les asomaba en la frente y unos graciosos rabitos. De pronto, una soga larga caía del cielo y por ella lograba salvarme ayudado por un niño vestido de blanco, con alas y de tez rubicunda. Con mucho cariño me llevaba por sobre las nubes y me acostaba al lado de una señora, que al cabo de un rato, resultó ser mi madre.

-Cálmate mi niño…ya te va a pasar mi cielo…trata de dormir mi rey, me arrullaba mi linda mamá haciéndome pasear por todo el dormitorio. El resto dormía plácidamente, sólo mamá me acompañaba en mi dolor, mejor dicho en mi alta fiebre, poniéndome paños de agua fría en la frente y en el vientre.

Así estuve muchos días y muchas noches. Siempre tenía a mamá paseándome por el dormitorio, entonando canciones de cuna, a veces vencida por el cansancio se dormía sentada y yo en su regazo, hasta que rendida, musitaba su última canción de cuna “duérmete mi cucu, que allí viene el niño”.

Era que un bultito en la garganta iba creciendo, más y más y yo ya no era un niño, sino un pelícano. La papera se había desarrollado de tal forma a lo largo y ancho de mi pecho. La fiebre iba en aumento y el sufrimiento de mamá se acrecentaba día a día. Yo sufría con la fiebre y mamá se desconsolaba por no poder curarme.

En Huaraz, sólo había dos famosos curanderos en aquella época. Mázmela y Peñaranda eran sus nombres. El primero se dio por vencido y el segundo apenas daba la cara para recetar “Antiflogestini” que al final maduró la bolsa del pelícano.

* * *

Es entonces que Papá tenía que ir a su puesto de maestro en Pampas Grande. Según él, yo ya no pasaba un día más con vida. Me dejó moribundo y con el dolor de su corazón se fue a su puesto, lejos, muy lejos. Recuerdo que me dio un beso en la frente y algo musitó en mi  oído que no logré entender, me pareció que dijo “descansa en paz”.

Fue entonces que la labor de mamá se duplicó en mis cuidados.

Corrió en la ciudad, como reguero de pólvora que había llegado un flamante primer médico a la ciudad, recién egresadito de la universidad, entonces en mamá renació las esperanzas de resucitarme. Acudió ante el Dr. Melgarejo, así se llamaba el galeno, que presto vino a mi lecho de dolor. Sacó de su bolsillo un pequeño cuchillo, lo lavó en agua hervida y no se el final del acontecimiento.

Lo cierto es que después de algunas horas y ya de noche desperté muy reanimado y apenas pude balbucir algunas palabras.

-¡Mamá!…me he pichido…

Mi santa madre acudió presurosa y levantándome por encima de sus brazos, me cosió de besos, !hijo¡…-gritó- haz hablado…y luego de revisarme se sonrió y me dijo, no es pichi, sino pus de tu garganta…Me cambió mi ropa y toda mi cama y yo cambié mi dolor, por el alivio. Esa noche dormí veinticuatro horas. Mis hermanos, vecinos y toda la parentela, pensó que ya había muerto. Sólo mamá sabía que estaba dormido.

* * *

            Entrada la tarde con sonora lluvia, con música de calaminas, tarros o simplemente respondiendo a los compases del director de orquesta, el trueno, se agregó los tac tac del zaguán. Era don Mateo, el arriero fortachón que llevaba delante de sí por los sinuosos caminos una piara de cincuenta burros cargados de cereales, menestras y tubérculos.

-¿quién toca mi puerta?, preguntó mamá, sentándome de su regazo a la mullida cama.

-Soy Mateo, doña Consuelo.

Mamá abrió presurosa la puerta y volvió a preguntar:

-¿Cómo, tan pronto de vuelta?, si recién ayer se acompañó con mi esposo.

-Así es mi buena señora, ¡vuela! Mateo, me pidió el maestro, sin duda mi hijo ya habrá muerto, siquiera con mote de trigo que lo entierren, me dijo el maestro y me entregó este trigo.

Diciendo esto, descargó el bulto y lo hizo entrar para ponerlo muy cerca de mí.

En ese momento, me puse triste, muy triste ¿Papá habrá querido que muera? me pregunté a mí mismo y la respuesta se perdió en el eco del silencio.

-No don Mateo, mi hijo ha reaccionado y va a vivir muchos años.

Mateo, me miró de medio lado y me lanzó una sonrisa socarrona. Este pendejito va  a vivir largos años, se dijo y se fue. Nunca más lo volví a ver, pero recuerdo su última sonrisa  su mirada de reojo y su robusto cuerpo empapado de lluvia.

-Arreeee burrroooooo, ordenó a su ejército de ingulados, echaarriibbaaaa…lachac, lachac,  sonaron los cascos en el agua que caía del cielo copiosamente.

Al cabo de un tiempo, cuando aprendí a leer, encontré en las tiras cómicas de los periódicos a mi tocayo, el Gato Félix quien al igual que yo, tenía siete vidas, que con los años llegó a su límite de edad. El ya murió y yo sigo vivito y coleando pero parece que no será por mucho tiempo. Me iré “talvez un jueves, como es hoy, de otoño”. Como dijo Vallejo.—

                                               Huaraz, octubre del 2021

(*) Del libro aún sin título…

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